Brasil y el Mercosur

En algunos círculos parece haber como un despertar de optimismo en relación al Mercosur, basado en algunos elementos coyunturales, que darían esperanzas para la ratificación del nonato tratado UE-Mercosur. Incluso había quienes soñaban con que la reciente reunión UE-Celac podía producir resultados concretos en materia comercial. Imaginan que episodios como la presidencia de la UE por parte de España, el tour latinoamericano de la Sra. Ursula von der Leyen y el del canciller alemán (la primera, chequera en mano), junto con factores geopolíticos, como el recelo por la penetración comercial y económica de China en el continente, una renovada concupiscencia por el litio y otros minerales y los alimentos, que todo eso puede haber cambiado el chip de gobiernos europeos y así Latinoamérica dejará de ser aquel lugar del mundo que “puede esperar”.

¡Ojalá! Pero no te veo. No creo que nada de eso supere ciertos factores negativos, tanto del lado de “ellos” como del “nuestro”.

Para los gobiernos europeos (quizás con la excepción de España) y por más que están muy jugados atrás de los EEUU en serrucharle las patas a los chinos, esa preocupación no es suficien- te para hacer sacrificios por Latinoamérica en el corto plazo: puede esperar. Ucrania, la inmigración, derivaciones políticas internas hacia o desde los extremos, tensiones para absorber o adaptarse a cambios económicos, todo eso y algo más, van por delante de los temas de ese continente lejano, que ni es tan pobre, ni tan rico, ni tan explosivo como para tener que darle bola ahora.

Pesan más los problemas (y los lobbies) inmediatos. El proteccionismo europeo sigue vivito y coleando y no solo en los países que lo mencionan, como Francia y Hungría.

Pero también de nuestro lado juegan factores en favor del statu quo (en español suele traducirse por: no te metas).

¿A quién se le ocurre que el gobierno argentino va a poner atención sobre temas de mediano y largo plazo (o sea, sobre cualquier cosa que pueda ocurrir después de agosto)? Olvídalo.

Pero el verdadero carozo está en Brasil. Si Bolsonaro hizo todo lo posible por enterrar cualquier intento serio de negociación, Lula torpedeó lo que quedaba con su fonoeléctrica internacional en la que, para sacar en casa patente de nacionalista, le pisó los callos a medio mundo. Entre la cruzada ambientalista en tono de taita y la representación del lobby proteccionista por las compras estatales, tiró el bochín del Mercosur fuera del estadio.

Entonces, ¿está todo perdido? Si no salió nada en materia comercial de la cumbre de Bruselas ¿nunca más? Bueno, quizás no. Brasil es la clave de cualquier futuro del Mercosur. Hoy está cómodo con las cosas como son y no va a hacer nada para cambiarlas (sustancialmente). Esa es la verdad, más allá de la retórica lulista.

Pero, hay una lucecita a lo lejos. Están pasando cosas en Brasil que quizás cambien este panorama tan sombrío para nosotros.

El eje de gravitación de la economía brasilera y de su poder en materia de política comercial externa, está empezando a cambiar. A desplazarse del 1313 de la Avda. Paulista (sede de la Fiesp) hacia otras zonas del país. El Brasil industrial protegido está cediendo predominancia ante otra fuerza económica: el agro, la agroindustria.

Veamos algunos ejemplos: Hoy, la segunda mayor empresa brasilera, por facturación, es JBS, un gigante mundial en la industria frigorífica. Forma parte del holding J y F de la familia Battista, que también controla otras empresas, como Eldorado (celulosa), Flora (farmacéuticos) y Ambar (energía), además de Canal Rural y un banco. A propósito: J y F está negociando la compra de Braskem, la mayor petroquímica de Brasil. Por otro lado, la cuarta empresa brasilera en tamaño es Raizem, dominante en los mercados de azúcar y etanol y muy fuerte en energías renovables. De las diez mayores empresas brasileras, hoy tres son del sector agro: JBS, Cargill y Marfrig. Los intereses de este sector son algo diferentes al clásico esquema industrial brasilero y no mira la protección y el aislamiento del país de la red mundial de acuerdos comerciales con los mismos ojos que la Fiesp (y que el antiguo sindicalista metalúrgico).

Si esa corriente económica continúa creciendo en Brasil, es posible que la óptica de sus gobiernos en materia de comercio internacional cambie. Que no se sientan tan cómodos en su rincón, protegidos por barreras comerciales.

Le tengo más fe a eso que a la presidencia española de la UE, a los discursos rimbombantes y a los miedos por China. Y a las promesas del gobierno brasileño.

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