Baleando latas

El auge de los movimientos identitarios está teniendo una reacción cada vez más virulenta. Hace unos días, El Observador reveló que el famoso club catalán Barça perdió casi medio millón de seguidores en Instagram por postear un mensaje en adhesión al Día del Orgullo de la comunidad LGTB.

No es un caso aislado. Son bien conocidas las penalizaciones que el gobernador de Florida (EE.UU.) está aplicando sobre la empresa Disney, en represalia por esta nueva ola de películas familiares donde se naturalizan diversas identidades sexuales. En el mismo país, las tiendas de la cadena Target se han visto vandalizadas por personas que se oponen al diseño de indumentaria destinada a personas trans.

La mecha se encendió cuando la tienda lanzó una línea temática so- bre el orgullo LGBTIQ, donde se dijo -aunque después fue desmentido- que se incluían diseños para niños trans. Pero el principismo suele extinguirse cuando manda el mercado, así que Target optó por retirar algunos artículos de la colección y enviar otros lo más lejos posible de sus vidrieras.

La cerveza Bud Light -propiedad de la empresa belga Anheuser-Busch- no la tuvo más fácil. Sus publicistas contrataron a una influencer transgénero, para que la recomendara a sus millones de seguidores. Pero ese solo hecho activó la reacción de mayorías conservadores que promovieron un boicot a la marca, tan exitoso que hizo descender estrepitosamente el valor de sus acciones. Para que no quedaran dudas, el cantante Kid Rock subió un videíto en que no solo expresaba su odio por Bud Light con palabras, sino que además ametrallaba una buena cantidad de latas, en ese emporio de frivolización de las armas de fuego en que se ha convertido Estados Unidos.

Son más las marcas comerciales que al querer subirse a la moda LGBTIQ, han sufrido represalias: Nike, Oreo, M&M, Jack Daniels, Hershey...

Este es uno de esos conflictos que parecen construidos a la medida de las ambiciones de los dueños de las redes sociales, porque en lugar de apuntar a una convivencia pacífica y productiva entre personas diversas, promueve el odio de un lado y el victimismo del otro. Me veo venir que en los comentarios de los lectores a esta columna no faltarán quienes se pondrán en uno de los dos bandos, cuando el posicionamiento ante el problema, en un país libre, debería ser bien diferente.

La clave para resolverlo, está en el simple, breve y archiconocido artículo octavo de nuestra Constitución: “Todas las personas son iguales ante la ley, no reconociéndose otra distinción en- tre ellas sino la de los talentos o las virtudes”.

La dudosa seguridad en su propia sexualidad que tiene aquel que sueña con acribillar a balazos a quienes eligen una opción diferente, suele ser la más dañina. Pero también están equivocados quienes presuponen que sus derechos provienen de pertenecer a un colectivo determinado, que debería declararse en conflicto contra los viejos modelos culturales. Ni lo uno ni lo otro. En los países libres, todos tenemos derecho a elegir qué hacer con nuestras vidas, en tanto no avasallemos la del prójimo. Es un derecho inalienable del que gozamos por nuestra sola condición de personas. Propiciar conflictos entre nosotros por motivos tan simples, lo único que revela es una dramática incapacidad de vivir en democracia.

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