Azúcar y cemento

Siento que con el tema de Cuba pasa como con el decanato entre Nacional y Peñarol. Es una discusión eterna, que enardece, pero no lleva a ningún lado”. La frase pertenece a Daniel Supervielle, periodista, ahora reconocido artista, y buen amigo del autor de estas líneas. Pese a lo cual, discrepamos profundamente.

A ver... durante mucho tiempo compartimos una mirada similar de hastío sobre todo lo vinculado a Cuba. Debe tener que ver con ser parte de una generación que no vivió la fase inicial de la revolución cubana, los tiempos de seducción arrolladora de Fidel Castro. Aquellos años 60, tan plagados de soberbia, que muchos jóvenes creían (como siempre) que venían a iluminar el mundo como si los que vivieron en los 2 mil años previos de historia humana hubieran sido estúpidos.

Para quienes comenzamos a comprender algo de política cuando Cuba ya era un esperpento decadente, en general el tema nos resultó siempre un bodrio, del que más valía escapar, para evitarse discusiones eternas y estériles.

Pero el tiempo nos mostró que estábamos equivocados. Porque los debates, en especial con ciertas miradas “de izquierda”, nunca se agotan. La realidad no termina de zanjar jamás las discusiones. Y apenas se espera a que se enfríen las consecuencias evidentes de ciertos fracasos, para que algún chiflado vuelva con eso de que “hay que entender el contexto”.

Es lo que pasa por estas horas, cuando vemos a gente defendiendo al régimen cubano, y apuntando a que todos sus problemas se deben a ese maquiavélico “bloqueo” de EE.UU.. El debate es tan ramplón que ni vale la pena ingresar allí, pero sí se puede aportar un elemento que eliminaría cualquier discusión honesta sobre el tema: uno de los principales dramas de hoy en Cuba son los apagones masivos que vuelven locos a los sufridos súbditos del régimen.

El problema (como casi todos) viene de mucho antes que llegara Trump, y se debe a que de las 8 termoeléctricas que hay en Cuba, la más nueva tiene 25 años, y la mayoría cerca de 60. O sea, en todo este tiempo, en el que el gobierno comunista “invirtió” en mil delirios ideológicos, no fue capaz de poner la plata donde debía.

Por eso con los años cambiamos esa postura de esquivar el debate sobre Cuba por ser cansador e improductivo. En tiempos de regreso de discusiones que deberían estar cerrados por la simple experiencia (impuesto a los ricos, notificaciones previas de despidos) evitar estas polémicas es dárselas por ganadas a quienes viven de la amnesia cíclica social.

Pero en la misma semana que el enésimo inminente derrumbe pone a Cuba en el debate, tuvimos otra noticia que tiene mucha vinculación. El pórtland de Ancap volvió a tener pérdidas, esta vez por 31 millones de dólares. Claramente esto no sería relevante según aquel viejo criterio periodístico de que la noticia es cuando el hombre muerde al perro, y no el perro al hombre. El pórtland de Ancap lleva 25 años perdiendo plata.

Pocas cosas del estado uruguayo revuelven más las tripas que hacer estas cuentas: si esa unidad de Ancap pierde entre 20 millones y 30 millones de dólares por año, son más 500 millones lo tirado a la basura. Si sumamos a esto el cambio de valor de la moneda, a precio actual, sería el doble.

En un país con las carencias que tiene Uruguay, esa plata podría haber hecho una diferencia en la educación, en la “primera infancia”, como se dice ahora. En las cárceles o en la infraestructura. Pero no. Increíblemente, por estas horas el debate es sobre qué plan aplicar para intentar revivir a esa unidad. Se habla de un shock de inversiones (¿cómo aquel tan exitoso de tiempos de Mujica?), o de obligar al estado a comprar ese cemento.

O sea, forzar a que cada obra del estado sea más cara, para tapar el agujero que deja la ineficiencia obstinada de una repartición pública. Y de paso, perjudicar a los privados que hacen las cosas mejor. ¡Una idea brillante!

A nadie puede sorprender que quienes sostienen estas cosas son los mismos que en la mayoría de los casos siguen defendiendo que Cuba es un experimento maravilloso de superación humana. Y que simplemente fracasa por la presión del imperialismo yanki. No explican, eso sí, cómo ese sistema opresor y antipueblo, lleva 200 años dando a su gente mejor calidad de vida que ningún experimento socialista. Y, de paso, derrotándolos en lo político y militar.

La realidad es que en el fondo tiene razón Daniel: discutir sobre Cuba o sobre el pórtland es al cuete. Pero porque no hay nada que discutir, los hechos son tan porfiados como evidentes. Ahora, teniendo en cuenta que hay fanáticos que lucran con la memoria corta de la sociedad, y en tiempos de neblina mediática donde la gente ya no sabe qué creer, no hay más remedio que meterse en el barro. Porque si es verdad que el debate parece que no nos lleva a ningún lado, el no darlo nos dirige a un lugar muy claro y evidente: al fracaso y la miseria.

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