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“Ayer andaba mal”

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Así justificó un artista visual uruguayo su disculpa por el insulto atroz que publicó en las redes contra la directora nacional de Cultura del MEC. No vale la pena detallar aquí el asunto, seguramente la noticia difundida ayer a media mañana se está publicando en estas mismas páginas.

El artista, que además es docente grado 5 de la Facultad de Artes de la Udelar, reconoció que su desagradable exabrupto (calificó de “nazi” a una mujer judía que está trabajando eficientemente por la cultura desde 2020) fue un disparate, debido a que él atravesaba “un mal momento personal”.

En estas líneas quiero empezar por solidarizarme con mi amiga Mariana Wainstein, con el orgullo de integrar el equipo de Cultura que ella dirige. Pero me gustaría ir más allá de la anécdota puntual y analizarla como otra de la serie de expresiones judeófobas, con las que nuestra supuesta democracia ejemplar viene haciendo agua.

El 21 de octubre de 1987, un nazi llamado Héctor Paladino mató con una escopeta de caño recortado a Enrique Delfino -vendedor de Canal 4- y al comerciante Simón Lazovsky, por considerarlos “promotores del judaísmo”. Hirió a Horacio Scheck de Canal 12, quien se interpuso para que la bala no llegara a su padre, y no pudo asesinar a José Jerozolimski -el director de Semanario Hebreo- porque no lo encontró. Actuó con premeditación y frialdad; de antes se sabía que Paladino exhibía una esvástica en la ventana de su casa. Fue imputado por dos delitos de homicidio, pero el juez lo declaró inimputable por insania mental.

Muy similar fue la suerte que corrió otro nazi autodeclarado, Carlos Peralta, quien el 8 de marzo de 2016 apuñaló reiteradamente a un comerciante sanducero, David Fremd, luego de haber anunciado sus intenciones criminales contra los judíos, gritando consignas en esos estúpidos juegos de maquinitas. A pesar de que reproducía con precisión el modus operandi con que estaban matando los terroristas “lobos solitarios” en Europa y Medio Oriente, el juez también decidió la inimputabilidad, por la misma causa.

Desde entonces no hemos tenido que lamentar otras muertes, pero sí tres amenazas sucesivas de bomba en la embajada israelí de Montevideo, entre 2014 y 2017.

La masacre del pasado 7 de octubre de 2023, perpetrada por Hamás, mereció escasas voces de condena en ámbitos académicos y culturales uruguayos, pero a partir de la guerra emprendida por el primer ministro Netanyahu en la franja de Gaza, las reacciones contra el Estado de Israel, y por extensión, contra la colectividad judía, se multiplicaron sustancialmente.

Cosa rara: los muy condenables bombardeos a poblaciones civiles palestinas han merecido una indignación que no se vio cuando Rusia hizo lo mismo contra los ucranianos, y lo sigue haciendo.

En el día de las mujeres, un grupito exhibió un cabezudo con colmillos y la estrella de David en la frente, aunque después aclaró que no se trataba de una manifestación antisemita, sino de una crítica al presidente argentino Javier Milei (sic).

Aparecieron anónimos colocando carteles en nuestras facultades del tipo “sionista, te estamos vigilando”, para amedrentar a los estudiantes judíos, y se cancelaron cursos y conversatorios donde el académico Alberto Spektorowsky se disponía a problematizar el conflicto de Medio Oriente y nada menos que la cuestión de la laicidad. Las autoridades universitarias declaran que estos eventos se realizarán cuando sea oportuno, sin dejar en claro cuándo lo será.

Al estilo francés y neoyorquino, crecieron como hongos también acá los acampantes estudiantiles con banderas palestinas: alcanza con un buen community manager para que el terrorismo fundamentalista publicite el recetario de sus protestas globales.

Felizmente, el decano de la Facultad de Artes deslindó toda responsabilidad institucional del insulto público proferido anteayer por su docente, es bueno reconocerlo.

Sin embargo, algo huele a podrido en nuestra sociedad que solía ser abierta y multicultural.

Protestar contra las acciones bélicas de un país es atendible, pero usarlas como excusa para emitir discursos de odio y consignas discriminatorias hacia una comunidad religiosa, es muy distinto. Se respira una hedionda hipocresía en cierto pensamiento progre que reclama la equidad de género pero se pronuncia a favor de dictaduras extremistas, que condenan a las mujeres a la humillación servil y a los homosexuales a la horca.

Calificar de nazi a una mujer judía es más que pasar por un mal momento personal. Es vivir en una burbuja de odio y falsas noticias manipuladas, que atenta contra la racionalidad y el ejercicio cabal de la ciudadanía responsable. Convertirse en triste peón de un ajedrez planificado y financiado por teocracias criminales. No fue casual que la víctima de ayer haya sido una gestora cultural extraordinaria. Cuando escuchan la palabra cultura (y tolerancia, y convivencia, y diversidad), sacan el revólver.

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