Atornillados al sesentismo

Es verdad: Donald Trump dista mucho de ser Thomas Jefferson. No lo movió la redemocratización de Venezuela sino algo más pedestre: el poder económico y geopolítico de la potencia que está gerenciando con suprema arrogancia.

Con esto quiero decir que no me parece mal que el gobierno uruguayo haya protestado por el procedimiento poco ortodoxo ejecutado por EE.UU., este fin de semana, para detener a Nicolás Maduro. Lo que cada vez me cuesta más entender es por qué nuestro gobierno no agrega una referencia -aunque sea mínima- al alivio que representa para el pueblo venezolano haberse sacado de encima al payaso criminal.

No sé si por ignorancia o por liso y llano cinismo, algunos dirigentes de izquierda radical se solidarizaron con el pueblo hermano por la “agresión imperialista”.

Si no les alcanza con enterarse de la alegría que manifiestan los inmigrantes venezolanos en nuestro país, bastaría que miraran el resultado concluyente de la elección del pasado 28 de julio: está más que demostrado que la oposición democrática ganó por aplaste y que el fraude de Maduro no solo fue audaz sino desfachatado, una sanguinaria y alargada comedia de humor negro.

Agitan el clisé del respeto a la autodeterminación de los pueblos. ¿De qué autodeterminación hablan, si los venezolanos soportaron una dictadura cruenta y salvajemente desembozada? ¿A eso llaman autodeterminación? ¿De qué “solución pacífica de las controversias” hablan, frente a una tiranía con 20.000 presos políticos, censura, persecución y proscripción de opositores, torturas a disidentes, miles de ejecuciones sumarias y millones de exiliados en busca de pan y libertad?

En una conferencia de prensa donde no se habilitó espacio de preguntas, el presidente Orsi justificó la posición crítica de Uruguay en un antecedente de 1965, cuando el gobierno blanco de entonces rechazó la invasión estadounidense a República Dominicana. ¿Cómo no rechazarla? En esa oportunidad, Lyndon Johnson mandó tropas para sofocar una rebelión popular que defendía a un presidente constitucional, Juan Bosch, quien había sido derrocado dos años antes, víctima de un golpe de estado. Estuvo muy bien el gobierno uruguayo de esa época en condenar semejante intromisión yanqui. Pero lo que pasó ahora fue exactamente al revés: aunque bastante a lo bruto, lo que hizo el gobierno de Trump no fue atacar a un pueblo que se alzaba en defensa de la institucionalidad, sino al delincuente que lo viene hambreando desde hace más de diez años.

La mala conciencia del Frente Amplio con la dictadura venezolana viene de lejos.

Si bien el gran Líber Seregni se negó a recibir al golpista Hugo Chávez, la cosa cambió cuando este capitoste se puso a regar de petrodólares los gobiernos “progresistas” del subcontinente. En su libro “Petrodiplomacia” (2024), el periodista uruguayo Martín Natalevich denuncia hechos gravísimos y bien documentados sobre las relaciones carnales entre el chavismo y sectores relevantes de la izquierda uruguaya.

Hay una declaración que hizo el expresidente José Mujica, consultado por el periodista Leo Sarro sobre aquellas imágenes dantescas de vehículos militares del ejército venezolano arrollando manifestantes: “no hay que ponerse delante de las tanquetas”, dijo. También resuena en nuestras cabezas la vez que el actual presidente del Pit-Cnt Marcelo Abdala visitó a Maduro y lo felicitó “en nombre del pueblo uruguayo”.

O los comentarios sarcásticos que hiciera el mismo Orsi en la campaña electoral de 2024, en respuesta a la firmeza con que Lacalle Pou criticó esa dictadura: “¡Uh, tiembla Maduro!”. En lugar de condenar al tirano, se burló de quien ejerció el deber cívico de denunciarlo.

Son expresiones que borran de un plumazo la imagen de democracia ejemplar que el país ha dado al mundo durante prácticamente todo el siglo XX, con las deshonrosas excepciones del 33 y el 73.

¿A qué apuesta ahora el Frente Amplio, al silenciar toda crítica a la dictadura del país hermano? ¿Desconoce que era sostenida por Irán, una teocracia fundamentalista que persigue la disidencia, sojuzga a las mujeres y ejecuta a los homosexuales? ¿Opta por ese ejemplo nefasto? Si quiere marcar distancia con EE.UU., ¿por qué no se concentra en reclamar el rápido restablecimiento de la democracia en Venezuela, ya sea respetando el resultado del 28 de julio o llamando inmediatamente a elecciones libres?

Uno de los cuadros más hermosos del Museo del Louvre es “La balsa de la Medusa” (1819) de Théodore Géricault. En esos pedazos de embarcación que naufraga en la tormenta, mientras todos claman desesperadamente por sobrevivir, un hombre pensativo se aferra a un cadáver. En lugar de actuar con energía para salvarse él también, soltando al muerto, lo sigue sujetando, atontado.

Sería bueno que nuestro oficialismo, increíblemente atornillado todavía a un perimido sesentismo, soltara a Maduro y reconociera fuerte y claro, de una buena vez, que no solo las dictaduras de derecha son abominables: también las de izquierda.

¿Tanto les cuesta?

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