El Presidente argentino , Javier Milei, aparentemente, desea ir por todo. Un paso mas allá de sus logros en la economía. A diferencia de su estilo del primer bienio, dialoga, personalmente y a través de sus colaboradores. Hasta han desaparecido felizmente las agresiones verbales.
Desea negociar, una clave para cualquier gobierno democrático. Tendría desde el 10 de diciembre un bloque de más de 80 legisladores, instrumento imprescindible para motorizar su plan basado en una amplia reforma laboral, acelerar privatizaciones y mayor reducción del Estado, reformas impositivas, y del Código Penal.
Párrafo aparte, -a pesar de lo elogiable que supone ser este plan de acción- , el peso legislativo, debería aplicarse también, a las designaciones del devastado Poder Judicial, uno de cuyos vacíos no menores es la rémora para completar la precaria actual Corte Suprema, iniciativas no demasiado mencionadas hasta el presente. En este contexto, este ambicioso plan tiene su apoyatura en la desorientación que exhibe todo el arco político no oficialista.
Fundamentalmente la aún principal oposición: el kirchnerismo en sus diferentes vertientes ha sido incapaz de mostrar una renovación de ideas y de figuras. Encadenó fracasos, con su aun jefa partidaria presa e inhabilitada, que se mantiene todavía como su principal referencia nacional. Y no emergen en el horizonte alternativas sólidas a esa conducción, a pesar de los deseos del gobernador bonaerense, alicaído por su última perfomance electoral y sus propias limitaciones.
En ese mismo sentido, la central obrera ha renovado su conducción para esbozar un perfil más dialoguista. Y completan un cuadro más augural, las señales y las acciones del gran amigo del norte, cuyo apoyo ha sido decisivo, no solo para posibilitar un panorama más optimista.
Por su parte, una vez más la economía da suficientes muestras de ser una frazada corta. Nunca, todos los objetivos se pueden cumplir simultáneamente.
El plan del Gobierno, expresado desde siempre y llevado a la práctica en la primera mitad de su gestión, ha sido sanear las finanzas públicas, no emitir consecuentemente, como la llave maestra para derrotar ese eterno flagelo argentino, que es la inflación ya casi eterna. Y los logros en esta materia han sido, porqué no decirlo, espectaculares. No obstante, las señales económicas invitan a la prudencia. La actividad sufre un estancamiento. la industria y la construcción siguen en caída. Las noticias sobre cierre de fábricas han vuelto a escena. Costos seguramente obligados por el proceso desinflacionario, pero que la explicación de los efectos inevitables y no deseados del plan económico en marcha, no mitigan el malestar.
En un escenario donde ha tomado centralidad el bochornoso espectáculo de la corrupción (en el estado perokirchnerista ( la causa Cuadernos en marcha), en el ámbito del futbol, etc) tarea obligada del actual Gobierno es también reconstituir la fe en un aspecto casi olvidado: el respeto a la institucionalidad, en todos sus ordenes, acatando y haciendo acatar la ley, y logrando que el Parlamento sea el espacio donde el diálogo político constituya el vehiculo de construcción de una nueva y esperanzadora argentina. Que asi sea.