Ante la tragedia ¿cuál es la vía?

Frente a la caída de Nicolás Maduro por secuestro extranjero con muerte de sus custodios, ante la decisión de Trump de gobernar Venezuela con elenco chavista, viendo que la democracia no asoma y se amenaza la paz hasta en Groenlandia, el Parlamento perdió, a través de su Comisión Permanente, la oportunidad de sentar cátedra con un pronunciamiento unánime.

De haberse logrado tal unanimidad, las bancadas y los partidos habrían aquilatado aptitud para servir principios básicos, por encima de lemas y polémicas. Y se habrían robustecido las instituciones de la República.

Dolorosamente, no hubo unanimidad. En su lugar, se aprobó una moción por 6 votos contra 5, porque el oficialismo siguió negándose a admitir que el régimen de Maduro fue una dictadura y que sus últimas elecciones terminaron por corte descarado del escrutinio y proclamación trucha.

Maduro era indefendible y su cese en el gobierno es un bien en sí mismo, que nos llenó de júbilo. Enseguida, al saberse que EEUU resolvió convertir su acto ilícito de policía unilateral en intervención gobernante sin plazo, se nos cortó el festejo a nosotros y al mundo. No es tan difícil plasmar esos sentimientos en el lenguaje del Derecho Público Internacional, que por algo es versión actual del milenario Derecho de Gentes. Pero no se hizo.

A unos cuantos les resultó más tentador usar la tragedia venezolana para seguir contraponiendo a unos con otros. Es que a los fanáticos les rinde más aprovechar la irresponsabilidad de las redes a efectos de azuzar odios que son la carroña de que se nutren los totalitarismos, para fabricar enemigos haciendo trizas lo natural y obvio.

No es hora para esas guarangadas, porque no estamos ante un episodio singular sino ante la puesta en práctica de una “doctrina” cuyo autor anuncia que puede repetirse. Con eso no se juega. Ya hizo enorme daño la tozudez con que los socios ideológicos del chavismo se negaron a moderarlo o abandonarlo y se opusieron a las soluciones de Derecho que podían imponerse desde los organismos internacionales. A esa desgracia no le agreguemos ahora el daño de enrolarnos tras las brutalidades que dice y resuelve Trump.

En dramas y tragedias, el primer deber es pensar hasta ver claro. Si hoy lo hacemos, de las cenizas de este momento de la historia americana rescataremos nuevas y mejores luces para nuestro Estado de Derecho y emprenderemos nuevas hazañas en la edificación de la libertad de pensamiento.

De hecho, el repudio a Nicolás Maduro viene plebiscitándose en calles y trabajos de nuestro vecindario, que hace años se familiarizó con acentos y costumbres de la nación de Simón Bolívar, la cual, cuando fue democracia, supo asilar uruguayos como antes supimos acoger a los desterrados por la dictadura de Pérez Jiménez.

Y de hecho, el manotazo de Trump a gatas encuentra argumentos de circunstancias, pero no encarna ningún principio ni asegura ningún buen porvenir.

Entonces, es tiempo de re-unirnos a pensar sin lemas.. Si la locura genera hechos consumados, recordemos que las cosas son y pasan, pero los ideales valen y permanecen.

Por lo cual, como enseñó Rudyard Kipling, si a nuestro derredor muchos pierden la cabeza, nuestro deber es conservarla para poner grandeza donde otros aprisionan y matan.

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