Este año, a distintas alturas del calendario, se han conmemorado y traído a la atención de los uruguayos los cuarenta años corridos desde la recuperación de la democracia. Este invierno, en junio, vamos a recordar el golpe de estado, casi 50 años después. Conviene -no todo el tiempo pero sí de cuando en cuando- recordar cómo fue la salida de la dictadura pero también convendría, alguna vez, recordar cómo fue la entrada.
El Uruguay ha salido del periodo de facto: unos dicen que salió de forma ejemplar, otros que no tanto. Uno de los aspectos más importantes del camino de salida fue la construcción de un clima de reconciliación. Varios años después de la recuperación de la normalidad institucional (¡cuatro periodos de gobierno después!) Jorge Batlle, preocupado por lo que él llamó estado del alma del Uruguay, convocó la Comisión para la Paz.
Esa Comisión dejó de funcionar hace una punta de años pero cabe la pregunta: ¿Cómo se encuentra ahora el estado del alma del Uruguay del que se preocupaba Jorge Batlle? En estos tiempos que corren los focos de irritación han cambiado, se han desplazado, pero me parece que existe una cuasi convicción de la imposibilidad, o peor, la inutilidad de reconciliación.
Un sentido de reconciliación nacional es todavía (y siempre) necesario: está pendiente o a medio terminar. Aprovecho este Domingo que los cristianos llamamos de Pascua de Resurrección para desenterrar algunas líneas que escribí sobre la reconciliación en los lejanos tiempos de la salida a la democracia. Lo más valioso de esos fragmentos son las citas que contienen.
“Estoy convencido de la necesidad de crear una conciencia nacional sobre el tema”. Sabiamente lo expresa el Dr. José Espalter en su clásico estudio sobre el Poder Ejecutivo, citado por J. E. Pivel Devoto en su reciente obra sobre la amnistía. Dice Espalter: “una amnistía, para que produzca el efecto deseado, es decir, para que sea un medio de asegurar el orden público y de favorecer las exigencias de la sociedad, debe inspirarse no solo en sentimientos humanitarios y de clemencia sino en los movimientos de la opinión pública, en la voluntad del pueblo, pues de lo contrario se convierte en germen de desconfianzas y recriminaciones de todo género”. Y más adelante yo agregaba otra cita: “Dice R. Terragno: las dictaduras deben ser derrotadas, pero antes (o a la vez) hay que explicarlas. Entre otras cosas para que luego no renazcan de entre sus cenizas. La explicación es la tarea de los intelectuales, quienes, contra lo que suele imaginarse, no tienen un papel más heroico en la victoria sino después, en la reconstrucción, cuando nada es más necesario que la lucidez”.
Y terminaba mi escrito así: “Cuando los nazis se habían marchado Albert Camus escribió: una vez que partieron los verdugos los franceses se han quedado con su odio y, en parte, sin destino. Todavía se miran entre ellos con un verbo de cólera. Hay que curar los corazones envenenados”. Hasta aquí Camus.
Mi texto terminaba: “Éste será el trabajo de mañana: extraer el veneno, con la misma humildad y la misma paciencia que ahora se necesita para comprender”.
La Democracia, Enero de 1985.