Álvaro Ahunchain
Álvaro Ahunchain

Hamlet al destierro

El guionista de Dios sigue haciendo de las suyas. Hace más de 400 años, Shakespeare describió cómo un príncipe díscolo llamado Hamlet era enviado al destierro por su tío, un tirano despreciable.

Hoy, un artista cubano del mismo nombre está corriendo idéntica suerte, después de haber sido encarcelado en su patria por un déspota semejante.

El joven creador visual Hamlet Lavastida había marchado preso apenas puso un pie en La Habana, tras regresar de una residencia artística de un año en Berlín.

El régimen de Díaz-Canel acusó al artista de instigar a actividades delictivas. La excusa fue una captura de pantalla de un chat donde Lavastida había sugerido intervenir los billetes de papel moneda cubanos con consignas contra la dictadura. Según el portal oficial Razones de Cuba, citado por Infobae, el régimen explicitó que Lavastida “ha estado incitando y convocando a la realización de acciones de desobediencia civil en la vía pública, utilizando las redes sociales y la influencia directa sobre otros”.

Pero la temática de su obra ya les venía resultando bastante antipática de mucho antes, debido a que gira en torno a las similitudes del discurso oficial cubano con los de la ex Unión Soviética, y su potente y siniestra estética estalinista.

Eso le valió que lo echaran de la universidad de su país y le impidieran vender sus trabajos, ya que el monopolio del mercado artístico allí lo ejerce el Estado. Lo tuvieron guardado durante tres meses y ahora lo liberan, a condición de que se exilie con su pareja, la escritora y también activista Katherine Bisquet.

Ser o no ser demócrata en un país esclavizado. Que a nadie llame a engaño el comportamiento del régimen. Ya en 1961, Fidel Castro fue más que claro y transparente en su discurso titulado "Palabras a los intelectuales": "¿Cuáles son los derechos de los escritores y de los artistas, revolucionarios o no revolucionarios? Dentro de la Revolución, todo; contra la Revolución, ningún derecho”. Así, cortito y al pie.

En abril de 2018, apenas asumido Miguel Díaz-Canel, instauró un famoso decreto que, entre otros lindezas, adjudica al gobierno el control total de la gestión cultural y prohíbe cualquier tipo de actividad artística independiente. Avala la potestad gubernamental de censurar contenidos, si estos infringen “las disposiciones legales que regulan el normal desarrollo de nuestra sociedad en materia cultural”. Y por si fuera poco, describe las atribuciones de un “inspector cultural”, con potestad para censurar una exposición o frenar el desarrollo de un concierto. Muy rico todo.

Lo más inquietante es que ya no estamos en 1971, cuando el encarcelamiento y la obligada autoinculpación del poeta Heberto Padilla fortaleció a un régimen económicamente sustentado por la Unión Soviética. Ahora la dictadura cubana se cae sola, pero eso no impide que sigan tapando y destapando la olla cada tanto, solo para demostrar un poder del que ya saben que carecen.

Me retrotrae al Uruguay de 1983, cuando con la querida directora teatral Stella Santos hicimos “La república de la calle”, una obra sobre el suicidio de Baltasar Brum que culminaba con su grito de “¡Viva la democracia!” Unas semanas antes del estreno, la dictadura emitió uno de esos decretos restrictivos de la libertad de expresión y estuvimos a punto de desistir. Por suerte decidimos seguir adelante. Y la democracia volvió mucho antes de lo que hubieran deseado quienes nos amenazaban para ahuyentarla.

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