El ministro de Relaciones Exteriores dijo en la Comisión de Asuntos Internacionales de Diputados que nuestro país impulsará una “política de sinceramiento”, que planteará a los otros miembros del Mercosur el cumplimiento del artículo primero del Tratado de Asunción y que buscará flexibilizar “la posibilidad de acuerdos bilaterales”.
El ministro de Relaciones Exteriores dijo en la Comisión de Asuntos Internacionales de Diputados que nuestro país impulsará una “política de sinceramiento”, que planteará a los otros miembros del Mercosur el cumplimiento del artículo primero del Tratado de Asunción y que buscará flexibilizar “la posibilidad de acuerdos bilaterales”.
El principal componente de una sociedad es un elemento inmaterial: la affectio societatis. Esta es la voluntad explícita o implícita de los asociados de colaborar en un pie de igualdad para conseguir los objetivos de la sociedad. Ya sea que se considere que basta con una convergencia fundamental de intereses o que se requiere una voluntad de unión, ese elemento psicológico tiene una importancia esencial. Lo mismo puede decirse de los acuerdos de integración entre los Estados.
La decisión que toma un grupo de Estados, de asociarse en un proceso de integración, debe tener un sólido apoyo en cada una de las sociedades que se embarcan en la aventura y debe ser duradera en el tiempo. Uno de las funciones clave de un tratado de integración (y del sistema institucional que se construye sobre ese fundamento) es crear un escenario de largo plazo, previsible, estable y respetado por todos.
El propósito de un acuerdo de integración es construir un espacio económico más amplio que incluye a las economías nacionales de cada uno de sus miembros. El Tratado de Asunción, suscrito en 1991, establece como idea fundamental “que la ampliación de las actuales dimensiones de sus mercados nacionales, a través de la integración, constituye condición fundamental para acelerar sus procesos de desarrollo económico con justicia social”. Con ese propósito, las Partes convinieron en que el Mercosur implica “la libre circulación de bienes, servicios y factores productivos entre los países, a través de la eliminación de los derechos aduaneros y restricciones no arancelarias a la circulación de mercaderías y de cualquier otra medida equivalente”.
El Tratado de Asunción fue el producto de una affectio societatis predominante a principios de la década de 1990.
Otro ejemplo de ese espíritu fue el Acuerdo de transporte fluvial por la Hidrovía Paraguay - Paraná (Puerto de Cáceres - Puerto de Nueva Palmira) suscrito por Argentina, Bolivia, Brasil, Paraguay y Uruguay en junio de 1992. En este caso se pensó en integrar un sistema de navegación fluvial para comunicar el corazón de nuestro continente con el Río de la Plata.
Nuestro país apoyó esos proyectos porque responden a un ideal compartido en el seno de nuestra sociedad y, también, porque favorecen nuestros sanos y muy legítimos intereses políticos y económicos. El proceso de reforma de los puertos fue impulsado, en buena medida, por la voluntad de exportar servicios al resto de la región. Empresarios privados invirtieron en plantas industriales orientadas a exportar al resto del Mercosur.
Ha pasado casi un cuarto de siglo desde que fuera suscrito el Tratado de Asunción y sus ambiciosos objetivos no se han cumplido.
Es indudable que del lado uruguayo existe una fuerte affectio societatis. Pero, ahora vemos que tanto afecto no ha sido correspondido. El Mercosur, recordando la letra de uno de los grandes tangos, hoy, “más que un amor es un sufrir”.
Ha llegado la hora de buscar otros horizontes.