Pasado mañana será 27 de junio y hará cincuenta años del derrumbe democrático de nuestro país. Los acontecimientos de ese día se han recordado todos los años desde 1973. Es un aniversario de derrota. El acto del obelisco, fecha de victoria, pasa todos los años desapercibido. Muchos van a ofrecer memorias personales; me importa la memoria colectiva.
Se dice, y ya es una definición, que el 27 de junio es aniversario del golpe militar. Las palabras tienen enorme fuerza, terminan adueñándose de los hechos. Golpe evoca un dualismo, un golpeador y un golpeado: los militares y el pueblo uruguayo. En esa expresión ha quedado fija, consolidada e indiscutida, una simplificación binaria falsa y, además, muy apropiada para depositar toda la culpa en un lado y legitimar toda la queja y la exigencia de reparación en el otro.
Abandonada la simplificación vemos que, en los años sesenta-setenta del siglo pasado nuestro país, en caída económica y disolución de expectativas, encontró motivos para irritarse consigo mismo, y se fue alejando, confundido y asustado, de sus tradicionales hábitos políticos y culturales. Paralelamente comenzó a ser atractivo el relato de la revolución cubana, romántica y cinematográfica, y la descalificación de las libertades formales y del derecho (burgués). En ese ambiente fueron naciendo y consolidándose dos iniciativas que algunos historiadores llamaron antisistema o extra-sistema: la guerrilla armada y los militares golpistas. Dos iniciativas para regenerar al Uruguay decadente, sin consultar a los uruguayos si estábamos de acuerdo con tal regeneración (y tales regeneradores).
Dicho sea de paso, ambas propuestas extra-sistema tenían rasgos en común; uno era el menosprecio del Uruguay existente en manos de políticos vacilantes y sin sentido popular. Ambos aceptaron la lógica militar (victoria-derrota) como válida para sustituir la política, cuya lógica es justamente lo opuesto: acuerdo y coexistencia de los diferentes.
En un país tan irritado, confundido y asustado, el Parlamento encomendó a las fuerzas armadas la lucha -militar, por supuesto- contra la guerrilla. Habiendo sido la victoria militar rápida y absoluta los triunfadores, en vez de volver al cuartel, pasaron a ocuparse de lo que nadie les había encomendado: pusieron coroneles en los Ministerios, Intendencias y empresas públicas, cerraron el Parlamento, proscribieron a todos los dirigentes políticos y se empeñaron en una tarea de diseñar un nuevo modelo de sociedad para el Uruguay trazado sobre el paradigma del cuartel.
Pero, tanto antes del 27 de junio como después, en dependencias militares y policiales se cometieron atropellos infames contra ciudadanos uruguayos. Esos hechos aberrantes lesionaron a muchas personas concretas pero hirieron también, y mucho, a lo que Jorge Batlle llamó el alma nacional. Herida aún abierta.
Todo el país está hablando estos días del 27 de junio y de no olvidar el pasado. El verdadero objetivo para investigar el pasado no es tanto una curiosidad sobre cómo fueron entonces las cosas: es para poder comprender mejor por qué el presente es como es. Buena parte del hoy proviene de decisiones que se tomaron en el pasado o no se tomaron, de caminos que se eligieron o se dejaron pasar.