Ayer cerramos el primer cuarto del vigésimo primer siglo de la Era Cristiana. Lapso en que las ciencias siguieron avanzando, y de ello somos beneficiarios en salud, tecnologías múltiples y hasta en Derecho.
La abstracción matemática, iniciada en la Grecia precristiana y potenciada por Frege, Russell, Wittgenstein y su pléyade de seguidores, desembocó en robots que a algunos les facilitan el trabajo pero a muchos les oponen vallas que les impersonalizan las relaciones. Lo automático insensible atrofia lo humano palpitante. Y eso permitirá reducir costos, pero no le cae bien al tipo que dialoga con una imagen que hace de portero, ni al que acude a iniciar un trámite y rebota porque a los que resuelven se llega sólo por mail.
Es grave que nos retroceda el encuentro persona a persona. Y aun más grave es que ese retroceso se acepte en silencio, pues con ello el espíritu pierde reflejos ante los martillazos que nos propinan los dislates e infamias que se nos notician día tras día. Sí: lo peor es que, en sopor creciente, abandonamos la responsabilidad de encontrarnos con el prójimo mediante el pensamiento expresado en voz alta, que es la mejor vía para ampliar claridades en el acuerdo como en la discrepancia.
Y no es sólo que la informática promueva la pereza mental.. Es que, además, estos 25 años del siglo XXI han sido arrastrados por una ferina ola de indiferencia al prójimo. Los atentados fanáticos, la persecución a los inmigrantes, la instalación de guerras sin solución, la drogadicción y el narcotráfico vienen rebajando la condición humana a espectadora que se cruza de brazos a oír y mirar iniquidades.
El asunto no se reduce al bochorno de que la mitad o más de los ciudadanos son indiferentes a la política y un 30 % de jóvenes aceptaría una dictadura para resolver crisis, como acaba de encuestar en nuestro Uruguay la Fundación Friedrich Ebert. El asunto es que se nos ahoga el pensar en común, con el que necesitamos decantar principios y generar opinión pública.
Las luchas por la persona ya no se libran sólo contra gobiernos abiertamente despóticos. El campo de batalla es el cerebro y el corazón de cada uno: es que el plan de vuelo para valores e ideales viene sustituyéndose por un proyecto buscapiés que corre en brillos fatuos que no inspiran porque nacen para apagarse ahí nomás. Es en esa opción que se nos forma el hombre light que fustigó Enrique Rojas y se produce la derrota del pensamiento que describió Alain Finkielkraut.
Precisemos: no es que en el país no haya estudiosos, pensadores y sembradores. No es que no haya profesores reflexivos y hasta tanques de pensamiento. Los hay, pero no conectan sus especializaciones. No forman un ideario, una doctrina y un conjunto de miradas congruentes que orienten al ciudadano y siembren cultura popular. Nos falta volver a filosofar.
Separados como las mónadas de Leibniz, dejamos a medio cumplir la misión de llevar el pensamiento tan lejos como nos permita el magín.
Para eso, hace falta no hundirnos en rigideces ideológicas capitalistas ni socialistas. Hace falta recuperar el pensar libre que nos enseñó Vaz Ferreira, de cuya muerte se cumplirán 68 años mañana 3 de enero pero cuya enseñanza sigue viva y necesaria para unirnos pensando. Y con ello cumplir el deber, común a todos, de ser, de veras, nosotros mismos.