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ideología

Dr. Carlos Sarroca Solé Montevideo
Guillermo Asi Méndez Montevideo
Carlos Sarroca Solé Montevideo
Silvia Montevideo
Editorial En defensa de los atavismos ideológicos, el discurso ahora dice que si la aplicación práctica de las ideas del gobierno resulta ineficaz, la culpa no es de dichas ideas, sino de la realidad que, tozudamente, insiste en no adaptarse a ellas. En la edición de ayer del semanario Búsqueda aparece una de las mejores definiciones del fundamentalismo ideológico con que opera la autodenominada izquierda en el poder. La ministra y precandidata Carolina Cosse declaró que la "seguridad no es un punto débil de estos gobiernos (del Frente Amplio), sino de la realidad". Una de las premisas básicas del método científico (reformular la hipótesis toda vez que es desmentida por la evidencia empírica) se invierte olímpicamente cuando se trata de defender los atavismos ideológicos: si la aplicación práctica de las ideas del gobierno resulta ineficaz, la culpa no es de dichas ideas, sino de la realidad que, tozudamente, insiste en no adaptarse a ellas. Como ironizaba John Kennedy, "el éxito tiene muchos padres, pero el fracaso es huérfano". Estos gobiernos, consolidados a caballo de sucesivas mayorías parlamentarias y de un núcleo duro de militantes de fanatismo sectario, nunca cejan en atribuir a otros la responsabilidad de sus propios desaciertos. Un vicepresidente que debe renunciar por corrupción comprobada, alega que existe un Plan Atlanta en su contra. La escandalosa inseguridad pública no es culpa de un Estado que posee los recursos humanos y materiales suficientes para combatirla con éxito, pero ya se ha demostrado incapaz de hacerlo, no. La culpa es de tendencias sociológicas internacionales, o de la distorsión intencionada de los "medios de la derecha" o blablablá. Y el paso siguiente consiste en generar un relato demagógico y autocomplaciente, paralelo a la realidad y absolutamente contradictorio con ella. Dijeron que estos gobiernos abatieron la pobreza y llevaron la indigencia casi a cero, pero nunca se había visto como ahora tantas personas alimentándose de los contenedores de residuos y pernoctando en la calle. Hicieron una enérgica campaña de rechazo a la baja de la edad de imputabilidad, pero permanecen insensibles a los maltratos que reciben los adolescentes privados de libertad en el Inisa y a las ratas que pululan en sus instalaciones. Advirtieron que estatizarían la venta de marihuana para combatir el narcotráfico, pero nunca en la historia del país hubo tanta violencia narco como ahora. Prometieron cambiar el ADN de la educación, pero la investigación más reciente del Instituto Nacional de Evaluación Educativa revela que siete de cada diez escolares de las zonas más vulnerables no alcanzan a tener comprensión lectora y que solo un tres por ciento de los centros educativos de dichas zonas cuentan con sala de informática. Gastan millones de dólares en unos camiones equipados para lavar contenedores, pero los dejan arrumbados durante seis años a la intemperie. Y cuando un ciudadano lo filma y lo difunde a través de las redes sociales, aclaran que esos vehículos se habían sacado de circulación porque funcionaban mal y que habían perdido los datos del fabricante habilitado para repararlos. Pero por suerte justo ahora los encontraron, qué casualidad, así que se contactarán con él y los pondrán en marcha en tres meses. Cuando la realidad que desmiente su ideología se hace demasiado evidente, tratan de no morir con las botas puestas. Entonces, salvo algunos fundamentalistas del Partido Comunista y sus amigos, ya han dejado de cantar loas a Maduro, aunque no por eso se atreven a cruzar la línea de la responsabilidad democrática. Y asistimos hace unas semanas con asombro a la declaración del vicecanciller Ariel Bergamino en el sentido de que "no tenemos claro ni estamos en condiciones de afirmar" que en Venezuela se cometen crímenes de lesa humanidad. Es que a veces manifiestan que es la realidad la que se equivoca, pero otras veces optan por ignorarla olímpicamente. También apelan al expediente de asumir explícitamente que deben callarla y agitan la amenaza de revelarla, para chantajearse entre ellos. Tal fue el caso de la diputada de la lista 711 Susana Andrade, que en un tuit de rechazo al coro frentista que reclama que Sendic se baje de la carrera electoral, dijo textualmente: "creo que ha llegado la hora de Raúl de hablar. Total ya se les fue la moto". Las sospechas de Esteban Valenti quedan así confirmadas: la carta en la manga que tiene el exvicepresidente para mantenerse arriba del barco (a esta altura, un Titanic) es que "sabe demasiado" y hay temor de que abra la boca. La verdad es que sería muy bueno que hiciera caso a la diputada y, por fin, hablara. Así acallamos un poco el relato edulcorado que nos venden cada día con ilimitada hipocresía, y nos enteramos por fin de la cruda y repugnante realidad.
Editorial A vista de lo que se ha escuchado de parte de las voces más representativas del oficialismo respecto a la campaña en Brasil, nadie podría dudar que Bolsonaro tiene bastantes motivos para no querer hablar con nadie del Frente Amplio. El expresidente Mujica, entre las tantas frases que acuñó, dejó una muy apropiada para estos momentos. A poco de asumir dijo en un evento con exportadores que: "Tragaré sapos y culebras, los que haga falta, para conseguir los objetivos con Argentina, porque tengo la obligación de pensar en el trabajo de miles de uruguayos". De más está decir que algunos de los vínculos cercanos de Mujica, desde el "Pato" Celeste, hasta algunos de los políticos más corruptos de la región, muestran que llevó esa voluntad demasiado al extremo. Pero algo de ese espíritu, notoriamente, es lo que le está faltando al oficialismo frentista hoy. En los últimos días, el candidato ampliamente favorito para convertirse en nuevo presidente de Brasil, Jair Bolsonaro, ha estado llamando por teléfono a algunos de los líderes políticos de la región. Se contactó con Mauricio Macri, con el paraguayo Mario Abdo, y previamente ya había tenido acercamientos con el chileno Sebastián Piñera. Según se ha informado, Bolsonaro busca dar un giro radical a la política exterior de su país, la que considera que fue cooptada por el PT, como forma de promover una agenda de izquierda funcional a los intereses expansionistas de algunos ideólogos del partido como Marco Aurelio García, y la gente detrás del llamado Foro de San Pablo. Según analistas brasileños, Bolsonaro busca un Mercosur que realmente tenga resultados comerciales positivos para los miembros, y dar un giro más liberal y aperturista a la política exterior de su país. Aunque esto último no está libre de dudas, ya que en su carrera política el probable presidente ha tenido expresiones más cercanas al proteccionismo que al libre comercio. Pero más allá de esto, lo sorprendente es que donde no parece haber sonado el teléfono nunca es en el edificio de presidencia de Plaza Independencia. No se ha informado de que haya habido el más mínimo acercamiento entre Bolsonaro y nuestro gobierno. Y, la verdad, a vista de lo que se ha escuchado de parte de las voces más representativas del oficialismo respecto a la campaña en Brasil, nadie podría dudar que Bolsonaro tiene bastantes motivos para no querer hablar con gente del Frente Amplio. En lo que ya es habitual en materia de política exterior en estos tres gobiernos frentistas, sus principales dirigentes han exhibido una tendencia alarmante para opinar e involucrarse en las cuestiones internas de otros países, con comentarios necios e impertinentes. A la vez que se ha mostrado un alineamiento con algunos de los gobiernos más autoritarios y represivos, cuando sus líderes son considerados "compañeros" de izquierda. Ejemplos claros, lo que ha pasado y sigue pasando con Venezuela y Nicaragua. Pero en pocos casos ha habido comentarios tan desubicados, tan impertinentes, y tan negativos para los intereses superiores del país, que los emitidos en relación a Brasil. Desde el presidente del FA, Javier Miranda, pasando por senadores como Mónica Xavier, y hasta figuras como el expresidente Mujica, han sido generalizadas las opiniones durísimas en contra del probable futuro presidente, y la defensa de los previos gobiernos del PT, incluso pretendiendo poner en duda las decisiones de la Justicia, de un país soberano y democrático. Cada uno tiene derecho a tener su opinión sobre Bolsonaro y sus posturas ideológicas. De hecho, desde esta página no han sido pocas las críticas a lo que vemos como un peligroso avance de visiones al filo de la intolerancia y el espíritu democrático. Pero cuando uno está en el gobierno, o en cargos políticos relevantes en el partido que lo ostenta, tiene que tener una actitud más ponderada. No puede obviar que sus comentarios tendrán un impacto que excede al personal y pasan a afectar a toda la ciudadanía. Esto es algo que ha sido siempre difícil de entender para la dirigencia del Frente Amplio, presa de una visión internacionalista soberbia e infantil. Y de unos vínculos sospechosamente carnales con algunos líderes políticos de la región. La realidad es que toda la amistad y genuflexión exhibida por los gobiernos del FA respecto de los líderes ideológicamente afines de esta última década, no se tradujo en ningún beneficio para el país. El Mercosur está estancado y sin ideas, el comercio regional sigue siendo hiperregulado y conflictivo. Por lo cual, cualquiera sea el giro que el nuevo presidente de Brasil le quiera imprimir, tenderá a ser beneficioso para Uruguay. Pero lo más importantes es poder estar sentado en la mesa en la que eso se converse. Algo que las infantiles reacciones de los dirigentes del FA parecen haber hecho imposible.
SEGUIR Javier García Introduzca el texto aquí Todos para el mismo lado, liderados hacia la nada, pero todos juntos. A lo mejor los espera el barranco, pero bien juntos, que nadie se abra su camino. Esa es la ideología de la manada. El de adelante sabe a dónde va y nadie lo cuestiona. En estos años muchas discusiones estuvieron dirigidas por ese principio cardinal, pensar distinto estaba —está aún— casi que prohibido, cuando no censurado por la manada. Se respeta al que piensa con el molde pero el que se aparta cae en desgracia. Los debates en torno a la llamada "agenda de derechos" son un ejemplo. Si se está en contra del aborto, entonces se está en contra de los derechos de las mujeres, y se es un machista, patriarcalista de primera división. El que no comparte el matrimonio igualitario es un discriminador y, obviamente, facho. El proyecto respecto a las personas trans nadie puede osar debatirlo, a no ser que pague el precio de ser tildado de homofóbico y tantas otras cosas. La legalización de la marihuana es la toma de la Bastilla criolla, analizarla científicamente y ver los distintos ángulos del problema iba contra la libertad más libre. Se podía estar contra el tabaco y declararlo veneno nacional y prohibir la copa de vino, eso sí es aceptado por la mana- da, pero contra la marihuana, nunca. Voté en contra del aborto, fui miembro informante del Partido Nacional pero, referéndum fracasado mediante, lo considero un tema que la ciudadanía laudó. La voz del pueblo es sagrada. Voté a favor del matrimonio igualitario y tuve opiniones fundadas científicamente que se opusieron a la legalización de la marihuana. Digamos que tengo una visión libre, difícil de encasillar por la manada. Son temas que están instalados y que han generado decisiones que, gusten o no, no tienen marcha atrás. No es un tema de convicciones personales, sino de respetar la democracia. Desde el FA, en la campaña electoral, van a agitar cucos sobre estos temas: ojo que todo va para atrás, dirán. Sería inexplicable echar para atrás, justamente, lo que votamos muchos blancos, como el matrimonio igualitario, e imposible que pisoteáramos los pronunciamientos populares en aquellos temas que nos opusimos. Eso lo hace el FA, no el Partido Nacional. Lo nuestro es para adelante, para mejorar. Eso sí, no nos van a correr a los empujones agitando el pensamiento único de la manada. Estamos analizando el proyecto sobre personas trans. Es un tema complejo desde el punto de vista bioético. No nos gusta el proyecto. Queremos una sociedad integrada, plural, donde ni la política, ni el sexo, ni la religión ni nada sea para levantar barreras. Para nosotros lo diferente enriquece y enseña. Segmentar a la sociedad no va con nosotros. Combatir discriminaciones y proteger la libertad sí, pero imponer ideologías bajo el título de que son derechos, no. Eso no es libertad, es dogmatismo. Desde cuándo es un derecho que un niño pueda tomar decisiones sobre su cuerpo e identidad, cuando no tiene ni la maduración ni el desarrollo personal ni intelectual para hacerlo. Que cambie de sexo, de nombre y todo ello con una autonomía que es ficticia y concedida al grito de la ideología de la manada. ¿Quién los va a proteger del abuso de quienes quieren que niños decidan como adultos? Hay un derecho que no está en la agenda: ser respetado por pensar distinto. Eso es lo que se viene: el pluralismo y no la manada.

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