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Enfoque

Ciudadano reflexivo Montevideo
SEGUIR Danilo Arbilla Introduzca el texto aquí Y lo voy a decir: no creo que los debates entre candidatos constituyan un aporte clave para un democrático y libre proceso electoral. Algunos los ven como casi ineludibles; pienso que a lo sumo se trata de una de las tantas contribuciones al debate general, con el riesgo de que puedan confundir más que esclarecer al elector. Desde hace mucho creo que la decadencia de la democracia comenzó con el debate televisado entre Kennedy y Nixon. ¿No les asusta que en una de las mayores democracias del mundo se haya elegido al presidente por el color del traje, la camisa y la corbata al tono y porque tomó la precaución de tostar su piel a pleno sol? Lo eligieron pero después lo mataron a tiros.
SEGUIR alejandro lafluf
SEGUIR MARTÍN AGUIRRE Introduzca el texto aquí En América Latina siempre hubo una visión antiimperialista respecto de EE.UU. Esta visión tiene justificaciones varias, desde episodios históricos amargos, hasta algo de resentimiento por el hecho de que esta mitad sur nunca logró el nivel de desarrollo del norte, pese a haber “arrancado” el mismo 12 de octubre.
SEGUIR Álvaro Ahunchain Introduzca el texto aquí Hay que empezar por decir que "La noche de 12 años", de Álvaro Brechner, es una estupenda película. Desarrolla una narración visual extremadamente difícil, de un argumento opresivo y silencioso. Sin embargo, logra sortear ese riesgo con un buen guión y una realización muy inspirada. No puedo dejar de destacar el trabajo de Alfonso Tort, de una contundencia y versatilidad expresiva pocas veces vistas y, a mi juicio, verdaderamente consagratorias de este querido actor uruguayo. Hasta aquí mi intromisión en área ajena: no soy crítico de cine, ni Dios lo permita. Quisiera centrarme en analizar la utilidad de esta película en la consolidación del relato heroico sobre el movimiento tupamaro y José Mujica. Viéndola, recordaba aquellos versos de Machado que popularizó Serrat: "la España de charanga y pandereta / cerrado y sacristía (…) ha de tener su mármol y su día, / su infalible mañana y su poeta". Más de un autor ya ha construido el mito tupamaro en el imaginario colectivo, a expensas de una gran variedad de productos culturales laudatorios y victimistas de esa gesta, trágicamente equivocada. Quienes vivimos la historia, no pudimos menos que sonreír al ver la versión que da la película del asalto de las FF.CC. a la casa de la calle Amazonas, y cómo omite el resto de las acciones sanguinarias de ambos bandos, en aquel terrible 14 de abril de 1972. La mirada parcial que ofrece es la de un puñado de jóvenes idealistas que se enfrenta con un grisín a un ejército superpertrechado y criminal. Ni siquiera queda claro en el guión que la revuelta armada se realizó contra un gobierno constitucional, un viejo equívoco que Mujica y sus compañeros de armas han usufructuado intencionadamente en su peculiar relato. Ahora bien, ¿podemos reprocharle esa visión sesgada a los creadores de la película? Ciertamente no. Como tampoco deberíamos descalificar a un genio del cine como David W. Griffith, por el contenido racista de su clásico "El nacimiento de una nación". Una obra de arte no es un ensayo histórico. Es lo que es: una reconstrucción deliberadamente subjetiva de la realidad. El artista tiene todo el derecho a distorsionar el material sobre el que trabaja, a su gusto y sensibilidad. Porque si se lo negáramos, estaríamos instaurando tribunales censores y aniquilando la libertad de creación. Por eso respeto la decisión de Brechner de narrar la historia apegado a la versión unívoca de "Memorias del calabozo", en consonancia con la oportunidad que vieron los productores de aprovechar la buena estrella mediática global de Mujica. Bien ha declarado el director que su intención no fue promover ideas políticas, sino centrarse en la capacidad de resiliencia humana ante condiciones extremas. El hecho de que nos enojemos por el contrabando ideológico que esto implica, no es problema del creador sino de nosotros mismos, que hemos sido incapaces de comunicar con similar calidad la otra versión. Por eso, felicitaciones al equipo de "La noche de los 12 años", y el deseo de que aparezcan otros creadores que cuenten la historia desde libros más objetivos, como "El color que el infierno me escondiera", de Carlos Martínez Moreno. O desde penetrantes ensayos recientes como "El cielo por asalto", de Hebert Gatto, "La revolución imposible", de Alfonso Lessa, "Historias tupamaras" y "Milicos y tupas", de Leonardo Haberkorn... Los falsos mitos no se derriban con quejas ni teorías conspirativas, sino propiciando la pluralidad de visiones.
SEGUIR Luis Alberto Lacalle Introduzca el texto aquí Salen como pueden, de los barrios de Caracas, de Táchira o de Cúcuta. Muchos de ellos han ahorrado un par de cientos de dólares, una verdadera hazaña en un país en el que no se come ya pollo, carne o pescado, solo alguna arepa o un puñado de arroz. Cargan a hombro sus bártulos, lo demás queda detrás.
SEGUIR Claudio Fantini Introduzca el texto aquí En la historia hay personajes viles que ganaron guerras en vida, pero perdieron batallas cruciales ya muertos. Y también muestra héroes de la dignidad que perdieron guerras en vida y ganaron cruciales batallas al morir. En el primer grupo está Francisco Franco, ganador con su estrategia de terror en la Guerra del Rif y en la Guerra Civil española; pero derrotado post-mortem, primero con el entierro de su régimen para nazca una democracia, y ahora con el desalojo de su tumba del Valle de los Caídos, para que deje de ser el "monumento a una dictadura". En el segundo grupo está John McCain, capturado en la guerra de Vietnam y derrotado en comicios presidenciales, pero ganador de su batalla personal contra Donald Trump. A esa batalla la ganó al morir porque estadistas del mundo, la sociedad norteamericana, la prensa y los principales referentes demócratas y republicanos, lo despidieron como un héroe de guerra y de la dignidad política. Esos heroísmos lo convierten en la contracara de Trump, quien eludió combatir en Vietnam pero se atrevió a negar que el senador de Arizona fuese un héroe porque el vietcong lo había capturado. Es cierto. Pasó cinco años en un campo de concentración tras el derribo de su avión, y muchas veces rechazó ser liberado, eligiendo permanecer en ese infierno carcelario hasta que todos los prisioneros norteamericanos fuesen liberados. También fue heroico en la derrota política. Con Barak Obama arriba en las encuestas, desmentía las calumnias que las usinas conservadoras lucubraban para difamar al candidato demócrata. "Eso no es verdad. Obama es un hombre digno", decía ante un público republicano que lo escuchaba perplejo. Después enfrentó a Trump. Pocos republicanos se atrevieron a denunciar los desbordes racistas del presidente y las envestidas que debilitaron la relación de Washington con sus aliados. Y ningún conservador se atrevió a decir que la actitud de Trump hacia Rusia "es una vergüenza". El único que alzó la voz fue John Sidney McCain III, el senador que redactó la lista de invitados y de oradores en su funeral, dándole la palabra a Obama y al último vicepresidente demócrata, Joe Baiden. No haber invitado a las ceremonias a quien fue su compañera de fórmula, Sarah Pailin, fue su modo de autocriticarse haber aceptado una imposición del Tea Party. Pero en la batalla final, enarboló sus banderas de diálogo y consenso, contra el extremismo y la intolerancia que expresan los ultraconservadores y Trump. La mayor victoria de su muerte fue visibilizar el contraste entre la vileza del presidente que censura una condolencia del gobierno por elogiar al senador, con la lluvia de mensajes destacando la honorabilidad, heroísmo y dignidad de McCain. El guerrero que, antes del fin, disparó contra la imagen de Trump con una bala de plata: prohibirle estar en su funeral.
SEGUIR Javier García Introduzca el texto aquí Con sábana y sin ella, pero con carné de jerarcas públicos se agitarán varios cucos próximamente. Hay uno que ya se lo ve venir, que dice así: "ojo que si ganan los blancos le van a sacar los planes sociales. Van a recortar todo, así que si quiere seguir teniendo subsidio no los vote". Son unos enormes atrevidos, sin duda. Quien los escucha de buena fe, porque no es fácil tenerla ante tanta mentira, puede creer que las políticas sociales en Uruguay comenzaron el 1º de marzo del 2005. Hay que ser o muy atrevido o muy mentiroso para sostenerlo. Las políticas sociales son casi tan viejas como el Uruguay independiente (el primer sistema pensionario lo crea Manuel Oribe), y fueron construcción colectiva de gobiernos y parlamentos de predominio de los partidos fundacionales, que con iniciativas y aportes legislativos caracterizan nuestra trayectoria como país. A cuenta de olvidos varios y seguro que quedarán decenas, podemos citar: jubilaciones y pensiones, aguinaldos, asignaciones familiares, leyes obreras, Consejo de Salarios, sistema de subsistencias, Instituto de Alimentación, hospitales, policlínicas, escuelas y liceos, Universidad del Trabajo, comedores municipales, Institutos de atención al niño (con sus diferentes nombres), CAIF, hogares de amparo. En fin, se podrían llenar hojas de políticas de protección y amparo a los más desprotegidos. Querer apropiarse de la sensibilidad es de una soberbia y falsedad que no resiste el más mínimo análisis. Todas las políticas con una diferencia sustancial con las que impulsó el FA en estos años: ninguna pretendió comprar la conciencia ni quedarse con la autonomía y libertad del destinatario. No se hacían padrones políticos ni se fabricaban decenas de ONGs y consultorías donde se quedaba gran parte del dinero que nunca llegaba a los más necesitados. ¿Cuánto dinero presupuestal que debía llegar a una madre sola o a un niño se quedó en intermediarios o militantes políticos vestidos de asesores? Los cracks de las políticas sociales (aquellos que parece que nos hicieron descubrir la sensibilidad social) que atravesaron la mayor riqueza que se conozca en el último siglo a espaldas de los precios internacionales de nuestras materias primas, nos dejan un país donde la gente por cantidades enormes duerme en las calles como no se veía desde el 2002. La imagen de gente que tapada con unos cartones y trapos viejos se refugia en cuanto rincón puede, no parece muy diferente a la de la peor crisis que se recuerde. Con Mides, y millones de dólares para atacar la pobreza, hoy lo único que cambia seguro es la fachada de ese ministerio que parece una cartelera de eventos sociales. Los que deberían estar nerviosos son los burócratas que curraron con la pobreza y fracasaron en dar libertad y desarrollo personal a quienes más necesitan, no los que merecen una mano tendida para salir adelante. Ellos saben, como los jubilados, cuándo estaban mejor. Tenemos convicciones bien diferentes con el FA. Las políticas sociales deben ser para que las personas puedan crecer, ser libres y autónomas, y no depender del subsidio y la política. Puedan simultáneamente tener un sistema educativo público de lujo, no pobre y marginal. Una infraestructura de salud y seguridad que los proteja y un gobierno transparente y austero. El problema para las mejores políticas sociales es que sigan gobernando, no que se vayan.

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