La inteligencia artificial puede automatizar procesos, acelerar decisiones y resolver tareas que hasta hace pocos años parecían imposibles. Sin embargo, entre la tecnología disponible y su aplicación efectiva hay un factor que sigue siendo determinante: los seres humanos.
Esa fue una de las ideas centrales del encuentro Pensar distinto, organizado por Claro Empresas el pasado miércoles 21 de octubre en WTC Montevideo Free Zone.
Bajo la moderación de Alejandro Laborde y ante 80 líderes y referentes empresariales, el especialista en inteligencia emocional Estanislao Bachrach y el experto en inteligencia artificial y fundador de Tryolabs, Alan Descoins, intercambiaron sobre los cambios que atraviesa el mundo laboral y los desafíos que plantea la convivencia entre ambas inteligencias.
Esa perspectiva también atraviesa la estrategia de Claro. Pedro Sierra, gerente de la compañía, explicó que la integración de la inteligencia artificial forma parte de una agenda que alcanza tanto a las empresas como a sus equipos. “Se habla mucho de inteligencia artificial, pero ¿cómo se puede aplicar? ¿Cómo se puede llevar a cabo? ¿Cómo puedo sacarle provecho?”, planteó al resumir algunas de las preguntas que enfrentan quienes toman decisiones.
Sierra señaló que Claro ofrece servicios que incorporan IA para mejorar la productividad y agilizar procesos, así como soluciones de ciberseguridad capaces de reconocer patrones y analizar información para contribuir a la protección de las redes. En ambos casos, la tecnología busca responder a necesidades concretas de las organizaciones.
El proceso, agregó, también exige entrenamiento y adaptación cultural. La velocidad con la que avanzan estas herramientas supone un desafío incluso para las propias compañías, que deben incorporarlas a sus procesos y hábitos de trabajo mientras acompañan a sus clientes en el mismo camino.
La conversación partió de una pregunta: ¿qué significa pensar distinto en un mundo en el que la tecnología cambia a una velocidad cada vez mayor? Para Bachrach, la cuestión no pasa solamente por aprender a pensar de otra manera, sino también por prestar atención a las emociones que intervienen en las decisiones.
Doctor en Biología Molecular y autor de libros sobre creatividad y funcionamiento del cerebro, Bachrach sostuvo que las emociones tienen un papel central en la forma en que las personas deciden y actúan. También señaló que, cuando se desarrolla la inteligencia emocional, mejora la capacidad de tomar decisiones y de desenvolverse en el trabajo.
En ese contexto, consideró que la incorporación de la inteligencia artificial representa una oportunidad para prestar más atención a una dimensión que suele quedar relegada en las organizaciones. “No aprendemos a sentir”, afirmó, al plantear que la educación suele poner el énfasis en el pensamiento, pero no necesariamente en el reconocimiento y la gestión de las emociones.
Descoins, ingeniero en computación y fundador de Tryolabs, empresa especializada en inteligencia artificial y aprendizaje automático, abordó el fenómeno desde el lado tecnológico. Sostuvo, primero, que la IA existe desde hace décadas, pero que la irrupción de herramientas como ChatGPT cambió la escala de su utilización ya que permitió que personas sin conocimientos específicos pudieran interactuar directamente con estos sistemas.
Antes, desarrollar modelos para resolver problemas empresariales requería equipos especializados, grandes volúmenes de datos y una inversión considerable. Además, las herramientas solían estar diseñadas para tareas muy específicas. Hoy, en cambio, los modelos pueden realizar actividades diversas, desde generar textos e imágenes hasta colaborar en la resolución de problemas.
“Cada vez más estamos haciendo los modelos más generalistas”, explicó Descoins. Entre los cambios más sorprendentes mencionó la capacidad de generar contenido creativo, un terreno en el que incluso quienes trabajaban en el sector no esperaban avances tan rápidos.
Pero la disponibilidad de la tecnología no garantiza su éxito. En un diálogo previo a la charla principal, Descoins señaló que la aplicación de la IA es, en el fondo, un problema humano. En las empresas, explicó, estas herramientas se utilizan para mejorar la toma de decisiones, reducir costos, aumentar la eficiencia operativa o impulsar el crecimiento. Sin embargo, si quienes deben trabajar con ellas no las entienden o desconfían de su funcionamiento, la implementación puede fracasar.
“Si vos solamente pensás y presentás el problema técnico y resolvés eso, gente que hace su trabajo de una manera hace muchos años quizás no confía, no lo entiende, entonces no lo usa y al final no te sirve para nada”, explicó.
Por eso, sostuvo que el éxito depende también de cómo se gestiona el cambio y de la formación que reciben los equipos. No alcanza con elegir una herramienta: hay que identificar qué problema se quiere resolver, para quién se implementa y cómo se integrará a las tareas cotidianas.
El estrés como obstáculo
La adaptación también requiere de unas buenas condiciones para que el aprendizaje ocurra. Durante la conversación, Bachrach identificó el estrés como una de las principales dificultades que observa en las empresas actualmente cuando intentan capacitar a sus colaboradores. Una persona cansada, tensa o sometida a una situación de alerta permanente, sostuvo, tiene más dificultades para concentrarse, retener información y aprender.
La idea introduce una dimensión que trasciende la capacitación tecnológica: para incorporar nuevas herramientas, las organizaciones también deben prestar atención a las condiciones en las que trabajan sus equipos.
Aprender, además, supone aceptar la posibilidad de equivocarse. Hacia el final de la charla, Bachrach señaló que, mientras los adultos suelen vivir el error como un fracaso, en la ciencia puede ser una fuente de conocimiento: un resultado que no funciona permite comprender qué salió mal y evita que otros repitan el mismo camino sin resultados. La posibilidad de aprender de esos errores requiere, sin embargo, una cultura que los tolere y los analice, en lugar de esconderlos.
En ese contexto, la automatización podría liberar tiempo que hoy se destina a tareas repetitivas. El desafío para las empresas sería aprovecharlo para fortalecer la cultura organizacional, mejorar la experiencia de los colaboradores y trabajar en aspectos que no se resuelven únicamente con tecnología. La colaboración entre áreas también resulta clave para que el aprendizaje y la innovación puedan desarrollarse.
La misma línea de conversación apareció al abordar el temor a que la IA sustituya puestos de trabajo. Para Bachrach, las compañías deberían transmitir que la automatización no tiene por qué significar necesariamente una pérdida de empleo, sino que también puede permitir que las personas se desarrollen en otras tareas. La posibilidad de que eso ocurra, sin embargo, depende de cómo se gestione la transformación.
Delegar o no
Uno de los dilemas planteados durante el encuentro fue hasta dónde conviene dejar que la inteligencia artificial actúe por su cuenta. Descoins propuso distinguir entre las tareas que pueden delegarse sin perder valor y aquellas en las que ceder completamente el control puede generar problemas.
“Hay un factor de decisión humana de dónde lo dejo eso y dónde no”, señaló. La cuestión no es solamente cuánto puede hacer una herramienta, sino qué consecuencias puede tener delegarle una decisión y quién se hace responsable de sus resultados.
El especialista también advirtió que los errores de la IA no siempre se parecen a los humanos. Mientras que una persona puede cometer equivocaciones previsibles, un sistema puede fallar de formas inesperadas. Por eso, antes de incorporar estas tecnologías en procesos sensibles, las empresas deben evaluar qué margen de error están dispuestas a tolerar y qué mecanismos de supervisión necesitan.
La responsabilidad, sostuvo, no puede trasladarse a una máquina. Incluso cuando la IA realiza buena parte del razonamiento, debe existir una persona capaz de evaluar la decisión y hacerse cargo de sus consecuencias.