Una persona espera. No sabe cuándo llegará la llamada ni si ese día estará en condiciones de recibir el órgano que necesita. Mientras tanto, intenta mantener su vida lo más cerca posible de la normalidad: seguir un tratamiento, alimentarse bien, hacer ejercicio cuando puede, sostener el trabajo y acompañar a su familia. Pero hay algo que no puede controlar: el momento en que aparecerá un donante compatible.
“Es algo que genera mucha incertidumbre”, explica Solange Gerona, jefa del Programa de Trasplante Hepático de Uruguay e integrante de la comisión directiva de la Sociedad Uruguaya de Trasplante. “No saben cuándo. Solo saben que tienen que estar disponibles para que suceda y que ojalá, cuando llegue ese momento, no estén cursando una infección o alguna situación que les impida acceder al trasplante”.
Esa realidad fue uno de los ejes del Congreso Uruguayo de Trasplante, organizado por la Sociedad Uruguaya de Trasplante y realizado en el Hotel Radisson Montevideo. Durante la jornada participaron más de 60 médicos y más de 100 profesionales de distintas áreas —enfermería, fisioterapia, nutrición, asistencia social, entre otras—, además de pacientes y equipos vinculados a los diferentes programas de trasplante.
El encuentro permitió poner en común experiencias y, también, mirar cuáles son los puntos que Uruguay necesita fortalecer. Uno de ellos es la capacidad del Instituto Nacional de Donación y Trasplante (INDT) para detectar y concretar oportunidades de donación. Entre las medidas planteadas aparece la necesidad de contar con coordinadores hospitalarios de trasplante, una figura que en otros países permitió mejorar la identificación de potenciales donantes.
“Todos debemos estar juntos: el eje de los pacientes, el de quienes hacemos los trasplantes y también quienes funcionan en esa organización que es el INDT”, señala Gerona. “Tenemos instituciones fuertes en Uruguay. Ahora necesitamos esa articulación entre el Ministerio de Salud Pública, la Facultad de Medicina y todo el país para darnos cuenta de que tenemos que enfocarnos en esta problemática”.
Un país que ya hizo una parte del camino
Hay, sin embargo, un punto en el que Uruguay parte de una situación favorable: la disposición de la población a donar.
Según los datos mencionados durante el Congreso, alrededor del 5% de las personas manifiesta una negativa a la donación, una cifra particularmente baja. Para Gerona, esto demuestra que la sociedad uruguaya ya incorporó la idea de que una donación puede significar una oportunidad para otros.
“Uruguay ha logrado trascender el no a la donación porque la población está clara de que es importante y de que da vida”, sostiene. Una sola persona fallecida puede convertirse, a través de la donación de órganos y tejidos, en una oportunidad para varias personas.
El desafío ahora es conseguir que esa voluntad pueda traducirse en más trasplantes. Para eso, cada eslabón de la cadena cuenta: desde el profesional que identifica a un posible donante hasta los equipos que realizan la extracción, asignan los órganos y llevan adelante el trasplante.
Francisco González, especialista en el área, también señaló durante el encuentro la importancia de despejar algunos mitos que todavía rodean a la donación. Entre ellos, la idea de que los órganos pueden venderse o que alguien podría acelerar la muerte de un paciente para obtenerlos. En Uruguay, explicó, la obtención y asignación de órganos está regulada y supervisada por el INDT, mientras que el diagnóstico de muerte corresponde al equipo médico que atiende al paciente.
Después del quirófano también hay una historia
El trasplante no termina cuando el paciente sale del quirófano. Comienza entonces otra etapa, con controles y medicación inmunosupresora para evitar el rechazo del órgano.
En esa cadena participa Scienza, que realiza la distribución de los medicamentos financiados por el Fondo Nacional de Recursos para pacientes trasplantados en todo el país. La empresa desarrolló además herramientas de seguimiento para acompañar a quienes necesitan esos tratamientos.
“Scienza hace una parte muy noble que no tiene ningún ingreso económico: hace toda la distribución de los fármacos que el Fondo asigna y financia para los trasplantados del país”, explica Gerona. “Lo hacen porque saben que están haciendo una ayuda, porque llaman a un trasplantado que necesita ayuda”.
La compañía también está vinculada a la incorporación de nuevas herramientas de diagnóstico que podrían permitir detectar mediante un análisis de sangre señales de sufrimiento o rechazo de un órgano y, eventualmente, reducir la necesidad de algunas biopsias. Se trata de una tecnología que todavía debe ser evaluada para determinar su posible implementación en Uruguay.
El Congreso también puso sobre la mesa otros desafíos, como el crecimiento de la lista de espera renal y la necesidad de aumentar la donación pediátrica. En el caso de los niños, la falta de donantes de su misma edad puede prolongar especialmente la espera.
“Cuanto más donantes tengamos, más rápido se van a poder trasplantar los pacientes”, resume Gerona. Porque la espera no afecta solamente a quien está en una lista: modifica la dinámica familiar, laboral y económica de todo su entorno.
Al cierre del Congreso se presentó un documental sobre el trasplante de órganos en Uruguay. Allí estuvieron juntos profesionales y pacientes, dos partes de una misma historia.
“Somos una familia”, dice Gerona. Y esa definición sirve para entender la dimensión del proceso: un trasplante necesita de la decisión de un donante, de una familia, de médicos y enfermeros, de instituciones, de pacientes y de toda una red que debe funcionar cuando aparece una oportunidad.
Una cadena compleja que, en definitiva, persigue un objetivo sencillo: que alguien que está esperando pueda volver a vivir su vida.