CLAUDIO FANTINI
En abril del 2001 Washington y Beijing se miraron con la desconfianza que había reinado hasta el abrazo de Chou En-lai con Henry Kissinger. Un avión espía EP-3 que estudiaba las costas de China fue interceptado por dos cazas Mig-21 y, en el incidente, la nave norteamericana debió aterrizar de emergencia en Hainán.
Jiang Zemin rechazó la exigencia de George W. Bush de devolver inmediatamente el EP-3. Antes de hacerlo, los chinos lo desarmaron y estudiaron pormenorizadamente.
El incidente mostró que en la Casa Blanca había gente con nostalgia y empeñada en fabricar otra Guerra Fría. China no se prestó al juego pero Rusia parece, por momentos, poseída por esa misma nostalgia confrontacionista. El hecho es que Washington y Moscú están moviendo las piezas del tablero internacional como lo hacían en la Confrontación Este-Oeste.
Hasta aquí, Rusia se había limitado a defender su influencia en el área eslava y en lo que había sido la órbita soviética. En las dos zonas incursionaron las potencias de Occidente, incorporando países en la OTAN.
Ahora Moscú ha iniciado un doble movimiento. En lo que considera (y de hecho siempre ha sido) su área de influencia, impuso su dictac atacando a Georgia. Paralelamente, movió dos piezas que reviven la proyección transoceánica: anunció maniobras navales conjuntas con Venezuela y el reestablecimiento de una base militar en Cuba.
Tanto Caracas como La Habana justificarán estas medidas temerarias en la reactivación de la IV Flota norteamericana. De este modo, Moscú muestra al mundo que puede proyectarse como lo hacía la URSS y advierte a Occidente que, si sigue inmiscuyéndose en su vecindario, Rusia lo hará en lo que Washington considera su patio trasero.
Esto ocurre a pesar de que hoy una confrontación como la que dividió al mundo con la Cortina de Hierro es absurda, porque no existe el antagonismo ideológico de entonces. La Rusia actual representa, a lo sumo, una variedad de capitalismo más estatalista y corporativo, pero no el colectivismo que desafiaba a la propiedad privada en todos los rincones del planeta.
En el Cáucaso, Rusia mostró brutalidad a la hora de imponer su dominio. No obstante, la responsabilidad de que hayan vuelto a soplar vientos de guerra fría recae más en las potencias de Occidente.
Tal responsabilidad se remonta a los acuerdos entre la administración de Bush padre, a través de James Baker, con Edouard Shavardnadze, el canciller que impulsó la "desideologización de la política exterior soviética" en los tiempos de Mihail Gorbachov. Aquellos acuerdos dibujaban un mundo distinto al que rige hoy. Y la razón es que, al desaparecer la URSS, Europa y Estados Unidos se consideraron liberados de tener que cumplir con lo pactado.
Shevardnadze, Baker y Helmut Kohl acordaron la reunificación germana por absorción de la RDA, concediendo a la nueva Alemania el derecho a permanecer en la OTAN, pero a cambio de un compromiso de la alianza atlántica de no incorporar a ningún otro país que hubiere pertenecido al Pacto de Varsovia. Ni bien el ruso Boris Yeltsin, el ucraniano Leonid Kravchuc y el bielorruso Alexandr Lukashenko desarmaron la URSS en la cumbre de Minsk, la OTAN sumó países de la órbita soviética.
El proceso de acoso geopolítico se volvió más desafiante al sumar a los estados bálticos, y amenaza con un escudo antimisiles en tierras polacas y checas, lo que para Moscú es asfixiante. La réplica rusa es el envío de su flota al Caribe y el plan de volver a las bases en Cuba, lo cual evocará necesariamente la crisis que puso los dedos de Kennedy y Krushev a centímetros del botón rojo.