“Las cosas empeorarán”: los rusos también se van al exilio a raíz de la invasión a Ucrania

Moscú. Foto: AFP.
Moscow (Russian Federation), 15/03/2022.- Russian people walk in front of in the window of a closed shop Dior in Moscow, Russia, 15 March 2022. On 24 February Russian troops had entered Ukrainian territory in what the Russian president declared a 'special military operation', resulting in fighting and destruction in the country, a huge flow of refugees, and multiple sanctions against Russia. (Rusia, Ucrania, Moscú) EFE/EPA/YURI KOCHETKOV
YURI KOCHETKOV/EFE

POR LA GUERRA

Miles huyen de la represión de Putin y en rechazo a la guerra.

Hicieron fila en los cajeros automáticos, desesperados por conseguir dinero en efectivo después de que Visa y Mastercard suspendieran sus operaciones en Rusia, e intercambiaron información sobre dónde pudieron conseguir dólares. En los cafés de Estambul, se sentaron en silencio a estudiar los chats de Telegram o Google Maps en sus teléfonos. Organizaron grupos de apoyo para ayudar a otros exiliados rusos a encontrar alojamiento.

Decenas de miles de rusos han huido a Estambul desde que Rusia invadió Ucrania el mes pasado, indignados por lo que considerando una guerra criminal, preocupados por el reclutamiento o la posibilidad de que se cierre la frontera rusa, o preocupados porque sus medios de vida ya no son viables en su país.

Y son solo la punta del iceberg. Decenas de miles más viajaron a países como Armenia, Georgia, Uzbekistán, Kirguistán y Kazajistán, más conocidos como fuentes de migración hacia Rusia.

Mientras que el éxodo de unos 2,7 millones de ucranianos de su país devastado por la guerra ha centrado la atención del mundo en una creciente crisis humanitaria, el descenso de Rusia a nuevas profundidades de autoritarismo tiene a muchos rusos desesperados por su futuro. Esto ha creado una huida -aunque mucho más pequeña que en Ucrania- que algunos comparan con la de 1920, cuando más de 100.000 opositores a los bolcheviques comunistas salieron en busca de refugio en lo que entonces era Constantinopla durante la Guerra Civil rusa.

“Nunca ha habido nada parecido en tiempos de paz”, dijo Konstantin Sonin, economista ruso de la Universidad de Chicago. “No hay guerra en territorio ruso. Como acontecimiento único, es bastante grande”.

Algunos de los que han huido son blogueros, periodistas o activistas que temían ser detenidos en virtud de la nueva y draconiana ley rusa que penaliza lo que el Estado considera “información falsa” sobre la guerra.

Otros son músicos y artistas que no ven el futuro de sus oficios en Rusia. Y hay trabajadores de la tecnología, la abogacía y otros sectores que vieron disiparse de la noche a la mañana la perspectiva de una vida cómoda y de clase media, por no hablar de cualquier posibilidad de aceptación moral de su gobierno.

Dejaron atrás sus empleos y su familia, así como el dinero atrapado en cuentas bancarias rusas a las que ya no pueden acceder. Temen por la pérdida de una identidad rusa positiva.

“No solo nos quitaron el futuro”, dijo Polina Borodina, una dramaturga moscovita, sobre la guerra de su gobierno en Ucrania. “Nos quitaron nuestro pasado”.

A pesar de toda la represión del presidente Vladimir Putin, hasta el mes pasado Rusia seguía siendo un lugar con conexiones de viaje abundantes con el resto del mundo, una internet casi sin censura que daba una plataforma a medios de comunicación independientes, una industria tecnológica boyante y espectáculos artículos de clase mundial. Algunas comodidades de la vida de la clase media occidental -Ikea, Starbucks, automóviles extranjeros asequibles- estaban disponibles de manera extendida.

Pero cuando despertaron el 24 de febrero, muchos rusos sabían que todo eso había terminado. Al día siguiente, Dmitri Aleshkovsky, un periodista que pasó años promoviendo la cultura emergente rusa, se subió a su auto y se dirigió a Letonia.

“Quedó totalmente claro que si se ha cruzado esta línea roja, ya nada lo detendrá”, dijo Aleshkovsky sobre Putin. “Las cosas solo empeorarán”.

En los días transcurridos desde la invasión, Putin ha obligado a cerrar los medios de comunicación independientes que quedaron en Rusia. Ha organizado una brutal represión sobre los manifestantes contra la guerra, con más de 14.000 personas detenidas en todo el país desde el 24 de febrero, según OVD-Info, un grupo de defensa de derechos.

Sin duda, muchos rusos apoyan la guerra, y muchos desconocen por completo el alcance de la agresión rusa porque depende de las noticias de la televisión estatal.

Pero otros han acudido a lugares como Estambul, que, como en 1920, ha vuelto a ser un refugio para los exiliados. Mientras la mayor parte de Europa ha cerrado sus cielos, Turkish Airlines ha volado desde Moscú hasta cinco veces al día; en combinación con otras aerolíneas, algunos días llegan más de 30 vuelos desde Rusia.

“La historia se mueve en espiral, la de Rusia especialmente”, dijo Kirill Nabutov, de 64 años, un comentarista deportivo de San Petersburgo que huyó a Estambul con su esposa este mes.

“Vuelve al mismo sitio, a este mismo lugar”.

El primo de la madre de Nabutov era un marinero recluta de 18 años en Crimea cuando evacuó con la flota del comandante Pyotr Wrangel a Constantinopla en 1920. Siguió hasta Túnez, donde se convirtió en agente de seguros.

Ahora, también, una generación de exiliados rusos se enfrenta a la desalentadora perspectiva de empezar de cero. Y todos ellos se enfrentan a la cruda realidad de ser vistos como representantes de un país que lanzaron una guerra, aunque muchos insisten en que han pasado sus vidas oponiéndose a Putin.

En Georgia -donde, según el gobierno, han llegado 20.000 rusos desde el inicio de la guerra- los exiliados se han enfrentado a un entorno intimidatorio, lleno de grafitis antirrusos y comentarios hostiles en las redes sociales.

“Intentamos explicar que los rusos no son Putin, nosotros también odiamos a Putin”, dijo Leyla Nepesova, una activista de Memorial International, un grupo de derechos clausurado por el Kremlin. Nepesova, de 26 años, escapó a Georgia hace una semana. Un taxista le gritó: “Nos dijo: ‘Son rusos, son ocupantes’. Aquí se odia a los rusos, y no puedo culparlos”, contó.

En Estambul, Borodina, la dramaturga, quien llegó el 5 de marzo, ha contratado a un diseñador y una imprenta turca para que hagan pins con la bandera ucraniana para que los lleven los rusos. Es parte de su esfuerzo, dice, para “salvar esta identidad” de una Rusia separada de Putin.

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