RELATO 

La historia de dos argentinos que se mudaron a Uruguay y descubrieron "la grieta"

"Llegamos con la intención de sumarnos a una comunidad y lo que encontramos fue una ausencia de lazos sociales", dijeron y criticaron la escasa presencia del Estado en la zona en la que viven.

Atlántida. Foto: Googlemaps
Atlántida. Foto: Googlemaps

Sebastián y Nicole son una pareja de argentinos que decidieron dejar Buenos Aires para vivir en Uruguay. La decisión se comenzó a gestar un año antes de la pandemia del COVID-19 y la decisión final la tomaron con la llegada de su hija Atenea, según informa La Nación.

Sebastián relató al medio que "hacía pocos meses que trabajaba" en una empresa y "surgió la posibilidad de tener una propiedad en Uruguay, en la parte norte del balneario Atlántida, en una localidad mejor conocida como Estación Atlántida, a 46 km de Montevideo".

"Aceptar ese desafío implicaba varias cosas: migrar al país vecino, buscar la oportunidad de que la empresa me relocalizara, adecuar los estudios de ambos para poder irnos", entre otras cosas, comentó. Ya en pandemia, Sebastián, Nicole y Atenea emprendieron su mudanza a Uruguay y a poco de llegar se enteraron de algo que les disgustó: "Los pocos vecinos con los que teníamos contacto nos comentaron que había usurpaciones y que, ¡alguien había metido un caballo en nuestro terreno!".

"Para nosotros, bichos de ciudad de clase media acostumbrados a lidiar con reuniones de consorcio y darse mañana con cambiar cueritos de canillas, la noticia de que alguien había metido un caballo era algo ante lo que no supimos cómo reaccionar. Por fortuna, no fue un problema mayor", relató Sebastián al diario argentino.

La Nación contó que, una vez instalados en el país, notaron en la cultura de la región "una grieta" en su versión uruguaya. Según su visión, hay una brecha cultural y económica entre las zonas al sur y las que están al norte de la ruta. 

"Nosotros estamos ubicados en Atlántida norte, zona de trabajadores, especialmente obreros de la construcción -quienes erigieron los grandes caserones que están cercanos a la costa o en la parte sur-, y mujeres sobreexigidas, que cargan con todas las tareas del hogar, la crianza, y en muchos casos los trabajos que demanda el campo, como la cosecha, quitándoles cualquier posibilidad de tiempo propio", dijo Sebastián a La Nación.

El hombre dijo que tras el "enamoramiento cultural" se dieron cuenta de que existe "una notoria ausencia del Estado en la zona norte". "Las grandes obras públicas y de mantenimiento se centralizan en la parte sur, así como el patrullaje de la Policía y mucha de la infraestructura, como iluminación y caminos. Ni hablar del saneamiento que parece ser un problema a escala país, en donde fallan los sistemas cloacales y pluviales", comentó. 

"Lo que hizo la pandemia fue profundizar lo que ya estaba ahí, que lo entendimos como miedo a los vínculos y al 'no meterse en lo que no sea asunto tuyo'. Nosotros llegamos con la intención de sumarnos a una comunidad y lo que encontramos fue una ausencia de lazos sociales, donde se sumó el temor al contagio y cierto grado de egoísmo. Si le agregamos la ausencia del Estado en la zona sur, tenemos el cocktail que explica lo que nos sucedió luego”, contó. 

Sebastián explicó: "En estas zonas semirurales se instalaron en terrenos o solares en dudoso o desconocido estado jurídico. Allí empezaron a sumarse algunas casillas improvisadas y algunas personas con problemas de alcoholismo. Esto fue agravándose hasta el punto que distintos vecinos reportamos varios incendios y las causas siempre eran las mismas: una secuencia de alcohol, fiesta, seguida de violencia e incendio. Por aquí hay muchas casas de madera y también familias con algunas construcciones precarias muy vulnerables al fuego".

"Tras seis incendios armamos un grupo e imprimimos carteles de 'vecinos en alerta'. Nos pusimos en contacto con otros grupos similares de otros barrios que nos daban consejos y, finalmente, logramos convocar al alcalde, al comisario y hasta un diputado nacional a una reunión vecinal. Poco a poco, pudimos acercarnos a los propietarios de las tierras afectadas. Con el esfuerzo conjunto logramos que se entendieran entre todas estas partes y hacer firme nuestra necesidad de acción por parte de las autoridades".

Entre otras cosas, dijo que el grupo de vecinos sacó la basura con máquinas e invitó a las personas que habitaban ilegalmente, y que hacían disturbios y quemaban casas, "a que se retiren del lugar de forma legal y con conversaciones mediadas".

En el proceso se acercaron personas de otros asentamientos cercanos, que conviven en paz con el resto de los vecinos. "Les aseguramos que nuestro propósito no era que se fueran, sino apartar a quien genera violencia. Cuando entendieron, fueron ellos mismos quienes compartieron sus disgustos, peligros y amenazas que habían recibido por parte de aquellos que habían perpetrado los incendios y los 'relajos'", agregó, según relata La Nación.

"Todo esto nos demostró que, cuando uno se propone trabajar en comunidad, se pueden lograr enormes cosas. Lo conquistado nos terminó por unir y logró desarticular malos entendidos latentes", sostuvo el argentino.

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