Las elecciones de medio término en Estados Unidos se llevarán a cabo este martes y nunca antes unos comicios internos llamaron tanto la atención del mundo, por las repercusiones que podrían tener más allá de las fronteras del país del norte. Los demócratas van con todas las ganar sobre los republicanos, al menos en una de las dos cámaras, según encuestas, lo que podría significar cierto freno a las políticas del presidente Donald Trump.
Por lo pronto, el presidente Trump afronta unas elecciones de medio mandato decisivas, en las que se juega el control republicano del Congreso y su capacidad para mantener su influencia durante los dos últimos años en la Casa Blanca.
Aunque no figura en la papeleta, los comicios se han convertido en la práctica en un referéndum sobre su gestión, hasta el punto de que Trump ha pedido a sus seguidores que acudan a votar como si su nombre apareciera en ella, en un intento de movilizar a sus votantes más fieles. Sin embargo, la baja popularidad del presidente, cuya aprobación ha caído durante la campaña hasta un mínimo del 31 %, según una encuesta de Reuters e Ipsos, amenaza con pasar factura a la mayoría republicana, tal vez en ambas Cámaras.
El descontento con el coste de la vida, el encarecimiento de la gasolina y la impopular guerra de Irán se han convertido en lastres para el mandatario y su partido. Según el agregador Decision Desk, los demócratas tienen un 80 % de probabilidades de recuperar la Cámara de Representantes (actualmente 219 republicanos a 214 demócratas) y un 57 % de hacerse también con el control del Senado (actualmente 53 republicanos a 47 demócratas).
La fe religiosa moviliza el voto conservador en estos comicios
Organizaciones religiosas de Estados Unidos están movilizando a sus fieles para que voten por candidatos conservadores en las elecciones del próximo martes, en las que el Partido Republicano se juega mantener el control de ambas cámaras del Congreso.
En Nueva York, la Organización de Ministros Hispanos, que agrupa a pastores y líderes de iglesias hispanas, promueve ese mensaje de cara a unos comicios, en los que, además de renovarse escaños en el Congreso, el republicano Bruce Blakeman se enfrenta a la gobernadora demócrata Kathy Hochul, que aspira a la reelección. “Le estamos diciendo a la gente (a los feligreses) que no voten ni demócrata ni republicano, sino desde la línea conservadora”, comentó su presidente, el reverendo Rubén Díaz, conocido por sus duras críticas a su propio partido, el Partido Demócrata, y que sostiene que esta vez va a apoyar al republicano Blakeman. Agregó que, como conservadores, no pueden apoyar a ningún candidato que esté a favor del aborto, del matrimonio entre parejas del mismo sexo o de las operaciones de cambio de sexo. La relación entre la fe y las elecciones cambió sobre todo a partir de las décadas de 1970 y 1980, cuando el movimiento evangélico se consolidó como una fuerza política organizada en torno a valores bíblicos que, en buena medida, lo acercaron al Partido Republicano.
Ante este escenario desfavorable, Trump ha dedicado la recta final de la campaña a una gira por el país, con mítines casi diarios en los que ha puesto el foco en estados tradicionalmente republicanos donde la contienda se presenta más reñida de lo previsto, como Texas, Ohio, Iowa, Kansas, Misisipi, Carolina del Norte y Carolina del Sur.
Si los demócratas recuperan la mayoría en la Cámara de Representantes, podrán bloquear parte de la agenda presidencial, controlar comisiones e intensificar las investigaciones sobre el Gobierno.
El cambio de mayoría en el Senado se presenta más complicado, ya que solo se renueva un tercio de sus escaños y los demócratas necesitarían conservar los que tienen y arrebatar al menos cuatro a los republicanos en estados decisivos.
La Cámara Alta desempeña un papel clave, entre otras cuestiones, en la política exterior y en la confirmación de los nombramientos presidenciales para el gabinete y el Tribunal Supremo.
Tras las legislativas, además, podrían empezar a perfilarse los aspirantes republicanos a sucederlo en las elecciones presidenciales de 2028, con el vicepresidente, JD Vance, y el secretario de Estado, Marco Rubio, entre los principales favoritos. Sin embargo, dado el carácter de Trump, resulta difícil imaginar que afronte esa etapa con un perfil bajo; por el contrario, la imposibilidad de buscar un tercer mandato podría hacerlo sentir más libre para redoblar la confrontación con el Congreso y la oposición.
En cualquier caso, la pérdida de mayorías legislativas no le arrebataría sus atribuciones presidenciales: Trump conservará intactos sus poderes constitucionales hasta el final de su mandato, el 20 de enero de 2029.
Latinos: voto clave para control de Cámara Baja
Los latinos en Estados Unidos serán decisivos para definir el control de la Cámara de Representantes en las elecciones de medio mandato, al constituir el principal bloque de votantes oscilantes -sin lealtad fija a ningún partido- en más de 20 distritos clave, según organizaciones civiles.
Con más de 39 millones de votantes potenciales, esta comunidad determinará dos decenas de distritos competitivos en Texas, California, Colorado, Florida, Arizona, Nevada, Nueva Jersey, Nueva York, Nuevo México y Pensilvania, según un análisis de la Coalición Empresarial Estadounidense para la Inmigración (ABIC, en inglés).
Además, los latinos serán clave en estados donde coinciden una numerosa población de esta comunidad y contiendas reñidas por el Senado, empezando por Texas, donde se enfrentan el republicano Ken Paxton y el demócrata James Talarico, seguido de Georgia y Carolina del Norte, en unas elecciones en las que se renovará un tercio de los escaños de esta Cámara, cuyo control también está en juego.
Los latinos “son ahora el grupo más importante de votantes oscilantes” en el país, donde el presidente Trump obtuvo cerca de la mitad de sus votos en la elección de 2024, un récord para un republicano, pero ahora el 61 % de ellos dice que apoyará a los demócratas, según un sondeo de The New York Times.
El objetivo de ganar el control del Congreso de Estados Unidos por parte de los demócratas es claro, pero para conseguirlo, apuestan por distintas opciones, entre ellas las candidaturas de socialistas que, si bien movilizan a los votantes más progresistas, también despiertan recelos entre los más moderados. La elección del joven Zohran Mamdani como alcalde de Nueva York dio un nuevo impulso a los Socialistas Democráticos de América (DSA, por sus siglas en inglés), una organización fundada en 1982 que respalda a candidatos que compiten por el Partido Demócrata. Un año más tarde, once candidatos respaldados por el DSA concurren bajo las siglas demócratas a las elecciones al Congreso de Estados Unidos del próximo 3 de noviembre. Lejos de anticipar la llegada del socialismo a Estados Unidos, estas candidaturas reabren el debate sobre el rumbo ideológico del Partido Demócrata en plena pugna por frenar las políticas de la Administración de Donald Trump.
No obstante, analistas señalan que la inmensa mayoría de los demócratas que ganen no estarán vinculados a DSA. El interrogante entonces es si los aspirantes de la izquierda socialista podrían hacer virar al Partido Demócrata o simplemente seguirán concentrados en los sectores más progresistas del país.
La campaña de Abdul El-Sayed, aspirante al Senado por Míchigan, quien rechaza la etiqueta de socialista, ha venido avanzando, pero debe ampliar sus apoyos dentro del partido.
En este contexto, una encuesta difundida por CNN en julio reveló que un 36 % de los votantes demócratas encuestados que no se identificaban como socialistas democráticos sentían incomodidad y molestia por este tipo de candidaturas.
Ministros de RR.EE. sin acuerdo
Los ministros de Exteriores del G20 concluyeron ayer sábado su reunión de dos días en Atlanta (EE.UU.) sin un comunicado conjunto por la falta de consenso sobre las grandes crisis mundiales, especialmente las guerras de Ucrania y de Irán. El encuentro, presidido por el secretario de Estado, Marco Rubio, es el preludio de la cumbre de líderes del G20 que acogerá el presidente Trump, en su club de golf a las afueras de Miami en diciembre.
Las mayores economías del mundo se dieron cita para abordar las perturbaciones en las cadenas de suministro, el mercado energético y la seguridad alimentaria provocadas por la invasión rusa de Ucrania, la guerra de EE.UU. contra Irán, los aranceles impuestos por Trump o las maniobras de Pekín en el mar de la China Oriental.
La discordia quedó patente desde el primer minuto de la reunión, cuando EE.UU., el anfitrión, tuvo que cancelar la tradicional foto de familia por la negativa de los representantes europeos a aparecer junto al ministro ruso de Exteriores, Serguéi Lavrov.
En su rueda de prensa de clausura de ayer, Rubio apuntó que existe consenso sobre los principales problemas, pero hay un “intercambio de problemas” sobre sus causas y posibles soluciones. “No pretendería hacerles creer hoy que estamos cerca de encontrar soluciones universalmente aceptadas para estos problemas. Pero sí creo que estamos trabajando juntos para resolver algunos de ellos”, dijo. Previamente, el ministro polaco de Exteriores, Radoslaw Sikorski, cuyo país no forma parte del G20 pero fue invitado por Washington, declaró ante la prensa que es normal que no haya consenso debido a la delicada situación actual.
“Hay guerras en curso y tenemos a participantes en esas guerras sentados a la mesa, por lo que es muy difícil acordar una postura común”, declaró.
La presencia de Lavrov fue un motivo de discordia para los europeos, en un contexto en el que EE.UU. ha aliviado las sanciones energéticas a Rusia. EFE
Con información de EFE y AFP