En 1978, el historiador británico y veterano de las dos guerras mundiales Sir John Bagot Glubb publicó The Fate of Empires and Search for Survival. Su tesis era tan elegante como polémica: los grandes imperios parecen recorrer ciclos de auge, apogeo y decadencia cuya duración ronda los 250 años. Hoy pocos historiadores aceptan semejante esquema como una ley histórica, pero la coincidencia resulta sugerente. Este 4 de julio de 2026, Estados Unidos celebra el 250.º aniversario de su independencia. Más que preguntarnos si ha llegado el final de su ciclo, conviene preguntarnos qué lugar ocupa en un momento donde la geopolítica mundial parece atravesar un terremoto.
Estados Unidos no fue un imperio cualquiera. En muchos sentidos constituyó un experimento original: un Estado que entregó a sus ciudadanos la posibilidad de gobernarse a sí mismos. Cuando Alexis de Tocqueville recorrió el país a comienzos del siglo XIX quedó fascinado por la igualdad de condiciones, la libertad individual y la responsabilidad cívica que observaba en aquella joven democracia.
También su política exterior nació bajo una idea de autorrestricción. La Doctrina Monroe de 1823 proclamaba la no intervención en Europa y exigía el respeto a las independencias de las nuevas repúblicas americanas. Aunque nunca estuvo exento de guerras e intervenciones, Estados Unidos aspiraba a preservar un orden de Estados soberanos, siempre y cuando estos no amenacen sus intereses.
La plena hegemonía llegó en 1945. Tras la victoria en la Segunda Guerra Mundial, Washington moldeó el orden internacional sobre principios presentados como universales: democracia, libre mercado, libertad y, más tarde, derechos humanos. Bajo ese liderazgo impulsó instituciones como la ONU, el FMI, el Banco Mundial y la OTAN. A medida que se expandía el concierto diplomático internacional, Estados Unidos movilizaba su aparato de inteligencia y su fuerza bélica para doblegar regímenes considerados enemigos.
Eso fue la Pax Americana. La nación que había fascinado a Tocqueville terminó construyendo un sistema global sin rivales tras la caída de la Unión Soviética. Parecía confirmar la idea, popularizada por Francis Fukuyama, de que la democracia liberal había resuelto las grandes contradicciones de la Historia.
Sin embargo, el nuevo milenio reveló las fisuras del modelo. Irak, Libia y Afganistán terminaron produciendo Estados fallidos; la crisis financiera de 2008 erosionó la confianza en el sistema económico; la desindustrialización debilitó a las clases medias; y China emergió como competidor dentro del propio orden de la globalización construido por Washington.
Desde el mundo académico, autores como Patrick Deneen y Samuel Huntington advirtieron además el desgaste interno del consenso liberal estadounidense.
En poco más de una década, la Pax Americana vio cuestionadas simultáneamente su superioridad militar, su legitimidad moral, su liderazgo económico y su estabilidad ideológica interna. Fue en ese contexto donde emergió Donald Trump.
Trump no fue la causa del quiebre del consenso estadounidense; fue su consecuencia. Las elecciones del 2016 revelaron que parte sustancial de la población estadounidense se hallaba desengañada de las promesas de la globalización. En su discurso, harto conocido, apeló a las clases medias desilusionadas y atacó la inmigración, las guerras costosas, los acuerdos comerciales desventajosos, y los excesos de la corrección política.
Quizás Glubb se equivocara y los imperios no tengan una fecha de vencimiento. Sin embargo, que Estados Unidos alcance su 250.º aniversario en medio de una creciente polarización y del cuestionamiento del orden que él mismo edificó sugiere que una época histórica está llegando a su fin. Si durante décadas el orden internacional fue casi un sinónimo de la Pax Americana, hoy esa identificación resulta cada vez menos evidente.
* Licenciatura en Política, Filosofía y Economía en la Universidad de Montevideo