Biden tiene razón, Putin debe irse

Joe Biden. Foto: AFP.
People listen to US President Joe Biden as he delivers his speech about the Russian war in Ukraine at the Royal Castle in Warsaw, Poland on March 26, 2022. (Photo by Brendan Smialowski / AFP)
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ANÁLISIS

Hay una gama de opciones que los aliados de Occidente aún no ha tocado para derrotar al régimen de Vladimir Putin.

Las horrendas imágenes de los asesinatos masivos en las afueras de Kiev probablemente consternaron a todos y no sorprendieron a nadie.

El trato cruel de civiles ha sido la tarjeta de presentación del régimen de Putin desde sus inicios.

Por lo general, al mundo le ha resultado más fácil inventar excusas para llevarse bien con Putin que trabajar en su contra. Por ejemplo: en 2015, Alemania obtuvo cerca del 35% de su gas natural de Rusia. Para 2021, la cifra había saltado a 55%. Berlín es en la actualidad un enorme obstáculo diplomático en la imposición de sanciones más severas a Rusia, y continúa comprando gas, petróleo y carbón ruso, por un total aproximado de 2.000 millones de dólares al mes.

¿Queremos la paz ahora, o al menos lo más pronto posible? ¿Queremos que Ucrania logre una victoria contundente sobre Rusia? Y, sobre todo, ¿queremos que Putin se vaya?

La ventaja de conseguir la paz ahora -un cese al fuego seguido de un acuerdo negociado- es que terminaría tanto con los enfrentamientos inmediatos como con el riesgo de una guerra más amplia. No son cosas pequeñas, y la tentación de obtenerlas será grande, sobre todo si Putin insinúa una escalada que aterrorice a Occidente. Una tentación adicional es suponer que Rusia ya ha sufrido una “derrota estratégica”, como argumentó Antony Blinken en CNN el domingo, con la excusa de que una tregua representaría una victoria tanto para Ucrania como para Occidente mientras le daría a Putin la “rampa de salida” que supuestamente necesita.

¿Cuáles son los problemas con este curso de acción? Consolidaría la mayor parte de las ganancias territoriales de Rusia en la guerra. Permitiría que las fuerzas rusas continuaran aterrorizando a ucranianos cautivos. Le daría a Putin la oportunidad de presentarse como un vencedor ante su audiencia nacional. Y le brindaría la oportunidad de reiniciar el conflicto en el futuro, en una repetición exacta de lo que sucedió tras la primera invasión rusa a Ucrania, en 2014.

La segunda opción es ayudar a Ucrania a buscar una victoria militar decisiva. Esto requeriría de meses de combate sangriento, un riesgo pequeño pero real de una guerra más amplia y las consecuencias económicas a largo plazo de tratar de alejar a Occidente de la energía rusa. También requeriría que Occidente abasteciera a Ucrania con el tipo de armamento que necesita para ganar.

Los críticos argumentarán que esta opción tendría los intereses a largo plazo de Ucrania por delante de los intereses inmediatos de Occidente. Sin embargo, Occidente también tiene un profundo interés en ver a Rusia perder de forma decisiva. Rescataría el principio de que las fronteras soberanas no se pueden cambiar a la fuerza. Disuadiría formas similares de “aventurerismo”, sobre todo un intento chino de tomar Taiwán.

También podría socavar seriamente el control político de Putin.

Hay una gama de opciones que Occidente aún no ha tocado en lo que respeta a Putin. Podríamos convertir las reservas extranjeras y otros activos congelados de Rusia en una cuenta fideicomiso para la reconstrucción, el rearme y el reasentamiento de refugiados de Ucrania. Podríamos contrarrestar las campañas de “dezinformatsiya” del Kremlin en Occidente con campañas informativas para los ciudadanos rusos, en particular a la hora de resaltar la riqueza mal habida de sus líderes. Podríamos fijar un plazo ambicioso para imponer sanciones a todas las importaciones energéticas rusas. Bruselas podría invitar a Kiev a un proceso de adhesión formal a la Unión Europea como señal de solidaridad moral.

Quizá ninguna de estas medidas sea la solución mágica para derrocar el régimen de Putin. Pero los mecanismos que se enfrentan a la derrota militar, el empobrecimiento económico y el aislamiento global -como le sucedió a la Unión Soviética a mediados de la década de 1980 y a Argentina tras su fracaso en las Malvinas- son lo que tienen mayores probabilidades. La tarea del gobierno de Biden es persuadir a nuestros aliados a que busquen generar esas tres cosas mientras los horrores de Bucha siguen frescos en nuestras mentes.

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