CLAUDIO FANTINI
La pregunta recorre Europa como un escalofrío: ¿puede desaparecer Bélgica? No parece tener sentido que, en un continente con integración económica y en marcha hacia la integración política, una de sus partes deje de existir. Sin embargo, eso plantea el partido que ganó la elección en Flandes.
Habla de una extinción suave, una separación de seda; en cualquier caso el final de un país. Esa es la bandera principal de la Nueva Alianza Flamenca. En los términos más positivos posibles para que Europa no entre en pánico, Bart De Wever elige la palabra "evolución". El líder de los separatistas flamencos propone que Bélgica "evolucione hacia su desaparición". Con esa consigna desplazó como primera fuerza de Flandes a los democristianos de Marianne Thyssen.
Aunque lejos de otorgar una mayoría contundente, los flamencos dieron un paso hacia la separación, mientras los valones, votando a los socialistas, mostraron seguir aferrados a la unidad del reino que nació hace 180 años y que lleva décadas resquebrajándose.
La historia se remonta al medioevo; entre los siglos 14 y 15 los duques de Borgoña comenzaron a integrar los pequeños estados que se encontraban entre Francia y Alemania, que no existían como tales. La reforma y las posteriores guerras entre católicos y protestantes fueron profundizando las grietas que se abrían en ese conglomerado identificado con el nombre de Países Bajos. El quiebre llegó en 1830, cuando Bélgica nace como un Estado católico al separarse de Holanda, que era protestante. Pero el nuevo país abarcaba dos regiones culturalmente diferentes: Valonia, francófona, y Flandes, de lengua neerlandesa.
La bilingüe Bruselas, un enclave valón dentro del territorio flamenco, parece ser una de las pocas razones de la cada vez más tenue unidad belga. Mientras que el desnivel entre la riqueza de Flandes y la economía débil y burocratizada de Valonia, es la razón más fuerte del deseo separatista.
En la década del setenta empezaron las reformas que llevaron a Bélgica del unitarismo al federalismo. Pero nunca cesó el reclamo de mayor laxitud, al punto de que la nueva primera fuerza política de los flamencos, insinúa el paso del Estado federal a una confederación en la que el gobierno central sólo tenga competencia en dos o tres áreas.
Bruselas seguirá siendo un obstáculo difícil de sortear para el deseo separatista y la Unión Europea es una realidad que resta sentido a las secesiones. Pero las arritmias económicas son factores que no deben subestimarse. Más aun cuando la crisis de la moneda única hace que las regiones económicamente más dinámicas y superavitarias pierdan rápidamente la paciencia con las que tienen burocracia y déficit.
Al fin de cuentas, aunque desde afuera, Europa ya vio desaparecer a dos países: Checoslovaquia y Yugoslavia.