IMPACTO EN LA TERCERA EDAD

Uno de cada 6 muertos por COVID-19 vivía en residencial de ancianos

Entre los infectados de coronavirus en Uruguay, la mitad tiene menos de 36 años de edad; los extremos etarios han ido perdiendo peso.

Difícil control: el Ministerio de Salud Pública hizo análisis en el 80% de los residenciales. Foto: Estefanía Leal
Difícil control: el Ministerio de Salud Pública hizo análisis en el 80% de los residenciales. Foto: Estefanía Leal

El nuevo coronavirus se ha ensañado con los más viejos. Una persona de 72 años tiene 190 veces más chance de morir por una infección de COVID-19 que un joven de 22 años. Y ocho de cada diez fallecidos por esta enfermedad en Uruguay superaba los 65 años. Pero, entre la población adulta mayor, esta pandemia ha golpeado a los residenciales.

La posibilidad de contraer una infección severa aumenta con la edad. La chance de contagio crece en los espacios cerrados y en los que se aglomeran personas. Los enfermeros y cuidadores de adultos mayores son un punto sensible de la transmisión del virus por su alta exposición y rotación laboral. Y los residenciales reúnen todas estas características.

De ahí que la sexta parte de los fallecidos por COVID-19 en Uruguay -uno de cada seis- hayan sido adultos que vivían en un establecimiento de larga estadía para personas mayores.

Desde el comienzo de la pandemia en el país y hasta el pasado viernes, se reportaron 502 casos de contagios de funcionarios o usuarios de los residenciales. Y de estos últimos hubo 41 fallecidos. Para la misma fecha, la mortalidad global en Uruguay alcanzaba las 231 personas.

Según la demógrafa Mariana Paredes, especializada en temas de envejecimiento y vejez, la cantidad de fallecimientos en residenciales en relación a los adultos no institucionalizados “es muy alta”. Sucede que, en base al último censo realizado por el Instituto Nacional de Estadísticas, menos del 4% de los mayores de 65 años vive en un residencial.

La matemática María Inés Fariello, una de las que más ha seguido los números de la pandemia, admite que “la cifra es alta”, pero desconoce “hasta qué punto podría evitarse”: en 74 residenciales de Uruguay hubo al menos un contagio.

En su comparecencia en el Parlamento, el ministro de Salud, Daniel Salinas, dijo que “Uruguay estuvo muy atento, con una política muy activa de pesquisa de PCR, inclusive en otras etapas, llegando prácticamente a más del 80% de los residentes de estos establecimientos para realizar algún estudio de PCR”.

A nueve meses del estallido de la pandemia, en España el 49% de las muertes notificadas oficialmente se ha producido entre mayores que vivían en residencias de ancianos. En Estados Unidos, un tercio de los fallecimientos habían sido entre residentes de este tipo de establecimientos.

Por eso una de las recomendaciones de la Organización Mundial de la Salud, y que Uruguay adoptó, es que los adultos mayores de residenciales sean la prioridad al inicio de la vacunación.

Aunque las muertes se concentran en los más adultos, también pueden fallecer los más jóvenes. El sábado, por ejemplo, Uruguay reportó el deceso de un paciente de 23 años. Se encontraba internado en el Hospital Español y es la víctima de menos edad desde el comienzo de la pandemia en el país. Padecía obesidad, una de las patologías que pueden complicar un cuadro de COVID-19.

Es una cuestión de estadística: la mitad de los contagiados en Uruguay tiene menos de 36 años.

Cuando aumentan las infecciones, crecen las chances de que haya algún fallecimiento también entre la población juvenil y sin comorbilidades.

La mediana de los infectados en el país ha venido a la baja desde julio, cuando se situaba en 43 años. Pero según la matemática Fariello, en los últimos dos meses se estabilizó cercano a los 36 años.

Los extremos etarios han ido perdiendo peso. Los niños porque, en proporción, se contagian menos que los adultos (los menores de 15 años son el 9% de los infectados). Y los adultos más mayores porque se han ido cuidando, encerrando y porque se enfrentan menos a algunos riesgos como la convivencia en los espacios de trabajo.

El neurocientista Daniel Herrera, en uno de los reportes que elaboró para el Grupo Uruguayo Interdisciplinario de Análisis de Datos de COVID-19, advirtió que “las diferencias que vemos entre edades cuando miramos la mortalidad son mucho menores cuando miramos las hospitalizaciones o el ingreso a cuidados intensivos”. Y eso cobra relevancia cuando se piensa en la posibilidad de saturación del sistema sanitario.

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