Inmigrantes desamparados

De la universidad en sus países a la calle en Uruguay

Llegaron por una esperanza y ni siquiera encontraron cupo en un refugio.

Hassan (arriba) salió de Marruecos con los diplomas universitarios y un poco de ropa. Foto: Leonardo Mainé
Hassan (arriba) salió de Marruecos con los diplomas universitarios y un poco de ropa. Foto: Leonardo Mainé

Un marroquí, abogado, duerme frente al shopping de Tres Cruces. Un venezolano, técnico satelital, pasa las noches en la Plaza del Entrevero. Un colombiano, con una tecnicatura bancaria, cuida coches en Pocitos durante el día y cuando cae el sol, paradójicamente, se cobija en la playa. La llegada a Uruguay de estos tres inmigrantes con título universitario, que se suponía sería el salto a un futuro mejor, terminó siendo un pasaporte a la indigencia.

Cuando Pedro —el único nombre ficticio de estas tres historias— habla de Uruguay, los ojos se le humedecen. Escapó de Venezuela en setiembre, un poco por dignidad y otro tanto por dinero. El medicamento para la hipertensión que le recetaron a su madre pasó a valer, de una semana para otra, "diez veces más". Los economistas le llaman a eso "inflación", pero él le dice "la asfixia de un país en crisis".

Hassan (arriba) salió de Marruecos con los diplomas universitarios y un poco de ropa. Foto: Leonardo Mainé
Hassan, un joven inmigrante que llegó desde Casablanca. Foto: Leonardo Mainé

En Uruguay, pensó mientras armaba la mochila de viaje, "todo sería distinto". Había estado en Montevideo "hace unos años" por temas laborales y se había maravillado con "la democracia del lugar, las oportunidades y su gente". Luego de casi dos meses de travesía en ómnibus, en un trayecto que incluyó el pasaje por Colombia, Perú, Bolivia y Argentina, por fin llegó a Uruguay. Y no estaba equivocado: "todo sería distinto"… para peor.

El domingo, poco después de las seis de la tarde, Pedro se apersonó en la Puerta de Entrada —la oficina del Ministerio de Desarrollo Social (Mides) que deriva a las personas en situación de calle a los distintos refugios. Había tomado la decisión de aparecerse allí porque los pocos dólares que traía ni siquiera le alcanzaban para un hostel. Pero la funcionaria de turno le dio la información menos esperada: "Ya no quedan lugares disponibles, lo siento".

Angelber (colombiano), otro extranjero, universitario que terminó en la calle. Foto: Leonardo Mainé
Angelber (colombiano), otro extranjero, universitario que terminó en la calle. Foto: Leonardo Mainé

En invierno los refugios del Mides tienen la capacidad de atender a 1.660 personas. Pero cuando acaba el frío, como en esta época del año, las camas se reducen a 1.450. "Cuando estamos en este proceso de cierre del operativo invernal hay gente, unas cinco o seis, que suelen quedarse sin plaza", explicó Eleonora Bianchi, directora del programa de refugios del Ministerio. Y entre quienes se quedan sin lugar hay nacionales y extranjeros, sin distinción.

La misma noticia de falta de cupos recibió el colombiano Angelber una semana atrás. En menos de lo que demora el bambú en profundizar sus raíces —siete años—, pasó de ser un universitario que trabajaba en el BBVA a un "gamín" (indigente) en Montevideo.

Angelber llegó a Uruguay en 2016, tras unos viajes por la región que habían comenzado en el Mundial de Brasil e incluyeron un amorío en Perú. Primero vivió en Maldonado, porque era una zona en la que "se movía mucho dinero", según le dijeron. Pero al cabo de unos meses perdió el trabajo, se le fueron agotando los ahorros, las changas y no le quedó otra que probar suerte en la capital del país.

Hoy solo tiene la remera de la selección de Brasil que lleva puesta, dos amigos uruguayos que conoció en el parador de la playa Pocitos y poco más. De hecho el pasaporte colombiano se lo robaron y, al estar indocumentado, se le hace difícil conseguir empleo —como la disyuntiva del huevo y la gallina.

Angelber (colombiano), otro extranjero, universitario que terminó en la calle. Foto: Leonardo Mainé
Foto: Leonardo Mainé

Si algo aprendió Angelber en el tiempo que lleva en la calle es que "la zona de Parque Batlle y Tres Cruces es horrible" para dormir a la intemperie. "Corre mucha droga, mucha delincuencia".

Eso fue parte de la enseñanza que ayer le transmitió al marroquí Hassan, un recién llegado a Uruguay, también profesional y en situación de calle, que por el momento estaba pasando las noches en Tres Cruces: "un poco en la plaza y otro en los asientos de la terminal".

Cuando el Mides realizó el último censo a personas en situación de calle, en 2016, comprobó que el 3% de quienes dormían a la intemperie eran extranjeros. Por entonces aún no habían llegado a Uruguay los ciudadanos venezolanos de peor situación económica y tampoco el aluvión de 5.000 cubanos que, fruto de las redes de tráfico de personas, ingresan al país sin un peso.

El techo.

"El acceso a la vivienda es complicado, no solo para los inmigrantes". Juan Faroppa, quien se encarga de los asuntos migratorios en la Institución Nacional de Derechos Humanos, entiende que la falta de un techo no distingue por pasaporte. Los refugios del Mides, contó, "son un sistema que se generó para atender a determinado universo de población, en un momento concreto. Esa frazada ya era justa y ahora, con la llegada de inmigrantes vulnerables, ni siquiera logra abrigar a todos".

Presupuesto:  INDA gasta el 17% de los recursos para unidades ejecutoras del Mides. Foto: Fernando Ponzetto
Ministerio de Desarrollo Social. Foto: Fernando Ponzetto

Eso no quiere decir que el Estado incumple con los convenios internacionales, aclaró, pero sí habla de la "importancia de tomar medidas específicas como se hizo con las visas de los cubanos".

Cada refugio nuevo, para unas 30 personas, le cuesta al Estado $ 8 millones al año. En el caso de aquellos centros que también ofrecen comida, el presupuesto aumenta en dos millones. Pero Faroppa no tiene clara si esta es la solución.

En una reunión que él mantuvo con la Junta Nacional de Migración, en marzo, planteó que Uruguay al menos implemente un protocolo de actuación ante la llegada de solicitantes de refugio que estén en extrema vulnerabilidad. La idea había surgido luego de que se conociera que cuatro polizones nigerianos habían dormido en el calabozo de la Armada por falta de un techo. La propuesta, en concreto, es que el Estado garantice la atención en salud, comida, un lugar para dormir durante las primeras 72 horas. Pero hasta ahora no hubo una respuesta oficial.

Flexibilizan visas para ciudadanos cubanos
Cubanos en la puerta de Cancillería. Foto: Bruno Scelza

Ante las dificultades por las que atraviesas inmigrantes de varias nacionalidades, especialmente los cubanos, para radicarse en Uruguay por necesitar una visa para hacerlo, la Cancillería emitió un decreto el pasado lunes que creó varios tipos de esos documentos para agilitar la realización de trámites para obtener la cédula de identidad uruguaya, lo que facilita el acceso a un empleo formal en el país.

En los primeros ocho meses de 2018 han ingresado a Uruguay, con la aparente intención de quedarse a vivir, unos 4.600 cubanos —la misma cantidad que había llegado desde que comenzó el siglo XXI.

Las cifras de entrada y salida del país que registra la Dirección Nacional de Migración muestran que desde 2012 son más los cubanos que llegan que aquellos que se van. Pero el salto se da en 2017 y se duplicará al término de este año.

La mayoría de ellos utiliza el procedimiento de refugio porque es la manera de que puedan ingresar al país sin la visa. De esa manera, en la frontera presentan la solicitud de refugio, esa solicitud va a Cancillería y allí se les entrega una constancia para que accedan al documento uruguayo.

El decreto crea las visas de trabajo, de estudio, de reunificación familiar y la de carácter humanitario de urgencia.

Según la Institución Nacional de Derechos Humanos, la decisión de la Cancillería "constituye un avance para la implementación de una política pública que atienda el fenómeno migratorio".

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