SECRETOS DE LA DIPLOMACIA

Misión secreta en Dubái: el líder rebelde baluch que ofreció una millonaria inversión a cambio de asilo en Uruguay

Un diplomático uruguayo tuvo una entrevista con el líder tribal en los Emiratos Árabes Unidos a pedido de su abogada, quien pretendía que su cliente se radicara en el país junto a su familia.

El capitán anunció el inicio del descenso sobre el Aeropuerto Internacional de Dubai y José Luis Remedi sacudió el letargo que lo había dejado en un estado de incómoda somnolencia. Antes de supervisar el nudo de la corbata miró el reloj en otro acto reflejo. Se había cumplido exactamente 1 hora y 5 minutos desde que el avión partió de Doha, acorde a la proyección de vuelo que había estimado la tripulación. Aún con el retrogusto de un sueño indeciso, el diplomático uruguayo repasó el cronograma del día sin dejarse perturbar por la imagen que lo había acechado esa mañana cuando sacó los pies de la cama para apoyarlos en el suelo, la noche anterior al apagar la portátil y todas las horas pasadas desde el día en que el ministro Luis Almagro le encomendó esa misión reservada. Al salir del aeropuerto lo abrazó el inhumano calor de agosto en el lujoso emirato localizado al oriente de la Península Arábiga. Desde el taxi vio la costa del Golfo Pérsico y los rascacielos que simbolizaban el hub de negocios que la industria petrolera había hecho de ese lugar. Por un momento se olvidó del temor y los nervios cedieron ante las fotos que emitía la ventana del taxi. Pero cuando el vehículo se detuvo en la puerta del hotel y vio a los hombres de seguridad en su innata posición de alerta volvió a pensar en esa imagen.

Nawab Brahamdagh Khan Bugti era otro. Ya no tenía la tupida barba negra, ni el revoltoso pelo a tono que en algún momento ocultaba debajo de su gorra baluch. El traje satinado y su nueva apariencia lo asemejaban más a la de los musulmanes que gastaban sin tapujos en Harrods, con sus esposas a una prudente distancia, que a la del joven nacionalista que llevaba en la sangre la lucha por la autonomía política y administrativa de Baluchistán, de acuerdo al sistema sardar (líderes tribales) que había controlado la región desde los tiempos del Khan de Kalat hasta la violenta constitución del estado pakistaní.

El universo de Brahamdagh Bugti cambió para siempre el 26 de agosto de 2006 cuando las fuerzas leales al general Pervez Musharraf, entonces presidente de Pakistán, mataron a su abuelo Nawab Akbar Shahbaz Khan Bugti en la cueva de la montañosa Kohlu, en donde permanecía escondido. Con su mesiánica barba blanca, sus lentes de espía ochentoso y una educación de élite en Oxford, Nawab Akbar Bugti era el controvertido líder del clan más poderoso de la provincia y tenía una influencia decisiva sobre los asuntos de esa tierra, rica en gas natural, carbón, cobre y otros recursos naturales. En 1990 había fundado el Jamhoori Watan Party (JWP) que mantenía una agenda moderada y una apuesta por una solución política para el conflicto baluch. Pero la tensión con Islamabad había ido en ascenso desde el golpe de estado de Musharraf.

Brahamdagh/Brahamdah Bugti
Brahamdagh/Brahamdah Bugti

La versión oficial del Ejército consignó que Bugti era responsable de su propia muerte, al haber detonado explosivos en medio de una reunión con cinco oficiales que habían acudido a negociar, a pedido del líder tribal, el cese de la violencia que se había destapado en 2005. Pero para el movimiento nacionalista no había duda que el anciano había sido asesinado de forma premeditada.

Aunque jamás había sido un separatista radical, sus idea de lograr autodeterminación y una mayor autonomía sobre los recursos lo convirtieron en un obstáculo para Islamabad, que lo acusaba de ser un señor de la guerra que usaba el Ejército de Liberación de Baluchistán como fachada para dirigir su propia milicia. Su asesinato lo convirtió en un mártir de la independencia y abrió la canilla para una nueva insurgencia en Baluchistán, una región geoestratégica tanto por sus hidrocarburos y minerales como por el puerto de Gwadar, la ventana comercial china hacia el Índico.

En el código genético de Nawab Akbar Bugti estaba la defensa del honor como una cuestión de vida y muerte, algo que también heredaría su descendencia en el distrito de Dera Bugti, entre ellos su nieto Brahamdagh. A los 26 años su cabeza ya tenía precio y tuvo que huir a la vecina Afganistán en soledad, en donde radicalizó el proyecto político de su abuelo al fundar una nueva facción del JWP: el Partido Republicano Baluch. Para Brahamdagh Bugti ya no era tiempo de reconciliación ni de negociaciones para gozar de una mayor autonomía provincial. Para el heredero era el momento de la independencia, aunque esa posición política lo llevara a enfrentarse con los pocos integrantes de su familia que quedaban de pie y lo transformara en una prioridad de primer orden para la seguridad pakistaní.

Nawab Akbar Bugti
Nawab Akbar Bugti

Remedi había leído esa historia con detenimiento para preparar su encuentro con el fugitivo, quien era acusado de instigar y financiar grupos insurgentes baluches –catalogados como organizaciones terroristas por Pakistán– desde su exilio en Kabul. Bugti había permanecido escondido junto a su familia en el santuario afgano durante cuatro años, lo cual había constituido un nuevo frente de tensión para la convulsa frontera afgano-pakistaní. El servicio de inteligencia pakistaní había detectado que Bugti se movía con libertad entre Kabul y Kandahar (India), “recaudando dinero y planeando operaciones contra las fuerzas de seguridad pakistaníes”, le dijo el presidente Musharraf a Richard Boucher, secretario de estado adjunto para Asuntos del Sur y Asia Central del gobierno de George W. Bush en un encuentro en Islamabad el 12 de enero de 2007. La conexión india también agitaba uno de las principales amenazas que Islamabad diagnosticaba: la posibilidad de que su poderoso vecino pudieran usar fuerzas afganas para fomentar la agitación en Pakistán. De hecho, ese año Musharraf dijo que tenía "pruebas suficientes" del apoyo de India y Afganistán y su primer ministro, Shaukat Aziz, dijo que Bugti había viajado a Nueva Delhi con un pasaporte afgano falso.

La diplomacia estadounidense ya le había llamado la atención al presidente Hamid Karzai sobre la presencia y actividades del heredero en su tierra, pero el afgano aún no estaba dispuesto a sincerarse y acusaba a Pakistán de usar este asunto para desviar la atención respecto al apoyo de Islamabad al Talibán. La presión sobre Kabul se intensificó en febrero de 2009 luego del secuestro de John Solecki, representante de Acnur en Quetta, capital de Baluchistán, en manos del Frente Unido para la Liberación de Baluchistán. Karzai le reconoció entonces a Kai Eide, representante especial de Naciones Unidas para Afganistán, que Bugti estaba en su capital y que lo presionaría para la liberación de Solecki. El gobierno pakistaní tenía grabaciones que probaban que Bugti había orquestado el secuestro y le solicitó a Estados Unidos que desplegara su influencia, incluso ante el secretario general de Naciones Unidas, Ban Ki-moon. La suerte del nacionalista baluch ya era parte de la agenda estadounidense para mantener el orden instaurado en una región que le resultaba estratégica.

Emir de Qatar, Sheikh Tamim bin Hamad Al Thani, otorgando la Medalla Al Wajbah a un embajador saliente en el Diwan Al Amiri

La liberación de Solecki, el 4 de abril, y la declaración de inocencia por parte de Bugti no removió la preocupación pakistaní y su permanencia en Kabul se volvió un peligro inminente para su vida. Estados Unidos comenzó a trabajar para su asilo pero los pakistaníes querían que Bugti fuera juzgado en su país. “Sacar a Bugti de Afganistán sigue siendo una buena idea, pero no creemos que Acnur deba participar” le dijo el general Shuja Pasha, director de la inteligencia pakistaní, al responsable de la estación de la CIA en Islamabad. Las oficinas regionales de Acnur en Tailandia y Pakistán habían comenzado a tratar el asunto y en mayo de 2010, Bugti acudió al relator especial sobre las ejecuciones extrajudiciales, sumarias y arbitrarias, Philip Alston, y al relator especial sobre tortura, Manfred Nowak, en una carta encabezada por la ONG Balochistan Voice Foundation pidiendo asilo político para él y su familia de acuerdo a a la convención del refugiado. En su misiva manifestaba que él y su familia corrían riesgo de ser torturados y ejecutados.

Cuando la estadía en Afganistán se hizo insostenible, Bugti y su familia se refugiaron en secreto en los Emiratos Árabes Unidos a la espera que las gestiones diplomáticas para alojarlo en algún paraíso de libertad europeo dieran sus frutos. Para ese entonces su caso ya tenía una defensora en el terreno. La ONG con sede en París había contratado los servicios legales de Bruna Molina, una abogada italiana especializada en derechos humanos a nivel internacional que había sido secretaria de la Comisión de Derechos Humanos de Naciones Unidas con sede en Ginebra. Molina tenía contactos aceitados en esa oficina y comenzó a mover los hilos para buscar un candidato que acogiera a su cliente. Pronto supo que los antecedentes de Bugti, sus orientaciones políticas y la forma presión pakistaní haría difícil, sino imposible, que algún estado europeo se arriesgara a darle refugio. Fue entonces que Molina pensó en aquel pequeño país con tradición de asilo que había conocido en la Corte Interamericana de Derechos Humanos de la mano de Héctor Gros Espiell y acudió a la embajadora Laura Dupuy, representante uruguaya ante el Consejo de Derechos Humanos, para pasar el mensaje.

 José Luis Remedi
José Luis Remedi, exembajador en Qatar.

Remedi extendió la mano y saludó a Molina -alta, esbelta, elegante y segura- y al hombre que le contaría cuál era su intención en todo este asunto. Brahamdagh Bugti quería tener una vida tranquila en Uruguay junto a su madre Fozia, su esposa Shomaila y sus tres hijos y, a esos efectos, le manifestó al diplomático uruguayo su disposición de hacer una cuantiosa inversión en la empresa uruguaya que el gobierno le señalara.

Remedi bebió el café, lo único que había ingerido en todo el día, mientras escuchaba las explicaciones de Bugti y su abogada, que ahondaba en detalles sobre los riesgos que corría el heredero y la necesidad de actuar con celeridad porque su tiempo de escondite en Dubai caducaba. Cuando finalmente tuvo que hablar, Remedi decepcionó a sus interlocutores al explicarles que su función en ese hotel era escuchar para luego transmitir la información a la cancillería en donde se tomaría la decisión. Molina creía que Bugti recibiría la visa para viajar a Uruguay en ese encuentro.

Los saludó y rechazó con gentileza su oferta de devolverlo al aeropuerto. Molina pensó entonces que era hora de preparar un refugio para el joven nacionalista baluch en Ginebra y no se equivocó. El informe confidencial, que Luis Almagro recibió directamente de mano de un funcionario de la cancillería en quien Remedi confiaba plenamente, desaconsejaba la posibilidad de darle asilo a Bugti. El 23 de agosto Molina recibió una carta de un miembro de Acnur que le informaba que su representante en Argentina, Eva Demant, había sido convocada a una reunión con el ministro por este caso. Dera Bugti quedaba demasiado lejos de Montevideo.

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