SECRETOS DE LA DIPLOMACIA

Operación Beirut: la evacuación de un embajador de Uruguay herido en un ataque durante la guerra del Líbano

Guillermo Stewart llevaba tres meses como nuevo embajador en el Líbano cuando, en febrero de 1984, un soldado libanés le disparó en las piernas, hecho que pudo haber generado una ruptura de las relaciones bilaterales

—¿Y por qué usted llega ahora, en el peor momento? —le preguntó el embajador soviético, luego de dejar en evidencia que conocía a su antecesor y que sabía que la misión uruguaya en el Líbano había estado descabezada durante los últimos siete años.

Por qué ahora, le había preguntado, con la valoración implícita de que de todos los lugares difíciles del planeta para desembarcar en los últimos meses de 1983, Beirut escalaba al primer puesto.

Guillermo Stewart le explicó que cuando fue nombrado por el gobierno de facto de Gregorio Álvarez las cosas en la capital libanesa no lucían tan mal y que se había demorado unos meses de forma deliberada con la esperanza de que mejoraran en el corto plazo. Entonces el embajador de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) esbozó “una sonrisa un poco irónica”, la primera de las dos que tendría para con su nuevo colega uruguayo, un detalle que llamó tanto la atención de Stewart como para reportarlo a la cancillería en un informe fechado el 30 de enero de 1984.

Operación Beirut: la evacuación de un embajador herido en un ataque durante la guerra del Líbano

En pocos minutos, el diálogo con Aleksander Soldatov se había revelado mucho más interesante que los otros 15 encuentros que Stewart había mantenido con sus pares durante su primer mes en funciones, en la ronda de visitas protocolares al cuerpo diplomático que todos los embajadores suelen hacer al llegar a un destino para presentarse e imbuirse en información.

Sentado bajo un cuadro de Yuri Andropóv, ese hombre de tez clara y calvicie le había dicho, como si fuera un dato anecdótico, que se había quedado con una grata impresión de su visita a Montevideo en los años sesenta. En ese momento Stewart aún no podía determinar si esa “visita” a la capital uruguaya se había dado antes o después de montar una organización de información en el Reino Unido, en donde había sido embajador entre 1960 y 1966, como viceministro de Relaciones Exteriores en 1967 o mientras había cumplido funciones como embajador de Cuba, a partir de 1968, en donde había diseñado los servicios especiales cubanos. Y no podía hacerlo porque el embajador uruguayo ignoraba en ese momento que su interlocutor de pómulos amplios y marcados, que le daban un efecto de redondeo a su rostro, había sido formado por la inteligencia soviética y había sido uno de los principales canales de comunicación con los estadounidense durante la posguerra y en los años más difíciles de la guerra fría.

Stewart poco después se enteraría que Soldatov había actuado como mano derecha de Nikita Jruschov y que, tras el éxito en La Habana, había llegado a Beirut para implantar una base sólida de la KGB en al región, luego del giro de político de Sadat en Egipto. El diplomático tenía el objetivo específico de transformar el movimiento palestino, que se refugiaba en ese país, en un instrumento de la política soviética. Nadie ignoraba los encuentros semanales entre el líder de la Organización para la Liberación de Palestina, Yasser Arafat, y el embajador de la URSS o la presencia de decenas de agentes de los servicios soviéticos en los campos palestinos.

Soldatov le preguntó dónde estaba ubicada la residencia y de qué personal disponía, a lo que Stewart respondió que no tenía residencia, que vivía en un hotel, que estaba buscando un departamento chico y que tenía solamente una funcionaria administrativa, musulmana sunita, que no sabía español. Fue ese, entonces, el momento en que Soldatov esbozó la segunda “sonrisa irónica” de la audiencia, que esta vez incomodó al uruguayo, antes de decirle que era uno de los pocos embajadores en Beirut que no tenía servicio de seguridad a disposición.

—Sea usted muy prudente —le dijo sin forzar los pequeños ojos rasgados que escondía tras la montura gruesa de los lentes de pasta negra circulares. —Extremadamente prudente —reiteró de forma profética.

—No vine a Beirut a hacerme mala sangre —dijo Stewart, como si quisiera aparentar despreocupación. —Esperaré cualquier oportunidad para viajar por la región ya que mucho me interesa el arte árabe —agregó entreviendo desinterés por todo y lo mucho que sucedía en ese estado que era el epicentro de un Medio Oriente convulsionado. Por supuesto que una y otra cosa fueron un acto de simulación innecesario.

Seis días después de ese encuentro, el nuevo embajador uruguayo en el Líbano entendió el por qué de esa molesta sonrisa irónica.

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Stewart sabía exactamente a dónde iba, pero recién pudo entenderlo a cabalidad cuando, agarrado de la baranda del balcón de la habitación 614 del Hotel Carlton, se estremeció ante la andanada de disparos de grueso calibre de acorazados y cruceros que la VIII Flota Americana lanzaba desde el Mediterráneo hasta las montañas donde se refugiaban las facciones palestinas.

Así lo había recibido Beirut, el 1 de noviembre de 1983, un lugar desde el cual ni siquiera podía comunicarse directamente con Montevideo. Cualquier cable debía pasar primero por Roma o París, tal como se revela en el anuncio de su llegada a ese territorio en un telegrama redactado a la cancillería por la misión en el Vaticano. Ese era uno de los tantos servicios esenciales que pronto supo que estaban desarticulados.

Lo que había comenzado como una guerra civil, en abril de 1975, producto de una distribución del poder confesional legada por los franceses, la llegada de cientos de miles de refugiados palestinos desde Jordania y organizaciones palestinas que utilizaban el sur del Líbano como base de operaciones contra Israel, se había transformado en un conflicto regional –con la intervención de Siria en 1976 e Israel en 1982 – e incluso había escalado a una crisis internacional, que incluía el desembarco de tropas francesas y estadounidenses.

Stewart podía tener una noción medianamente definida de cómo lucía una ciudad devastada, pero las primeras impresiones que relató a la cancillería, en un informe fechado el 3 de noviembre, superaban cualquiera de las imágenes que había visto en la prensa antes de viajar.

Una semana antes de su arribo, un camión bomba había explotado en el complejo de viviendas que albergaba a miembros estadounidenses y franceses de la Fuerza Multinacional en el Líbano, en el aeropuerto internacional de Beirut. En ese ataque, que se le adjudicó a Hezbollah e Irán, murieron 241 militares. Ese mismo 23 de octubre otro ataque similar había atentado contra 58 soldados franceses.

Así lo narró Stewart: “Visité el cuartel general de las tropas de paz americanas y el de las francesas; ambos edificios desaparecieron arrasados, y sólo quedan rastros de enormes planchas de hierro y cemento removidas. Estos recientes atentados llenaron de horror a la opinión local”. El nuevo embajador uruguayo vio la zona del puerto y gran parte del centro parcialmente destruidos, vio la marca de obuses y de balas de diferente calibre en gran parte de los edificios, y también vio los tres pedazos en los que había quedado partida la embajada de Estados Unidos luego del atentado de abril de ese año, que había inaugurado una nueva modalidad de ataque suicida en Medio Oriente. “El edificio de ocho pisos, en su centro, del techo al piso, es una cascada de hierros retorcidos y planchas de cemento resquebrajados”, describió.

Los puestos de control y vigilancia de la armada libanesa, los tanques y nidos de ametralladoras, los bloqueos de calles secundarias y laterales para que el tráfico se canalice por las grandes avenidas, se volvió en su paisaje cotidiano.

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Nada de eso introdujo en la conversación con el presidente del Líbano, Amine Gemayel, al entregarle su carta credencial a las 10 de la mañana del 25 de noviembre en el Palacio Presidencial. Stewart pasó revista a la guardia de honor mientras escuchaba el himno nacional y lo llevaron a la sala donde lo esperaba el mandatario. El embajador le habló sobre su padre, quien había sido profesor de Historia, para mencionar que conocía el aporte de los pueblos fenicios a la civilización universal. Le hablo de las referencias al Monte Líbano en el Antiguo Testamento y de las bondades naturales que había tenido ese territorio durante siglos, tanto para ser acuñado como “la Suiza de Medio Oriente” y su capital como “la perla del Mediterráneo” antes que la tragedia política los alcanzara.

Gemayel, en cambio, le preguntó por la comunidad libanesa en Uruguay y sobre la “agitación política” en América Latina. “Sintetizando, señor ministro, puedo informar que la amabilidad hacia la República y su gobierno ha sido la tónica general con que me han tratado, tanto el señor ministro de Relaciones como su excelencia el señor presidente”, concluyó el embajador antes de dar la novedad que un nuevo embajador del Líbano había sido nominado para Uruguay.

Aunque la violencia no hubiese formado parte de esa conversación Stewart no dejaría de presenciar fuego cruzado, como el que reportó a la cancillería el 26 de diciembre de 1983, cuando fue testigo del intento del movimiento chiita Amal, apoyados por los palestinos y los drusos, de tomar un puesto estratégico que controlaba el acceso oeste al aeropuerto de Beirut antes de que la Armada Nacional Libanesa tomara posesión ante la evacuación de una unidad de paracaidistas franceses que estaba acantonada en ese sitio.

Stewart estaba de visita protocolar en la Embajada de Turquía cuando el sonido de los obuses y metralletas comenzó a sentirse cerca. El anfitrión lo invitó a ver la batalla desde la terraza de la misión, sobre una altura de 500 metros, que regalaba una vista del valle este de Beirut: a la izquierda el aeropuerto, al centro y la derecha los barrios chiitas y los campos palestinos de Sabra y Shatila. Con el café turco en la mano, Stewart observó un espectáculo de violencia inusitada: “Los obuses pasaban por arriba de la embajada turca y caían en el valle. Abajo, en la llanura, reinaba el fuego y el hierro. Comenzaron los incendios y el campo de fuego se cubrió de humo. El ruido de la metralla era nuevo para mí, que no conozco la diferencia que hay entre una metralleta y una ametralladora”, informó sin saber que pronto escucharía uno de esos ruidos mucho más cerca de lo que jamás había pensado.

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—Todo el mundo al suelo —gritó en árabe el soldado libanés que había entrado por la ventana del comedor del Hotel Carlton poco antes.

Stewart, que estaba sentado, lo miró y lo reconoció como un oficial de las fuerzas libanesas pero no entendió una sola palabra de lo que ese hombre armado había dicho.

Los otros 30 que estaban en ese comedor obedecieron la orden, pero Stewart se intentó parar para pedir una explicación y en respuesta recibió una ráfaga de ametralladora que lo tumbó. Lo último que llegó a ver antes de caer al suelo fue cómo el soldado le apuntaba a las piernas para que cumpliera esa orden incomprendida, según él mismo escribió en un fragmento de memorias inéditas que quedaron en posesión de la familia.

Lo primero que Stewart percibió es que no podía ponerse de pie. Lo segundo era que se estaba quedando aislado porque el resto estaba siendo trasladado al subsuelo. Acurrucado en ese lugar oyó la balacera posterior e hizo un esfuerzo para ajustar un cinturón contra su pierna izquierda a los efectos de parar el sangrado. Ahí estuvo no sabe por cuánto tiempo, hasta que un empleado del hotel, que había sido su hogar en los últimos tres meses, lo agarró del cuello del saco y lo arrastró unos 20 metros para dejarlo debajo de una escalera en la antecocina. Ese fue el último instante en el que el embajador uruguayo estuvo consciente.

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Guillermo Stewart García llevaba 75 días como embajador uruguayo en el Líbano cuando las esquirlas de esa guerra impactaron en su pierna izquierda. El 8 de febrero de 1984, el Ministerio de Relaciones Exteriores de Carlos Maeso recibió un telegrama proveniente de Beirut que informaba que el nuevo jefe de misión en ese país había sido herido en un tiroteo en el Hotel Carlton. El mensaje de 37 palabras agregaba que, pese a estar fuera de peligro, el diplomático estaba siendo atendido en el Hospital Americano en donde debería permanecer durante diez días. “La situación en el Líbano es sumamente crítica”, culminaba la comunicación firmada por Z. Chelala, un funcionario local de la embajada.

Al embajador uruguayo en el Líbano le habían tirado fuerzas de la Armada libanesa durante la toma del hotel, lo cual generaba los méritos suficientes para una ruptura de relaciones entre ambos países. Sin embargo, el gobierno de facto uruguayo, en la voz de Gregorio Álvarez, calificó la situación como “fruto de una situación de violencia generalizada contraria a los sentimientos y a la vocación pacifista del pueblo uruguayo” y en un telegrama fechado el día del incidente, le deseó a Stewart un “pronto y total restablecimiento”.

Su esposa Horta y sus seis hijos, que habían quedado en Montevideo, se enteraron de la noticia por el Ministerio de Relaciones Exteriores y pasó mucho tiempo –no podrían ahora cuantificarlo con acierto– hasta que escucharon su voz del otro lado del teléfono. Desde una habitación del Hospital Americano, en donde había sido operado, Stewart les confirmaba que estaba con vida pese a que las metrallas le había afectado toda su pierna izquierda, desde la ingle hasta el tobillo. Horta le pidió a la cancillería que lo trajeran de vuelta. Eso intentarían, le dijo Maeso a su embajador en Beirut en una llamada telefónica en la que le informó que ya estaban negociando con la cancillería libanesa. Pero la evacuación tenía varios inconvenientes logísticos, el más importante de ellos era que el Aeropuerto de Beirut había cerrado de forma indefinida.

Para Stewart habían dos alternativas a la vista: esperar nuevamente en su hotel a que se calmaran las aguas, lo cual pensaba como caer de nuevo en la ratonera, o procurar una evacuación riesgosa a través la Cruz Roja, que tenía experiencia en este tipo de maniobras. El representante de esa organización lo visitó en el Americano y le informó que un obús había destrozado las dos ambulancias con las que contaban, lo cual le agregaba un escalón de complejidad a una situación que ya presentaba las limitaciones propias de un hombre con una pierna enyesada y con heridas recientes que requerían atención periódica. Sin embargo, le dijo que se ofrecía a sacarlo en su Fiat 600 por vía terrestre.

El 13 de febrero de 1984, Guillermo Stewart se acostó dado vuelta en el respaldo del asiento delantero de un Fiat 600, con su pierna enyesada que sobresalía del paragolpe trasero, y con una bandera de la Cruz Roja en sus manos, cruzó Beirut desde la zona musulmana hasta la cristiana, para llegar a su primera parada: la habitación 87 del Hospital San Joseph, en Doura. Desde allí le escribió a la cancillería dando cuenta de su viaje “agotador y peligroso”. El director del hospital le dijo que aún no podía irse porque sus heridas abiertas exigían un “tratamiento cuidadoso”, informó. “En todo este doloroso proceso lo que más he sentido es el total aislamiento”, escribió agregando que pensaba quedarse en ese hospital hasta su recuperación definitiva y que intentaría hacerlo por vía aérea si lograba conseguir un vuelo directo hacia Atenas o el sur de Italia. “Ruego poner el contenido de este telegrama en conocimiento de mi mujer”, finalizó.

Stewart pronto entendió que era imposible salir con inmediatez de Beirut en avión y que era muy peligroso hacerlo en helicóptero, por lo que tomó la única opción que le quedaba al alcance de su mano era lo que había sido la principal vía de escape durante la guerra civil libanesa: una lancha turística de 25 asientos reconvertida para la evacuación, según consignó en sus memorias inéditas.

A las 14:30 horas del 18 de febrero de 1984, Guillermo Stewart abandonó Beirut hacia Larnaca (Chipre) en compañía de un integrante de la Cruz Roja Internacional. Al cabo de cuatro horas llegaría a la primera de las múltiples paradas que lo volverían a unir con su esposa y sus seis hijos en su casa del Prado.

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