Parados sobre la escalinata de ese edificio neoclásico, que evocaba a un templo griego, el embajador Agustín Espinosa le dio la bienvenida al Lord que los acompañaba. La comitiva uruguaya, integrada por el embajador, el secretario Fernando Marr y los agregados militares, coronel Alejandro Bremermann y capitán de navío Oscar Debali, habían recorrido ese 14 de setiembre de 1998 los ocho kilómetros que separan a la embajada uruguaya en el Reino Unido de Kensal Green, un cementerio jardín victoriano ubicado en el norte de la capital inglesa. Al llegar habían caminado entre árboles centenarios y monumentos funerarios que databan del siglo XIX hasta divisar el pórtico frontal de orden dórico compuesto por cuatro columnas de fuste liso que sostenían un entablamento y un frontón triangular de líneas austeras.
Espinosa saludó a Lord Ponsonby de Shulbrede, tal como el protocolo exige que se le refiriera para evocar a un miembro de una casa nobiliaria con más de 350 años de tradición en las islas británicas. Él, en cambio, dijo que se llamaba Fred para abreviar la larga nominación: Frederick Matthew Thomas Ponsonby, cuarto barón Ponsonby de Shulbrede, nacido en esas tierras en 1958.
Espinosa vio una vez más la perfecta simetría de esa fachada blanca y, ante la mirada de una funcionaria del Foreign Office (Ministerio de Asuntos Exteriores) comenzó a leer en inglés: “Es un honor para mí, ante tan distinguida audiencia, rendir, en nombre de mi país, un merecido —aunque tardío— homenaje a un ilustre súbdito británico que desempeñó un papel de gran relevancia en la independencia del Uruguay”.
Que se supiera era la primera vez que un representante del Estado uruguayo en el Reino Unido hacía un acto de reconocimiento del rol desempeñado por Lord John Ponsonby en el proceso de emancipación uruguayo, desde que Luis Alberto de Herrera había arribado a esa capital para estudiar el periplo del diplomático que en tiempos de George Canning y Jorge IV había sido comisionado para actuar como interlocutor entre las Provincias Unidas del Río de la Plata y el Imperio de Brasil.
Espinosa aludió a esa trayectoria que había colocado a Ponsonby como el artífice de la Convención Preliminar de Paz de agosto 1828: “Lord Ponsonby comprendió rápidamente el panorama general de la región y, gracias a sus sobresalientes habilidades negociadoras, influyó en el curso de acción más viable para ese particular período histórico. Fue entonces, gracias a la tenacidad de Lord Ponsonby y a la ayuda que obtuvo del líder de la Cruzada Libertadora de la Banda Oriental, el general Juan Antonio Lavalleja, que la independencia del Uruguay se logró finalmente”.
Así había comenzado el réquiem por Lord Ponsonby.
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Homenajear el legado de Ponsonby fue una de las primeras acciones que Espinosa se propuso, luego de presentar cartas credenciales a la reina Isabel II, el 4 de junio de 1998 a las 12 en punto en el Palacio de Buckingham. Lo animaba una obsesión, la de reivindicar al personaje histórico y sus acciones: esa mediación británica que, a su juicio gozaba de mala prensa entre algunos historiadores y políticos uruguayos. Espinosa entendía que esa intervención había sido decisiva para que el Estado uruguayo naciera a la vida independiente y que el interés de la libertad de los mares y ríos era tan buscado para uno y otro lado, un objetivo que incluso se podía rastrear en el Convenio de Purificación de 1817. “La pacificación, la apertura del comercio y la libre navegación de los principales ríos eran los objetivos en esa región de América Latina”, dijo en su discurso, el embajador uruguayo, aquel día en el cementerio.
En la cancillería británica pronto supieron, no sin una pizca de curiosidad y sorpresa, que el nuevo embajador uruguayo andaba preguntando dónde habitaban los restos de una figura del siglo XIX. La búsqueda lo llevó a dar con otro Lord Ponsonby, un político laborista que se desempeñaba en la actividad parlamentaria. Fue un llamado en el que Espinosa anunció sus intenciones sin rodeos: un homenaje.
A esa comunicación le siguió un almuerzo en la residencia del embajador. Espinosa le contó sobre sus obsesiones y escuchó al descendiente de Ponsonby decir que él no sabía dónde estaba. Esa información ya estaba en poder del diplomático uruguayo quien, junto a su equipo, habían ido a los archivos civiles de la ciudad para buscar las actas de defunción del siglo XIX. Le dijo que pondría una corona de flores, que llevaría a sus agregados militares y al personal diplomático, que haría un discurso y que quería que él lo acompañara. Fred reaccionó con la emoción que podía evocar en un inglés el respeto y la admiración por el pasado y por la familia, pese a que no podía dar crédito que un diplomático uruguayo lo convocara para recordar un evento que había ocurrido hace 170 años. Con agradecimiento, se comprometió a estar ese 14 de setiembre junto a su esposa en Kensal Green, un cementerio en desuso y abandonado, si existen tales caracterizaciones.
Fred Ponsonby, que en la actualidad es miembro de la Casa de los Lores, recuerda bien ese día: la recorrida por los corredores del subsuelo que conducen a la cripta y las tumbas en nichos con rejas. En una de ellas se puede leer el nombre de John Ponsonby, el primer vizconde Ponsonby. Guarda en su memoria también el sonido del Las Post, una corneta utilizada en el Reino Unido para funerales militares y en ceremonias en conmemoración de los caídos en la guerra, mientras las banderas de ambos países acompañaban al viento de otoño.
“Es un privilegio para mí que mi familia sea recordada y honrada por la República”, dice Fred desde el Reino Unido. “Considero que el vínculo continuo entre Uruguay y mi familia reviste una significación histórica y simbólica de gran valor”, señala el heredero del apellido al que se le atribuye una decisiva participación para la conformación de dos estados.
Espinosa celebró la vida de la controvertida figura de Lord John Ponsonby en nombre del Estado uruguayo de forma inconsulta con el Ministerio de Relaciones Exteriores de Didier Opertti, durante el segundo gobierno de Julio María Sanguinetti, con la convicción de que si hubiera pedido permiso lo hubieran vetado. “Hoy, el gobierno del Uruguay, a través de su embajador en Londres, miembros de su personal diplomático, militar, y agregados de las Fuerzas Aérea y Naval, gentilmente acompañados por descendientes directos de Lord Ponsonby, hacen una pausa en sus tareas cotidianas para rendir un merecido y muy postergado homenaje a quien tanto debe nuestra independencia”, concluyó en su discurso.
Lo que quizás Espinosa no sabía era que siete décadas antes un presidente uruguayo había hecho un gesto muy similar al suyo.
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Ponsonby se dejó pintar poco. Las manos de John Frederick Lewis, un orientalista inglés, lo retrataron en 1840 o 1841 cuando el vizconde era el representante de la corona en Constantinopla. Desde hace casi un siglo que una reproducción de ese retrato de Lewis habita en la sede del Ministerio de Relaciones Exteriores. Durante varios años custodió la espalda del director de Asuntos Políticos, como una metáfora innecesaria, sobre todo en los tiempos de Mateo Márquez Seré cuando ese despacho se encontraba próximo al patio empedrado del Palacio Santos. En algún momento estuvo por la Dirección de Asuntos Culturales y hoy, algo deteriorado, está en el antedespacho del director de Protocolo. Ese retrato tiene un siglo de historia y fue la causa de que un presidente uruguayo saldara una “deuda de gratitud” con Ponsonby.
El 3 de abril de 1928, pocos días luego de que Luis Alberto de Herrera volviera de su misión especial en Londres, el ministro de la Legación Británica en Montevideo, Ernest Scott, informó a su cancillería que había visitado al caudillo nacionalista quien, entre otras cosas, le contó que pretendían darle un regalo que él valoraba peligroso desde el punto de vista político.
Herrera había sido enviado a Gran Bretaña como embajador extraordinario y ministro plenipotenciario para retribuir la visita a Montevideo, entre el 14 y el 16 de agosto de 1925, del príncipe de Gales, quien terminaría siendo Eduardo VIII y abdicando a la corona luego de un reinado de 326 días. La visita del heredero de la corona había sido un evento político y social que había acaparado la atención del país. Una filmación del British Pathé muestra a una multitud impaciente por verle y que corría hacia el puerto en medio de las sirenas de los vapores que escoltaban al Curlew. Allí lo esperaba el presidente José Serrato para hacer una recepción oficial y acompañarlo a la Casa de Gobierno con las tropas alineadas en la calle y los balcones llenos de distinguidas señoritas –dice la crónica– que dejaban caer ramos de flores. Hubo un desfile con honores militares, un homenaje a Artigas en el Panteón Nacional del Cementerio Central, un almuerzo en la Sociedad Rural del Prado, y un banquete ofrecido por el príncipe al presidente de la República y autoridades en el Palacio Taranco, donde Félix Ortiz de Taranco había aceptado recibirlo por petición del gobierno. Asistió a una gala en el Solís en su honor –Madama Butterfly por Dalla Rizza– y bailó en el Club Uruguay, además de poner la piedra fundacional del nuevo edificio del British que se construiría en Pocitos.
Por una visita de ese calibre –que se volvería a repetir en 1931– es que el gobierno de Campisteguy había aprovechado el viaje a Italia de Herrera, por la visita del príncipe Umberto al Uruguay, para enviarlo a Londres.
Al ser agasajado por la Casa del Río de la Plata en Londres, el director del Ferrocarril Central del Uruguay, Frank Henderson, le había manifestado a Herrera su deseo de presentarle al gobierno uruguayo de Juan Campisteguy una copia del retrato de Lord Ponsonby que existía en la Casa del Río de la Plata. Herrera aceptó el ofrecimiento, pero según le dijo al diplomático británico, lo creía inoportuno en tanto que los batllistas “aprovecharían la oportunidad para atacarlo sobre la base que él estaría buscando favores de compañías extranjeras, a quienes ellos consideraban como las enemigas del país”, escribió Scott. En cambio, Herrera sugirió que fuera el representante británico quien presentara el retrato en nombre de las compañías británicas que operaban en el Uruguay y, a las cuales, el batllismo pretendía suplantar con un plan de nacionalización y estatización.
Scott se mostró afín a la maniobra, siempre y cuando fuera autorizada por el secretario de Estados para Asuntos Exteriores, Austin Chamberlain, y que el presidente uruguayo aceptara el ofrecimiento.
El informe de la cancillería británica aceptaba la propuesta, además de valorar que el nacionalismo tenía buenas posibilidades de ganar la elección de noviembre y de aclarar de que Lord Ponsonby era el representante diplomático de la corona “con cuyo nombre el Uruguay asocia a su independencia”. Solo se recomendaba hacer la presentación en nombre de los “intereses británicos en Uruguay” más que en nombre de las “compañías británicas” en función de la hostilidad de ciertos sectores parlamentarios hacia esas compañías y por la “real posición antes ocupada por Lord Ponsonby”.
Una carta de Henderson a Chamberlain,el 17 de mayo de 1928, solicitó por indicación de Herrera que la presentación fuera investida con el patrocinio y autoridad del Ministerio de Asuntos Exteriores y que debiera hacerse oficialmente por el ministro británico en Montevideo en nombre de 10 compañías británicas que estaban en el Uruguay: cuatro ferrocarriles, una de agua, una de gas, una de luz, un frigorífico y dos bancos.
El retrato del Vizconde Ponsonby fue presentado al gobierno uruguayo el 27 de agosto de 1928, fecha del centenario de la firma del Tratado de Paz entre las Provincias Unidas del Río de la Plata y el Imperio de Brasil. El presidente Campisteguy lo recibió en su manos en la Casa de Gobierno en compañía de sus ministros y de Herrera. En el acto, Scott recordó los servicios de Lord Ponsonby y “al papel jugado desde aquellos días por los capitales y las empresas británicas en el desarrollo del Uruguay”, informó el 31 de agosto.
Campisteguy, por su parte, afirmó que esa convocatoria respondía al “cumplimiento de una deuda de gratitud por la decisiva acción de aquel ilustre diplomático” y la “celebración de manera solemne” del centenario del Tratado de Paz.
El presidente dijo: “Muchas han sido las circunstancias que han unido a nuestro país con Gran Bretaña pero aquel histórico evento, cuyo resultado fue el reconocimiento de nuestra independencia llevada a cabo a través de la intervención de Lord Ponsonby como instrumento de la inspiración e ideas de Canning, constituye la principal razón por la cual debimos convocar a los residentes de la gran nación amiga para unirse con nosotros a celebrar tan notable aniversario”.
Campisteguy agregó: “En los procedimientos que ahora tienen lugar proclamamos nuevamente las acciones finales por las cuales aquel tratado maduró, y se hará justicia hacia aquella figura y todos los esfuerzos que hizo en provecho de nuestra causa”.
Al final de su discurso, el presidente uruguayo aludió a una publicación que Herrera estaba preparando acerca de la historia de las relaciones entre Gran Bretaña y Uruguay. Un año y medio después saldría publicado La misión Ponsonby.
Al retrato lo colgaron por orden del presidente “en un lugar de honor”, en la sala de recepción principal del Ministerio de Relaciones Exteriores de la Casa de Gobierno, como un recordatorio que ha perdurado durante 100 años.