El 7 de setiembre de 1917, un mes antes de romper relaciones diplomáticas con el Imperio alemán, el gobierno de Feliciano Viera puso tropas uruguayas a disposición de Estados Unidos para que se unieran en Europa a los ejércitos aliados y combatieran contra las potencias centrales.
Pese a que el Estado uruguayo aún mantenía oficialmente un estatus de neutralidad, declarado al inicio de la guerra, en agosto de 1914, el ministro de Relaciones Exteriores, Baltasar Brum, ofreció formaciones del Ejército Nacional en una comunicación con el ministro plenipotenciario estadounidense en Montevideo, Robert Emmett Jeffery. La propuesta fue transmitida al secretario de Estado, Robert Lansing, quien la derivó al Departamento de Guerra, según se desprende de archivos diplomáticos que están bajo resguardo del Archivo General de la Nación y que nunca antes habían sido divulgados.
La respuesta estadounidense llegó a la legación de Uruguay en Washington dos meses después, el 13 de noviembre de 1917: “A causa de la limitación en el transporte y la necesidad de despachar para Francia las tropas y los abastecimientos para los Estados Unidos, no será practicable enviar allá un cuerpo numeroso de tropas uruguayas”, esgrimió el secretario de Guerra, Newton Baker, según trasladó Lansing.
Sin perjuicio de la negativa, Baker dijo que tenía “mucho aprecio” por la “actitud” del gobierno uruguayo y, en cambio, sugería la indicación de “unir pequeñas unidades al Ejército de los Estados Unidos” para el servicio en el exterior, siempre y cuando estas estuvieran “completamente equipadas”. La contrapropuesta incluía la sugerencia de que fuera el propio gobierno uruguayo quien ideara un plan para ejecutar esa posibilidad.
El ministro plenipotenciario uruguayo en Washington, Carlos María de Pena, trasladó la respuesta del Departamento de Estado el 22 de noviembre de 1917, y solicitó instrucciones cuando se tomara una resolución sobre el caso. Sin embargo, no hubo un nuevo evento en ese flujo de comunicación. Para noviembre de 1917, el gobierno uruguayo ya había declarado la ruptura de relaciones con el Segundo Reich.
El ofrecimiento explícito del gobierno uruguayo para que soldados uruguayos combatieran en la Gran Guerra refuerza lo que la literatura ha caracterizado como una posición aliadófila y pro estadounidense del gobierno batllista de la época, que se transparentó sobre el fin de la contienda.
La expresión vívida de ese nudo quedó plasmada en la reinterpretación estadounidense del monumental Pantheón de la Guerre, una obra de 123 metros de circunferencia y 14 de altura pintada en París en el inicio de la guerra. Algunos de sus murales y retratos se exhiben en la actualidad en el Memorial de la Libertad a los caídos de la Primera Guerra Mundial, en la ciudad de Kansas.
Como cuenta el libro Uruguay and the United States 1903-1929, de James Knarr, artistas franceses pintaron originalmente los murales durante la guerra con héroes franceses en el centro, pero un coleccionista estadounidense los modificó para adaptarlos a la ideología de la Guerra Fría en la década de 1950.
En uno de los numerosos murales del Salón de la Memoria, el presidente Woodrow Wilson ocupa el centro, bajo una columna que sostiene un busto de George Washington. La bandera de las Estrellas y Franjas estadounidense se entrelaza con la del Pabellón Nacional de Uruguay, que en cuadro aparece como la única bandera que toca el estandarte norteamericano tan de cerca.
Neutrales, pero no tanto
Desde que los representantes uruguayos en Londres, París, Bruselas y Berlín informaran sobre el inicio de las hostilidades, Uruguay había adoptado una posición neutral a través de un decreto que se basaba en las convenciones firmadas en la Segunda Conferencia de Paz de La Haya (1907).
En buena medida el gobierno uruguayo había mantenido una posición de balance en los primeros años de la guerra, pese a las quejas diplomáticas esporádicas de los contendientes, quienes ponían presión cuando veían que su rival podía sacar una ventaja estratégica. Por ejemplo, los británicos habían llamado la atención, en agosto de 1914, sobre la conversión en alta mar de los buques mercantes en armados, una práctica favorecida por los alemanes, mientras que los súbditos del Kaiser Guillermo II habían mostrado su disconformidad por algunas expresiones publicadas en prensa uruguaya.
Así lo había expresado el representante uruguayo en Berlín, Alfredo Masson, quien gozaba de las “delicadezas y cortesías” –según él mismo escribió– del gobierno Imperial. El 20 de enero de 1915, Masson había recibido una nota de los alemanes que buscaba esclarecer si el Uruguay seguía cumpliendo con su “estricta neutralidad” a raíz de las expresiones de un oficial del Ejército uruguayo publicadas en una columna en la Tribuna Popular. “Felizmente, hasta hoy, no ha habido por parte del gobierno Imperial la menor insinuación que me hiciera sospechar o que pusiera en duda el proceder correcto de mi gobierno. Es cierto que han llegado algunos diarios de Montevideo que contenían algunas noticias inventadas y sensacionales (...) y algunos publican insultos groseros contra el emperador y la familia Imperial”, decía Masson desde Berlín, antes de asegurar que había aprovechado sus contactos en el Ministerio de Negocios Extranjeros “para destruir por completo toda la mala impresión causada por tantos insultos y calumnias”.
Masson podía simpatizar con la causa de los alemanes, según traslucen sus informes, de la misma manera que el ministro en Bélgica, Alberto Guani, había decidido acompañar a la familia real belga a su refugio en Le Havre, o que el secretario de la Legación en París, Eduardo Blanco Acevedo, prestaba servicios en hospitales militares de Biarritz y de París, lo cual le valió la distinción de la Cruz de Caballero de Legión de Honor, entregada por el presidente Raymond Poincaré en el Hospital Alma, el 9 mayo de 1916. Pese a un intento frustrado de la cancillería por detenerlo, Blanco Acevedo siguió tratando heridos franceses durante toda la guerra desde la dirección del servicio quirúrgico del hospital auxiliar número 52 y en mayo de 1919 le fue concedido el grado de Oficial de la Legión de Honor.
Pero más allá de lo que hicieran los diplomáticos uruguayos en el terreno y de esos juegos de presión política, el gobierno de Viera había mantenido una línea estable y relativamente coherente de apego a la neutralidad. Así lo evidenciaba una respuesta a los alemanes de diciembre de 1915 en la que aseguraban que sus compatriotas tenían todas las seguridades para navegar por el Río de la Plata y los otros ríos de Uruguay de acuerdo a las leyes nacionales y las reglas de neutralidad. Así sería, al menos, hasta el año 1917.
Secretos de la diplomacia uruguaya
“Secretos de la diplomacia uruguaya” es un especial de El País exclusivo para suscriptores, que revela cada semana los momentos clave, los acuerdos y las tensiones que marcaron la política exterior de Uruguay. Entre los temas que tratarán estos 10 artículos, están el acercamiento del país a uno de los bandos en la Primera Guerra Mundial, el homenaje oculto a Lord Ponsonby y cómo fue herido un embajador uruguayo en Beirut.
Temor de invasión germana desde Brasil
La decisión del Segundo Reich de reinaugurar la guerra submarina irrestricta en febrero de 1917, el consecuente quiebre de la relación diplomática con Estados Unidos, su posterior ingreso en la guerra, en abril de 1917, seguido por la ruptura de relaciones entre Brasil y Alemania fueron puntos de inflexión para el gobierno uruguayo. En esa ruptura jugó un rol central el Ministerio de Relaciones Exteriores de Baltasar Brum, quien tomó como propia la causa panamericanista que bajaba desde Washington al ritmo de la Doctrina Monroe.
Desde que Brum le transmitió al ministro estadounidense en Montevideo que apoyaba la decisión de su país de ir a la guerra y que reconocía su justicia, pese a que mantenía la neutralidad, el corrimiento hacia la Triple Entente fue, cada vez, más notorio.
Brum temía que el eventual ingreso de Brasil en la guerra activara una insurrección de los cientos de miles de colonos alemanes que habitaban en el sur de ese país, lo cual, además de constituir una amenaza para Uruguay, lo arrastraría decididamente a la contienda. Ante ese escenario escribió, en abril de 1917, un telegrama codificado a su ministro en Washington: “Entrada [de] Brasil [en la] guerra parece ser inevitable. En tal caso [podría] producirse [una] sublevación en los estados germanizados según me insinúa el Encargado de Negocios de Alemania. [La] Neutralidad [de] Uruguay [sería] imposible [que no] variase [si estuviera] obligado a ayudar a Brasil”. Por tal motivo, en dicha comunicación le instruyó gestionar ante Estados Unidos la compra de 60.000 fusiles Mauser, 200 ametralladoras y municiones. Conseguir esa cantidad de armas en tiempos de guerra era difícil, contestaron el Departamento de Estado y las armerías Westinghouse y Winchester.
El cambio de política del gobierno uruguayo frente a la guerra se procesó entre junio y octubre. En respuesta a una nota de Brasil en la que se informaba de la revocación del decreto de neutralidad en la guerra entre Estados Unidos y Alemania, el gobierno uruguayo, tras una consulta parlamentaria, declaró que los buques de países americanos involucrados en la guerra que recalaran en los puertos nacionales no serían tratados como beligerantes. Por la vía de los hechos, ello incluía a tres países: Panamá, Cuba y Estados Unidos, que eran los únicos en el hemisferio que, hasta ese momento, le habían declarado la guerra a Alemania. Esa manifestación fue la antesala de lo que ocurriría el 18 de junio de 1917 cuando circuló por todas las capitales de América el Decreto de Solidaridad Americana, que tácitamente revocaba la neutralidad y que puso a la diplomacia uruguaya un rol protagónico en el hemisferio como, quizás, pocas veces volvería a tener en su historia.
La respuesta del gobierno de Brasil, en la voz de su ministro de Relaciones Exteriores, Nilo Pecanha, resumió las expresiones que llegaban desde todas las capitales del continente: “El Brasil felicita a la República hermana y amiga por esa afirmación solemne y práctica de panamericanismo, en el momento en que los principios fundamentales de la civilización en peligro en el viejo mundo, empieza a encontrar abrigo y equilibrio en los pueblos libres de las dos Américas”, informó el ministro en Río de Janeiro, Manuel Bernárdez.
En Washington, De Pena recibió la celebración de Lansing: “No hago más que interpretar la opinión de este país al expresar que en esta guerra de democracia contra autocracia, de libertad contra imperialismo, habríamos desconocido la historia si hubiésemos dudado un momento de que la simpatía del Uruguay estaba del lado de los que están peleando por la libertad de la humanidad y por aquellas instituciones liberales que incorporadas a los sistemas de gobierno de todas las repúblicas de América han venido a ser nuestro patrimonio, una herencia que debe ser transmitida intacta a la posteridad”, reportó el ministro uruguayo en Estados Unidos como palabras del Secretario de Estado.
El 6 de julio de 1917, el Departamento de Estado formalizó ese agradecimiento en una nota a la cancillería: “Esta acción de parte del gobierno de Uruguay, que evidencia la disposición amistosa del gobierno para con los Estados Unidos y su simpatía con los objetivos humanos y desinteresados por los que Estados Unidos ingresó en la guerra, no fracasará en recibir la agradecida apreciación del gobierno de los Estados Unidos”. Una semana después asomaba por la bahía de Montevideo, la flota del almirante William Caperton, comandante en jefe de la Flota del Pacífico, y que desde el USS Pittsburgh estaba a cargo de la patrulla de la costa Atlántica. Caperton estaba en viaje desde San Diego a Bahía, cuando le informaron que tenía un nuevo destino en su itinerario, lo cual era una consecuencia directa del nuevo marco legal que lo amparaba para atracar en la capital uruguaya.
El escuadrón de Caperton desembarcó en el puerto a las 4 de la tarde del 10 de julio de 1917. Con la actividad comercial suspendida, el almirante fue recibido como una celebridad en la Avenida 18 de Julio, y tuvo una agenda digna de un mandatario. Su primera parada fue en la legación de su país. Desde el balcón saludó a los miles que estaban en la calle –200.000 según reportó Jeffery– y escuchó decir a Juan Zorrilla de San Martín, que todos los países de América tenían “una misma madre democracia” y que en ese momento se fundían en un abrazo Washington y Artigas, reportó la cancillería uruguaya a sus representantes en Estados Unidos. “Zorrilla abrazó a Caperton quien contestó que en 47 años de marino jamás había observado esa espontaneidad y entusiasmo a favor de los Estados Unidos, demostrando Uruguay un alto espíritu democrático”, agregaba el informe. La estadía incluyó un encuentro con Brum, otro con el ministro de Guerra y finalmente con el presidente, además de una extensa agenda social.
La visita de Caperton provocó un intercambio entre los presidentes Viera y Woodrow Wilson, entre el 20 y el 22 de octubre. Primero con un agradecimiento del uruguayo por la “sincera amistad” y “gran consideración” estadounidense, y luego con la respuesta de la Casa Blanca: “Estoy convencido de que una relación más estrecha e íntima entre los pueblos de América, tanto a través de sus representantes oficiales como civiles, tendrá como resultado, sin duda, el desarrollo de una mayor unidad continental de propósito y política”.
El 7 de setiembre, el gobierno uruguayo había ofrecido a su ejército para combatir junto a las fuerzas aliadas. Una semana después –y tras la filtración de los telegramas de del ministro alemán en Buenos Aires, Karl von Luxburg, que reavivaron los temores de una invasión a través de los colonos del sur de Brasil–, procedió a la incautación de los buques mercantes alemanes que estaban internados en el Puerto de Montevideo desde el inicio de la guerra. Durante agosto y octubre utilizó los oficios diplomáticos del Departamento de Estado para que persuadiera al Reino Unido, Francia e Italia de firmar acuerdos de arbitraje amplios e irrestrictos como condición para que Uruguay abandonara la neutralidad.
La ruptura
A las 19:20 del 6 de octubre, la Cámara de Diputados ingresó en sesión secreta a pedido del Ministerio de Relaciones Exteriores: 74 votos contra 23 aprobaron la ruptura de relaciones con Alemania a las 2:10 del 7 de octubre de 1917. Diez minutos después 13 votos contra 3 dieron el sí definitivo en el Senado.
En su mensaje al Poder Legislativo, Brum escribió que el país no podía permanecer más tiempo “como simple y pasivo espectador en esta contienda mundial” en la que se debatían “intereses supremos de la democracia frente al autocratismo alemán” y en la que intervenían “países vinculados a Uruguay por una misma comunidad de ideales a los que debe prestar su concurso y apoyo moral”. De forma explícita, el ministro de Relaciones Exterior se refería a los Estados Unidos: “El Uruguay entra a formar parte de la Liga de Honor a la que aludió el presidente Wilson ratificando en tan solemne momento su política honesta, desapasionada y ajena a todo interés material subalterno”.
A toda marcha, los telegrafistas cumplían la orden de comunicar ese mensaje político a todas las misiones uruguayas.
El representante uruguayo en Berlín se presentó a las 18 horas del 10 de octubre de 1917 en la oficina del subsecretario de Estado del Ministerio de Asuntos Exteriores. “Ya sé lo que usted tiene que comunicarme”, le dijo Hilmar Freiherr von dem Bussche-Haddenhausen, reportó Masson, quien demoró un mes en cumplir la instrucción de abandonar el país hacia Holanda.
El pedido de Alfonso XIII: no declarar la guerra
Desde Madrid llegaron novedades a principios de 1918. El ministro uruguayo Benjamín Fernández y Medina había asistido el 1° de febrero al banquete ofrecido por el rey Alfonso XIII al cuerpo diplomático. Luego de la comida, el monarca se acercó al representante uruguayo con quien mantuvo una larga conversación, según reportó Fernández y Medina a su cancillería, haciendo notar que no había hablado con ningún otro representante de América. “Empezó su majestad por hacerme una exhortación en el sentido de no llegar al estado de guerra”, escribió. El monarca manifestó su convencimiento en cuanto a que tanto Argentina como su reino mantendrían la neutralidad, pese a los torpedos que recibían buques de uno y otro por parte de submarinos alemanes.
–Esto me parece fácil respecto de España pero no de Argentina–, le dijo el uruguayo.
–¿Usted duda de la dignidad del pueblo español?–, lo interrumpió Alfonso XIII, entre serio y risueño.
Fernández y Medina se apresuró a decirle que no, pero que estaba seguro que los españoles en la actualidad acompañarían más fácilmente una solución de neutralidad antes que un rompimiento con España.
“He sido cocinero antes que fraile”, le dijo el rey y afirmó que podría determinar un cambio de opinión en su pueblo, si fuese necesario. “Entonces usted vería cómo España no es menos enérgica que las Repúblicas, sus hijas”.
Tras indagar al uruguayo sobre las condiciones en que estaban los países americanos que habían roto relaciones con Alemania para cooperar a la acción aliada y sobre la forma en que habían tomado los buques alemanes, el rey manifestó de nuevo que no se llegara a una “situación extrema” en el conflicto actual.
Dos meses después, el 31 de marzo de 1918, llegó un telegrama desde la Legación de Madrid. El vapor español Infanta Isabel de Borbón, en el que viajaba hacia Francia una “misión de observación y estudio” militar uruguaya presidida por el general Julio Dufrechou, jefe del Estado Mayor, había sido detenido por un submarino alemán, a cargo del capitán Max Valentiner entre Canarias y Cádiz. Los militares uruguayos fueron trasladados al submarino e interrogados por Valentiner. Hay diferentes versiones sobre lo que sucedió a bordo del submarino.
Ante esta situación, la cancillería le pidió a los suizos, que oficiaban de intermediarios en las comunicaciones desde la ruptura, que le preguntaran a los alemanes si se consideraban en guerra con Uruguay, lo cual no habían sido notificados, o si desconocían las acciones del capitán del submarino.
La respuesta definitiva de Alemania se transmitió a través de Berna, el 2 de mayo de 1918: “Gobierno alemán declara no considerarse en estado de guerra con Uruguay y que además ruptura no fue provocada por Alemania”.