En Rye, el último haz de luz alcanzaba la colina en la que los niños jugaban con una vista única del Hudson, cuando el teléfono volvió a sonar en la casa del embajador. Ese 4 de mayo había sido un día largo para Carlos María Velázquez en Nueva York y el representante uruguayo ante las Naciones Unidas ya no quería saber de nada. Pero cuando escuchó el nombre del hombre que lo buscaba interrumpió la charla con sus cuñados y su esposa para ponerse otra vez al teléfono.
–Señor Buchwald, ¿en qué puedo ayudarlo?–, inició Velázquez.
Tras el saludo, el destacado humorista político estadounidense, le dijo que lo llamaba para felicitarlo. –Es la primera vez que un David latinoamericano se enfrenta al gobierno de los Estados Unidos. No sé mucho sobre usted ni del Uruguay, pero esta ha sido la mayor declaración de dignidad de un país latinoamericano –le dijo Art Buchwald, antes de mencionar que lo quería conocer en persona.
El autor, reconocido por su sátira mordaz desde las páginas del New York Herald Tribune y luego del Washington Post, le compartió al embajador el contenido de una columna que se publicaría al otro día. El texto se reía de la excusa que había utilizado el presidente Lyndon B. Johnson para enviar tropas a la República Dominicana –el propósito declarado de proteger a los estadounidenses que se encontraban allí durante una rebelión–, contando la historia del último que quedaba: un turista llamado Sidney, a quien las autoridades dominicanas tenían retenido para que los soldados estadounidenses no se retiraran.
El llamado de Buchwald fue recordado exactamente medio siglo después por Vanna García, cuñada de Velázquez, en entrevista con este autor. García, quien murió hace dos años superando el siglo de vida, había viajado a Nueva York junto a su esposo Publio Vadora para el nacimiento de Diego José, el sexto de los siete hijos del matrimonio entre Velázquez y Lis García.
Vanna García recordó haber estado esa mañana junto al embajador, un almuerzo compartido y la desaparición de Velázquez luego de la comida cuando, desde Montevideo, lo intentaban localizar con insistencia para hacerle llegar instrucciones con un supuesto cambio de último momento. Los llamados del canciller Luis Vidal Zaglio caían sobre el secretario de la representación, Mateo Marques Seré, pero el diplomático tenía la orden de su superior directo de no encontrarlo. No había rastros de Velázquez. De hecho, nadie lo vio hasta las 15:30 en punto, cuando ingresó por una puerta al Salón del Consejo de Seguridad, se sentó y preparó el micrófono para hablar primero, luego que el embajador soviético sometiera a discusión una resolución que condenaba la invasión estadounidense en República Dominicana, iniciada pocos días antes, el 28 de abril, y pedía el retiro inmediato de las tropas.
El representante uruguayo en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas tenía muy clara la sofocante presión diplomática que la misión estadounidense ejercía en Montevideo, no obstante lo cual, la cancillería había instruido a su representantes ante la Organización de Estados Americanos (OEA), Emilio Oribe, y al propio Velázquez oponerse a cualquier intento por legitimar la invasión en sus respectivos ámbitos. En su libro Temas Internacional, Héctor Gros Espiell cuenta que fue él mismo quien redactó los telex luego de participar de una reunión en la casa de Vidal Zaglio en la que discutieron la postura junto a Eduardo Jiménez de Aréchaga, Gilberto Prat de María, Quintin Alfonsín y el subsecretario Diego Terra Carve. Sin embargo, al parecer, en la antesala de la discusión habían pretendido diluir la firmeza de la posición.
Las mismas instrucciones, pero en este caso del Consejo Nacional de Gobierno, fueron reiteradas el 6 de mayo. Para ese momento Carlos María Velázquez ya se había transformado en el emblema y paladín del principio de no intervención con un discurso que sería evocado hasta el día de hoy como una seña de identidad de política exterior nacional. Aunque para algunos, incluso de su propia filiación partidaria, el embajador uruguayo había sido más herrerista que Herrera y se había excedido en la dureza de los conceptos esgrimidos para quedar en franca oposición al gobierno de Johnson en el filoso contexto del mundo bipolar.
Para nadie podía ser una sorpresa el apego incondicional e irrestricto por el derecho internacional que Carlos María Velázquez proyectaba ni su arraigado sentido de solidaridad latinoamericana. Desde su llegada a Nueva York, en 1961, había transparentado las batallas que estaba dispuesto a dar, fundamentalmente a partir de su trabajo en la Comisión de Descolonización en donde defendió como pocos los derechos de Argentina y España sobre las Islas Malvinas y el Peñón de Gibraltar respectivamente. Quien hubiera escuchado a Velázquez hablar por Uruguay en ese ámbito o en la Asamblea General sabía que, al ocupar el asiento de miembro no permanente en el Consejo de Seguridad, no dudaría en condenar la nueva versión de la Doctrina Monroe que Johnson aplicaba bajo el calor de esa Guerra Fría .
Sin embargo, lejos de los aplausos que se llevaría a la posteridad, las intervenciones del embajador le compraron problemas con su propio gobierno. Paradójicamente las palabras de Velázquez le significaron un sumario para determinar si había ido más lejos de lo que se le había instruido durante el mes que el asunto de Dominicana estuvo en la agenda del consejo y, en particular, por su intervención del 7 de junio. El pedido de esa investigación había venido del propio Consejo Nacional de Gobierno y, en particular, del canciller Vidal Zaglio. El informe de la comisión que actuó en el sumario concluyó con rapidez que Velázquez no había violado las instrucciones, pero de forma simultánea trascendió que el gobierno había pedido la venia al Senado para nombrar a Velázquez como embajador uruguayo ante el Reino Unido.
Sobre este traslado sugirió Gros Espiell en el citado libro: “Curiosamente los tres embajadores que hablaron más duramente en el Consejo de Seguridad contra la intervención en República Dominicana, el embajador de Francia, el de Jordania y el de Uruguay, tres meses después ya no eran más embajadores en las Naciones Unidas. Los tres fueron trasladados a otros destinos”.
La interpretación de este hecho es que a Velázquez lo sacó su propio gobierno a pedido de Estados Unidos. A ello había contribuido, en su momento, el propio canciller: “Es verdad que existe una protesta de los Estados Unidos con motivo de la posición expresada por el embajador Velázquez en el Consejo de Seguridad. Pero analizando su discurso, no surge del mismo ningún elemento que pueda ser considerado lesivo para nadie”, declaró Vidal Zaglio a BP Color, el 11 de junio.
La versión del traslado del embajador como un castigo para complacer a la Casa Blanca se había desplegado en el New York Times que, el 10 de junio, tituló que a Velázquez se lo había sancionado por “criticar la política de Estados Unidos hacia República Dominicana”. En el cuerpo del artículo se caracterizaba la posición de Uruguay en el Consejo como una aventura individual de Velázquez, a quien se lo calificaba de “herrerista nazi”. La nota aludía al cambio de destino del embajador como “una muestra de amistad hacia Estados Unidos” por más que no cambiaba en lo sustancial la oposición de Uruguay, basada en argumentos jurídicos, a la forma de intervención colectiva de la Organización de los Estados Americanos en la crisis dominicana.
Citando fuentes gubernamentales, la crónica del Times señalaba que Vidal Zaglio había acusado a Velázquez, puertas adentro, de “tergiversar y sobrepasar” sus instrucciones durante sus múltiples intervenciones, pero principalmente en el discurso del 7 de junio. “Al término de la reunión semanal del Consejo Nacional de Uruguay, integrado por nueve miembros, celebrada hoy, un portavoz declaró que el órgano rector había acordado por unanimidad destituir al Dr. Velázquez de su cargo en las Naciones Unidas. Se le ofrecerá el puesto de embajador en Gran Bretaña”, decía la nota.
Al día siguiente, Velázquez, declaró que había sido autorizado oficialmente a desmentir la noticia. El diplomático uruguayo aclaró que se le había comunicado su traslado a Londres como embajador el 22 de abril, una semana antes del inicio de la crisis dominicana, consignó el propio matutino neoyorquino el 11 de junio. Vidal Zaglio, por su parte, calificó el artículo del medio estadounidense como una “canallada”.
Una investigación reciente de Florencia Salgueiro Rubio para su tesis de maestría política evidencia que la designación de Velázquez para el Reino Unido ya se había decidido antes del comienzo de la crisis dominicana: el 21 de abril de 1965 el Consejo Nacional aprobó una resolución solicitando el beneplácito de estilo al Reino Unido a pedido del consejero herrerista Alejandro Zorrilla de San Martín. Sin embargo el nombre del excanciller no era el único que Velázquez tenía en mente como los causantes de todo ese nudo que incluía un sumario y la elección de un polémico destino.
Enemigos íntimos
La llegada de Vidal Zaglio al Palacio Santos, en febrero de 1965, había sido la peor de las noticias para Velázquez. Con el nuevo canciller tenían una historia reciente de duros enfrentamientos públicos que se remontaban, al menos, al último cuatrimestres de 1963 cuando Vidal Zaglio, en aquel momento representante nacional, había conformado la delegación uruguaya que había viajado a Nueva York para participar de la apertura del XVIII período de sesiones de la Asamblea General.
Al volver a Montevideo, el diputado planteó, el 17 de marzo de 1964, una cuestión de fueros y leyó la parte final del informe que había remitido al ministro de Relaciones Exteriores, Zorrilla de San Martín. Dicho texto estaba plagado de calificativos y adjetivos hacia la persona y el profesional incluyendo epítetos como “cantinflesco”, “chaplinesco”, “vanidoso”, “incompetente”, “insoportable” y “atrevido”.
Vidal Zaglio empezó diciendo que Velázquez era un “mal funcionario” y que le hacía “mal a la República”. Y luego fue escalando: narró el “enorme desagrado que provoca el tratar con un funcionario como el empleado señor Velázquez”. Y agregó: “Es notoria su incompetencia, no se dedica debidamente al cargo, y además acompaña su acción con un empaque y una vanidad inaguantables. No ha conseguido nada, absolutamente nada, en beneficio de nuestro país. Sólo le preocupan las posiciones de notoriedad. Le interesa más un cargo que halague su insoportable vanidad, que un beneficio para la República que representa”.
Vidal Zaglio lo trató de “insoportable atrevido” y señaló que se dedicaba a molestar a los delegados que concurrían desde Montevideo. “Además sus poses cantinflescas totalmente ridículas, alzando los hombros y colocando sus brazos en ‘jarra’ haciéndose así ‘el diplomático’, no le hacen pasar el ridículo a este mal empleado público, sino a la República que inviste. Evidentemente hemos perdido mucho, teniendo en cuenta la eficiente gestión de su antecesor”, dijo en referencia a Enrique Rodríguez Fabregat.
El diputado señaló que el comportamiento de Velázquez había sido similar con el senador Adolfo Tejera y con un integrante del Consejo Nacional de Gobierno. Pero fuera de ese repertorio de insultos no había elementos sustantivos. Apenas algunos aspectos que luego, el propio Velázquez, se ocuparía de responder en la prensa.
Vidal Zaglio lamentó que el gobierno lo hubiera designado para homenajear al expresidente estadounidense, John F. Kennedy, porque, según el diputado, Velázquez tenía “aversión” por el mandatario asesinado en 1963 y lo acusó de censurar un fragmento de una intervención en la Segunda Comisión en el que Vidal Zaglio pretendía mencionarlo. Además, acusó al embajador de procurar impedir que él firmara un proyecto para la erradicación del analfabetismo a nivel mundial. Finalmente mencionó que los representantes de Israel lo “repudiaban”.
Vidal Zaglio culminó su informe al ministro pidiendo que no fuera Velázquez quien asumiera el asiento de Uruguay en el Consejo de Seguridad el próximo año. “Tenga bien en cuenta esto señor ministro, y me permito recalcarlo, aunque no me cabe duda de que usted lo sabe, se designa para este importante organismo al representante de Uruguay sea quien sea, y no a la persona tal o cual por su nombre, lo que indica que su sustitución —que el señor ministro con responsabilidad impondrá de inmediato— no significa la pérdida de esa posición”.
Un año después de entregar ese informe y hacerlo público en la cámara, Vidal Zaglio sucedió a Zorrilla de San Martín en el Palacio Santos y este último pasó al Consejo Nacional de Gobierno desde donde terminaría pidiendo la sustitución de Velázquez.
Un desmentido para el “desaire” de la reina
La salida de Nueva York cuando aún le quedaba un año en el Consejo de Seguridad fue un golpe duro para Velázquez. No eran solo las circunstancias específicas en la que se producía esa despedida, sino el polémico destino que le habían adjudicado. De todos los lugares a donde podrían haberlo mandado, Londres era seguramente el más difícil para una persona que había puesto a las Malvinas en la agenda de la Comisión de Descolonización y que se había mostrado muy activo en la cuestión de Gibraltar y Rodesia del Sur (actualmente Zimbabue), tres piedras coloniales que le apretaban el zapato a la reina. En virtud de esas actuaciones, en la casa de los Velázquez temían que no llegara el beneplácito desde la Corte de Saint James. Sin embargo, el 18 de noviembre de 1965, el nuevo embajador en la capital inglesa ya se había subido al carruaje para presentar cartas credenciales con la reina Isabel II, quien quedó encantada con la numerosa familia que el diplomático tenía.
Para cuando volvió a cruzar el portón de Buckingham, Velázquez ya tenía un problema que atender. La mañana del 24 de marzo de 1966, Montevideo amaneció con titulares de prensa que daban cuenta de un conflicto entre el diplomático uruguayo y la reina. “Isabel II desaira al embajador uruguayo”, tituló El Plata. “Elizabeth salteó al embajador” fue el título de El Diario. Las notas relataba que la Reina Isabel II le había negado el saludo al embajador ante la decisión de Velázquez de acudir al Día de la Reina en el Palacio de Buckingham, el 24 de noviembre de 1965, luciendo en su pecho condecoraciones otorgadas por los gobiernos de Argentina y España.
Según el artículo de El Diario, la monarca había tomado esa actitud como un “gesto hostil” y se había negado a estrechar la mano del jefe de misión uruguayo. “El hecho fue interpretado por las autoridades británicas como un desafío del representante uruguayo al gobierno de Londres y se le atribuyó el propósito de marcar una posición contraria a Gran Bretaña, en los litigios que ese país mantiene con Argentina, por las islas Malvinas y con España por el peñón de Gibraltar”, desarrollaba el cronista.
La nota señalaba que el episodio sería investigado de forma preliminar, de acuerdo a la resolución adoptada por el Consejo de Gobierno en una sesión secreta, e identificaba al canciller Vidal Zaglio como quien había llevado el asunto a la mesa. “Vidal Zaglio manifestó que había obtenido la información por medios particulares, pero garantizó absoluta fidelidad”, especificaba el artículo que además agregaba que se le había pedido un informe a Velázquez.
En su respuesta a la cancillería, al día siguiente, Velázquez escribió: “Puedo informar que la representación de nuestro país que concurrió a la recepción de Buckingham Palace el 24 de noviembre de 1965 recibió deferente tratamiento por parte de la Reina y demás miembros de la Familia Real, que departieron cordialmente en la misma forma que lo hicieron con demás misiones allí presentes”. El embajador calificó la versión como “inverosímil y fantástica” por lo que opuso “el más formal desmentido, calificándola de falsa”. Además informó que los departamentos de prensa del Foreign Office y el Palacio Buckingham habían negado la versión. Lo mismo hizo el embajador de Gran Bretaña en Montevideo, Sir Norman Brain, quien se presentó en la cancillería para señalar que la información divulgada por el ministro en el Consejo no coincidía con el conocimiento que de los hechos tenía el Gobierno de Isabel II.
“Confío en que estas terminantes precisiones disipen cualquier mal entendido que este deplorable episodio pudiera crear en las muy amistosas relaciones que mantienen ambos países y de las que he recibido y recibo constante testimonio desde el comienzo de mi misión en éste, inclusive la acogida que me dispensó la Reina en ocasión de presentar mis credenciales”, culminaba el informe que el embajador había enviado por telex.
El desmentido de Velázquez apareció en La Mañana y Acción del 25 de marzo. "Perdone, pero no puedo evitar reirme…Esto es algo monstruoso. Inconcebible. ¿A quién se puede haber ocurrido?”, declaró Velázquez en conversación con el matutino fundado por Pedro Manini Ríos.
La mañana también señaló que Vidal Zaglio había accedido a la información por “viajeros que llegaron desde Londres”, de quienes no precisó el valor testimonial en cuanto a su relación con el episodio, y hacía notar la posición incómoda en la que había quedado el canciller. En esa línea, Acción titulaba: “Vidal Zaglio tendrá ahora que explicar”. La nota citaba fuentes oficiales innominadas que explicaban el caso en función del “notorio desafecto del canciller por el embajador” y adelantaba un reclamo de explicación al ministro “en la cual éste deberá dejar en claro si actuó sobre la base de una fundamentada información o incurrió en un traspié inspirado por sus sentimientos hacia Velázquez”.
La prensa capitalina destacó que el episodio de un canciller actuando en base a chismes había expuesto a la diplomacia uruguaya al ridículo y enhebraban este capítulo en una larga secuencia de gaffes. Ello derivó en un pedido de renuncia del canciller, quien de todas formas se quedó en el cargo un año más, hasta el final de ese gobierno.
Los adioses
El 15 de mayo de 1969, Velázquez y Lis García fueron recibidos por última vez por Isabel II con motivo de la partida del embajador a su próximo destino: Moscú. En su informe a la cancillería, Velázquez destacó que la conversación se había desarrollado dentro de un tono “cordial y amistoso” y “en la particular atmósfera que la sencillez y distinción que caracterizan la personalidad de la soberana suele imprimir, incluso a los actos de carácter protocolar”.
Cinco días después, el ministro de Estado para Asuntos Exteriores, Lord Chalfont, ofreció un almuerzo de despedida en honor de Velázquez. Al finalizar dijo que entre Gran Bretaña y Uruguay existía una “relación especial”, una expresión que Velázquez solo había escuchado utilizar para Estados Unidos o países de la Commonwealth.