CONFLICTO CON PETROBRAS

Así pasan las horas los tres trabajadores de MontevideoGas que hacen huelga de hambre

Los sindicalistas están a caldo y chocolate desde hace 8 días.

El contenedor donde viven los tres sindicalistas del gas está ubicado en Juan Carlos Gómez y Sarandí. Foto: Leonardo Mainé
El contenedor donde viven los tres sindicalistas del gas está ubicado en Juan Carlos Gómez y Sarandí. Foto: Leonardo Mainé

Un lejano aroma dulzón, típico de la marihuana, se mezcla con olores a diferentes comidas, de esos que abren el apetito, unos minutos después del mediodía en la Plaza Matriz. Es la hora del almuerzo y sobran las opciones gastronómicas. El pizarrón de La Pasiva ofrece un menú con merluza a la vasca, pollo grillé con puré de calabaza o colita de cuadril con papas. Apenas a unos metros de allí, Oscar Castro (54 años), Ernesto Sasías (42) y Maximiliano Camaño (27) caminan al sol.

Son los empleados de MontevideoGas que van por el octavo día de huelga de hambre a unos metros del Ministerio de Industria, en el marco del conflicto por el envío a seguro de paro de unos 20 empleados y el anuncio de 37 despidos, que incluyó la medida de control obrero de la planta y que tiene como un ingrediente extra el anuncio de Petrobras de dejar el mercado uruguayo.

“Los tenemos al sol, precisan vitamina D”, dice una sindicalista en la carpa que está ubicada en Juan Carlos Gómez y Sarandí. Dos banderas de Uruguay, y otras dos de la Unión Autónoma de Obreros y Empleados del Gas, se ven desde lejos. Una pancarta anuncia que allí realizan una huelga de hambre “en defensa del servicio público de gas natural”.

Munidos cada uno de una botella de agua y algo más delgados que hace una semana, los tres hombres se acercan muy lento a la carpa y se sientan en una esquina dispuestos a hablar. Allí corre un viento fresco que invita a abrigarse.

Camaño usa campera y un gorro para el frío, es el más abrigado de los tres. Él trabaja desde hace cuatro años en la empresa del gas, Sasías hace siete años y Castro hace 37. Los dos primeros integran la directiva del sindicato y el tercero es parte del plenario de delegados.

Los tres ofrecieron su nombre para la huelga de hambre y después la asamblea del sindicato los eligió entre todos los postulantes. ¿Qué criterios usaron? “Se trata de evitar a los que ya hayan hecho huelga de hambre, porque esto no es cualquier cosa”, explica Camaño. “La edad también influye”, dice Sasías y Castro agrega que ellos eran los que estaban en mejores condiciones. La huelga de hambre tiene sus limitaciones: se supone que consumen unas 600 calorías por día, “el mínimo indispensable para mantener las funciones del organismo”. Les dan un caldo, 50 gramos de chocolate y al menos tres litros de agua.

Cada cierto tiempo les controlan la presión y el peso. “Al principio bajábamos un kilo por día, ahora adelgazamos menos”, dice Camaño, que pesaba 78 kilos y ahora está en 73. Lo mismo Sasías. Castro bajó de 73 a 69. ¿Qué les dijeron sus familiares? “Un poco de temor siempre hay”, responde Sasías y dice que él es muy familiero. Camaño apunta que los parientes dan “apoyo constante”.

La voz de los huelguistas es tapada por los gritos de un ruidoso vendedor ambulante que utiliza un megáfono para publicitar su producto -un mapa de Montevideo a 100 pesos- y utiliza un curioso gorro mexicano. Una pareja de turistas se acerca y le compra un mapa.

¿Es posible realizar una huelga de hambre en ese entorno, con varios bares y restoranes a pocos metros? “Sentirse rodeado de compañeros te da fortalezas”, responde Camaño, aunque los huelguistas están acompañados solo por otros tres trabajadores, ya que la mayoría del sindicato se encuentra en una actividad en el Parlamento. Y luego admite: “En esto hay que manejar la cabeza, que juega un papel importante”.

Aire acondicionado, una tele y baño con ducha en plena calle

En la esquina de Juan Carlos Gómez y Sarandí hay una carpa y a unos metros un contenedor. Ese es el dormitorio de los tres sindicalistas: allí hay tres camas, un aparato de aire acondicionado, una televisión grande, una pequeña heladera, un microondas y un baño con ducha. “Tenemos todas las comodidades”, admite el sindicalista Maximiliano Camaño, mientras de fondo un cantante callejero entona una gritona versión de Stand by me -el clásico del rock que popularizó Ben E. King- y una muchacha se pinta la cara con gran esmero antes de otra tarde de estatua viviente en la Ciudad Vieja.

¿Vale la pena el esfuerzo de aplicar una medida radical, que además afecta la salud de los trabajadores? “Detrás de cada trabajador hay una familia. Entonces, ¿cómo no va a valer la pena?”, pregunta Camaño. Su compañero Ernesto Sasías apunta que “hay un capricho de Petrobras de no gestionar nada, no quieren invertir y quieren dejar caer a la empresa”. Entonces admite: “Para nosotros la huelga, sí va a ser efectiva. Si no, ni la arrancaríamos, si pensamos que vamos a perder”.

Una delegación del sindicato del gas se reunió el lunes con una comisión del Frente Amplio (FA) encabezada por el presidente Javier Miranda. Los trabajadores plantearon que queden sin efecto los seguros de paro y se retire el anuncio de despidos. Los delegados del FA quedaron en hacer gestiones ante el Ejecutivo.

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