La explosión, originada por una acumulación masiva de gas por cañería en el edificio Caicobé, ubicado sobre la calle Leyenda Patria frente a Villa Biarritz, ocurrió exactamente a las 09:11. La magnitud de la detonación fue tal que se sintió como un sismo a varios kilómetros a la redonda, esparciendo vidrios, marcos de ventanas, puertas y barandas de los balcones por todo el parque. Días después del siniestro, los arquitectos e ingenieros que ingresaron a peritar la construcción coincidieron en que había sido una desgracia con algo de suerte: “Debería haber habido 15 o 20 muertos por la magnitud del episodio”, repetían.
La tragedia sí se cobró dos vidas y dejó una serie de salvaciones milagrosas en cadena que hoy sus protagonistas recuerdan aún sin evitar quebrarse. En el piso 8, la rutina matutina se rompió en un instante. Alberto estaba sentado cerca de la puerta, leyendo un libro y tomando mate, cuando sintió que el mundo se venía abajo: “Sentí que me venía para adelante, veía la cortina y los libros que volaban y no entendía absolutamente lo que estaba pasando”. Una pesada puerta de madera maciza, de las que caracterizan a los edificios de otra época que pueblan esta zona de Punta Carretas, fue arrancada de cuajo por la onda expansiva, pasó por encima de su cabeza, rebotó en una mesita ratona y terminó estrellándose contra el balcón. “No me desnucó de casualidad”, resume hoy, también sentado en un sillón, en el edificio que ya desde hace varios meses volvió a ser poblado por la mayoría de sus antiguos ocupantes.
La esposa de Alberto, que se encontraba despierta en el dormitorio, sintió cómo los vidrios estallaban en mil pedazos alrededor de su cama. Juntos, bajaron por la escalera en penumbras, siendo de los últimos en evacuar en un escenario de guerra. La tragedia ocurrió un día antes, el viernes 22 de julio de 2022, y el pasado miércoles se cumplieron cuatro años.
Para Federico, vecino del segundo piso, lo sucedido tuvo ribetes cinematográficos. Hacía exactamente treinta días que se había instalado en el apartamento tras una reforma que había llevado meses. Era la casa de sus sueños para él, su mujer y sus tres hijos. La mudanza casi que había coincidido con las vacaciones de julio, por lo que apenas acumulaba unos quince días efectivos de vida en el lugar cuando una fuga de gas en el piso de arriba casi lo hizo desaparecer todo: “Fue un bombazo, no quedó nada. Ahora hace ya un tiempo que estamos de vuelta, pero nos costó mucho volver, sobre todo a mi mujer. Teníamos la sensación de que el edificio nos había expulsado”.
Esa mañana, Federico -que cuenta su historia desde su apartamento, señalando cada cosa que fue reconstruida y recordando lo que había y ya no está- había salido apenas diez minutos antes para llevar a sus hijos a la escuela. Su esposa y su beba de un año y medio habían quedado en el fondo del apartamento. En ese sector, una casualidad evitó la catástrofe: la madre corrió a la niña de un cuarto porque se había apretado los dedos con una cajonera. Segundos después, “en los cuartos del fondo se cayeron literalmente todos los techos”. Tras el colapso, madre e hija lograron salir a tientas entre una densa nube de polvo hasta el balcón, que había quedado completamente desprovisto de barandas, pues estas habían volado hacia el parque con el siniestro, y había quedado envuelta alrededor de una palmera. La dramática imagen de ellas dos en las alturas ya era totalmente viral en redes al mediodía de aquel viernes: se convirtieron en la imagen más representativa de la tragedia.
Lejos de dramatizar frente a los niños, el matrimonio estructuró una estrategia para protegerles su salud mental, ocultando la magnitud del evento durante años bajo la premisa de que la casa simplemente se estaba reparando: “A mis hijos ni les dijimos nada. Lo que no queríamos era dejarles ningún tipo de secuela psicológica. Y estamos muy felices porque lo logramos”. La estratagema hace recordar a The Truman Show, la película protagonizada por Jim Carrey: “A las horas del horror, recién miré el celular. Tenía cientos de mensajes. Todos ofreciendo ayuda. Uno de los que más me conmovió y el primero que contesté fue el de una de las maestras de mis hijos: ‘Te pido solo una cosa, que hables con todos los padres para que no le digan nada a sus hijos’”. La maestra cumplió, se reunió con cada una de las familias para que apagaran el televisor cuando se estuviera informando sobre el edificio. Solo una vez un niño le dijo: ‘Tu casa se quemó’. Y enseguida fueron y lo sacaron”.
Regresar y renacer
Tras la reconstrucción, los vecinos hicieron una reunión en el club Biguá, frente al parque, para celebrar. Sin que nadie lo propusiera, naturalmente se conformó una ronda y todos contaron lo difícil que había sido atravesar ese tiempo. Uno de los ingenieros confesó que sintió que se estaba jugando toda su carrera en ese trabajo, pues algunos expertos habían incluso pensado en demoler. Federico contó lo difícil que había sido para él y su esposa volver. La noche del regreso, dejaron a sus hijos con una tía, salieron a comer y luego, llenos de sensaciones encontradas, volvieron al edificio que los vio renacer.
Alerta a futuro
El camino posterior no dio tregua a las familias. Lejos de recibir soluciones mágicas, los propietarios debieron cargar con el peso titánico de la burocracia, las aseguradoras y las negociaciones con empresas que se hicieran cargo de las obras. “Tuvimos todo un tiempo con ese sentimiento de poder haber perdido un hijo. Meses llorando. Y al mismo tiempo nos ocupábamos de todo esto”, confiesa Federico.
Pero más allá de los peritajes técnicos sobre el origen puntual de la fuga -si el escape se originó en una conexión defectuosa en un anafe como concluyó Bomberos, o en otra cañería desprendida, como señaló un perito español experto en explosiones e incendios-, los sobrevivientes apuntan a una falla en cómo el gas llegó hasta las cañerías del edificio. Para Federico, si nadie advirtió el peligro, fue por “la ausencia de olor”. Y añadió: “Si no nadie puede dejar un ratito el anafe abierto porque volás por los aires. Hubo algo que debería haber habido y no hubo: olor. Más cuando la cantidad que se liberó es lo equivalente a seis garrafas” de las de 13 kilos.
En la misma línea, Alberto advierte sobre la indefensión del ciudadano ante un producto invisible que puede causar estragos: “Se maneja un fluido que es peligroso para la vida humana, y la única defensa que tiene el ciudadano de a pie es el olor. Entonces en cualquier edificio, en cualquier parte, si una persona se olvida, como le puede pasar a la gente de edad, salta una chispita y vuela todo por los aires. Alcanza con prender la luz, esa mini chispita, para que todo detone”.
Hoy, aunque su edificio haya retirado todo el sistema de gas por cañerías, lo que buscan es que la tragedia no haya sido en vano y exigen cambios en el sistema que garanticen que una fuga silenciosa no se pueda convertir en una tragedia. “Lo que pedimos es que se aplique un sistema, como existe en otros países, en Estados Unidos y Europa -explica Federico-, de corte automático en caso de fugas. Es como la llave que salta cuando puede haber un corto eléctrico. Hoy por hoy la población está expuesta. El olor es la única alerta y si falla, como aquí falló, porque no lo sintió nadie, vuela todo y no pasa nada”.