El río de los hombres toro

Daniel López Moroy

La realidad, la fantasía y la leyenda confluyen en el bautismo de Paso de los Toros, la segunda ciudad del departamento de Tacuarembó.

El origen del nombre está encadenado a diversas lecturas que se relacionan con un mismo lugar: un rincón en el lecho del río Negro, el Hum de los indígenas, donde se encuentra el accidente geográfico comúnmente conocido como "paso", o "picada".

Un capricho del fondo rocoso colocó allí un obstáculo capaz de resistir el embate de las espectaculares correntadas durante las crecidas del río.

Probada su utilidad para vadear el río, frente a ese lugar se constituyó el asentamiento humano original.

"La Picada o Paso de los Toros estaba situada al sureste de la ciudad, donde hoy termina la calle Maruja de Yéregui de Laurenti, a unos 300 metros aguas arriba del puente carretero por donde cruza la Ruta 5", describió Pedro Armúa Larraud en su libro "Historia de Paso de los Toros de 1790 a 1930".

A partir de la publicación de esta documentada investigación, otras fuentes arribaron a las mismas conclusiones.

Este paso fue el elegido por los indios tapes para el traslado del ganado de las vaquerías entre los ríos Yi y Negro, razón por la cual ya se le decía "paso de los toros".

Por otra parte las abundantes pasturas, en la rinconada del río Negro con el arroyo Salsipuedes, eran suficientemente generosas como para dar lugar a la presencia de grandes cantidades de toros cerriles en esta zona.

La tradición oral local también identifica el nombre del paso con los denominados "hombres toros" que no sólo conducían al ganado sino que desafiaban el peligro.

Con el río crecido y en condiciones riesgosas, los baqueanos -conocedores de los mejores sitios para cruzar el río- ostentaban su ventaja. Reconocidos en toda la zona por su temple y su coraje, eran llamados "hombres toro".

Uno de estos "hombres toro" fue Isidoro Salinas, descendiente de indios charrúas que frecuentaba la pulpería que funcionaba donde hoy se encuentra el parador municipal.

Salinas obtenía su sustento vadeando a nado el río Negro y, cuenta la leyenda, apostó por una botella de ginebra que cruzaría nadando el río desbordado por la creciente. Fue el 28 de enero de 1888. El día en que Isidoro Salinas perdió una apuesta y también su vida.

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