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Da Vinci cumplió 100 cirugías

Se corre la puerta para entrar al block quirúrgico y al pasar se puede ver el movimiento que uno esperaría en una cirugía. Seis o siete personas con tapabocas y gorros de tela, que se mueven de un lado a otro.

Al mirar a la camilla un elemento sale de lo común. El robot Da Vinci, una estructura metálica del alto de una persona y el aspecto de un montacargas, espera con sus brazos flexionados en el aire antes de comenzar la operación.

El robot Da Vinci fue adquirido por el Hospital Británico en 2011 y fue motivo de una fuerte polémica con el Ministerio de Salud Pública, que no permitía su uso bajo el argumento de que el mismo era solo para el sector privado. Después de meses de negociaciones el equipo comenzó a funcionar.

En septiembre se cumplieron las primeras 100 cirugías, realizadas a usuarios del Británico y los seguros privados, pero también a socios de mutualistas como el Casmu y pacientes del Hospital Militar.

Tras un tumor.

Quien yace dormida lista para la intervención es una mujer de poco más de 60 años. Tiene cáncer en un riñón y los cirujanos planean quitar el tumor sin extraer el riñón entero, algo que sí o sí harían si no utilizaran el robot.

Los cerebros del equipo serán Roberto Puente, profesor grado 5 de Urología de la Facultad de Medicina, y Fernando Abarzúa, instructor del Hospital Harthford de Connecticut, Estados Unidos, y codirector del Departamento de Cirugía Robótica del hospital con Gustavo Malfatto.

El Da Vinci no moverá un instrumento si uno de ellos no se sienta en "los controles", una estructura que funciona cual si fuera un videojuego.

Quien realiza la cirugía lo controla con dos dispositivos similares a un joystick que mueven "las manos" del robot en el interior del paciente y, en una pantalla que le proyecta imágenes delante de sus ojos, el cirujano va viendo por dónde ir y qué hacer. Si aparta la cabeza de esa suerte de consola el robot se detiene.

Todo sucede adentro de la persona. Sobre su abdomen tiene cuatro soportes cilíndricos de unos 15 centímetros de alto (trocares). Están fijos y le fueron colocados con cuatro pequeños cortes. Por allí entró aire para que hubiera espacio para maniobrar dentro suyo sin romperle tejidos.

Es por esos cuatro soportes por los que pasan los instrumentos del Da Vinci; varillas finas y largas en cuyos extremos hay dos pinzas, una suerte de bisturí y una cámara que lleva consigo su propia luz. Ninguno de estos cuatro elementos es más grande que la punta de una lapicera.

"Yo creo que esto es el tumor", dice uno de los cirujanos y en una pantalla, en la que se ve lo mismo que va viendo él, se aprecia una protuberancia sobre la superficie rosada del riñón. "Yo tengo dudas de que eso sea el tumor", dice el otro y los demás escuchan en silencio observando la pantalla sin opinar. "No fue ahí donde lo vimos en la tomografía", agrega.

El cirujano respeta la opinión de su colega y mueve los brazos del robot para recorrer otra zona del órgano a intervenir. Minutos después su compañero se retracta: "Sí, es ese el tumor. Está muy amplificada la imagen; indudablemente ese es el tumor".

Extirpar.

Son las 11 de la mañana, la cirugía comenzó a las 9 y desde entonces fueron atravesando con las pinzas del Da Vinci capa por capa de grasa hasta llegar a la zona indicada.

Una pinza sujetaba un tejido y la otra iba quemando y fundiendo una masa amarillenta. Así, más y más adentro, al tiempo que el tercer brazo retiraba del paso lo que se iba abriendo (un pedal le permite al cirujano cambiar de un brazo del robot al otro).

Llegó el momento. Hay que tapar la arteria del riñón para que no llegue sangre mientras se extirpa el cáncer. De lo contrario, el sangrado sería muy alto. Pero los cortes, la extracción y la sutura completa no pueden demorar más de 30 minutos, porque más tiempo sin recibir sangre podría dañar la función del órgano.

Antes de hacerlo, delimitan con la pinza el área por la que cortarán y dibujan un círculo en torno al tumor. El diámetro de ese círculo será también lo que corten hacia abajo, porque el tumor suele ser una esfera.

Una pinza aprieta la arteria y gritan a un integrante del equipo que comience a llevar el tiempo. Empiezan a cortar. El quirófano queda en total silencio: todos los ojos están mirando las pantallas y por fuera del cuerpo se ven los brazos del robot fijos al abdomen moviéndose lentamente sin el más mínimo desplazamiento brusco.

Cortan y siguen hacia abajo. "¿Cuánto vamos?" "Quince minutos", responden. Silencio. El tumor va siendo desprendido. El cirujano al mando lo mueve con la pinza para llegar a la zona más profunda, pero su colega le advierte: "no lo aprietes, solo tocalo de costado". El tiempo sigue corriendo; lo extraen por completo.

Martín Bertachi, el cirujano asistente, retira un brazo del robot y le coloca una varilla con una aguja y un hilo. Ingresan de nuevo y empiezan a coser el riñón que podrá seguir funcionando. Sueltan la arteria y observan. No sangra. La sangre llega al riñón y no se escapa por la herida. Todo salió bien.

No opera solo.

La cirugía se extiende una hora y media más, tiempo en el que los minúsculos instrumentos del Da Vinci terminan de suturar y fijar los hilos al tejido.

El último momento clave es quitar el tumor de adentro del cuerpo. Uno de los brazos introduce una bolsa de nailon plegada sobre sí misma. Cuando llega a la zona del riñón se abre como un paracaídas.

El brazo con la pinza toma el tumor y lo deja caer en la bolsa, que se cierra inmediatamente. Sobre la 13 horas retiran los brazos del Da Vinci; los pliegan y lo desplazan hacia atrás.

Prenden la luz y Bertachi tira de las piolas de la bolsa por uno de los soportes que siguen fijos al abdomen. El tumor salió del cuerpo.

Puente suelta una exclamación y sonríe. Tarea cumplida. Lo que en la pantalla se veía como una pelota de tenis no es más grande que el carozo de un durazno. Quitan los soportes y cosen los cortes. En minutos la persona ya podrá despertarse.

La función de sus riñones bajará 10%; si no hubieran usado el robot, bajaría al 50% y habría sangrado cinco veces más. Este tipo de cirugías también disminuye los tiempos de recuperación y las complicaciones.

Con cara de cansado, a media hora de que empiece una nueva operación, el cirujano asistente levanta la cabeza y sentencia: "No opera solo el robot". Y tiene razón.

Entre todos.

El cirujano gobierna los brazos del robot Da Vinci por medio de una consola que se parece a la de un videojuego. Ve por una pantalla y mueve instrumentos de un centímetro de largo en movimientos que tienen más amplitud que los que puede alcanzar la mano humana. Mientras se desarrolla la operación, un cirujano asistente manipula un aspirador; un instrumento similar al que utilizan los odontólogos para retirar la saliva. (foto superior). Con él quita la sangre de la zona en la que está trabajando el cirujano.

A través de robot, el cirujano como si tuviera a menos de un centímetro. Foto: J. Gari
A través de robot, el cirujano como si tuviera a menos de un centímetro. Foto: J. Gari

VENTAJA.


"Nos deja acceder a todos los rincones".


Fernando Abarzúa, de origen paraguayo formado en Estados Unidos, es una referencia en el uso del robot Da Vinci. En diálogo con El País explicó que la intervención presenciada se denomina técnicamente "nefrectomía parcial de riñón".

"Nefros significa riñón, ectomía es sacar un órgano. En este caso cuando se extrae una pequeña porción del riñón es lo que se conoce como nefrectomía parcial", ilustró, y agregó que a nivel mundial se recomienda que una intervención así se realice por medio de cirugía robótica y no con cirugía abierta (la convencional).

"La gran ventaja es principalmente cuando hay tumores que presentan un difícil acceso. El robot juega un lugar trascendental porque, al contar con cuatro brazos, nos permite acceder básicamente a todos los sitios anatómicos dentro del cuerpo", con un buen control del tumor.

El especialista contó también que no extraer el riñón por completo disminuye el riesgo de que la persona pueda tener enfermedades nuevas a futuro. "Existe evidencia clínica y científica de que al preservar el riñón evitamos comorbilidades desde el punto de vista cardiológico y renal, llámese hipertensión, insuficiencia cardíaca e insuficiencia renal".

Del block al aula de la Facultad de Medicina.


El equipo humano que opera con el robot Da Vinci tiene características propias. Tanto el instrumentista como el cirujano asistente recibieron entrenamiento para trabajar con un robot.

En la misma línea, el anestesista debe tomar precauciones extras y trabajan con equipamiento altamente sofisticado adaptado a las características de la intervención.

Asimismo, entre el equipo médico suele encontrarse un ingeniero eléctrico que monitorea que todo funcione correctamente; también tienen el soporte en Uruguay de la empresa fabricante, aseguraron. Todo lo que capta la cámara del robot es registrado por un disco duro.

Roberto Puente, grado 5 de Urología, y Gustavo Malfatto, codirector del Departamento de Cirugía Robótica, destacaron las bondades del equipo a nivel didáctico, ya que pueden transportar las imágenes registradas y exponerlas en clase.

Entre las operaciones que hicieron con el Da Vinci, la mayoría fueron urológicas (principalmente cáncer de próstata), pero también hubo cirugías ginecológicas, de tórax y por malformaciones congénitas. El trabajar en una consola también hace que operar sea más cómodo para el cirujano si la intervención es larga.

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