Algunos no aprendieron la lección

DIEGO FISCHER

Están los que se desviven por atender al cliente y hacen gala de cortesía y buenos modales. Y están los que parece que le hacen un favor a una persona que entra a un comercio y pregunta por un artículo, interesado en comprarlo. Los primeros cumplen correctamente con su función y - lo más importante- han entendido cuál es el papel que deben desempeñar al prestar un servicio y cómo deben hacerlo. Son en general oriundos de Maldonado, se los reconoce por la forma de hablar; casi tan castiza como la de los rochenses. En una suerte de milagro, han escapado a la influencia de la televisión argentina y sus emuladores uruguayos, que hacen del idioma un colector de palabras servidas. ¿No vio la moda de inventar verbos y conjugarlos todos en el mismo tiempo?

Pero lo cierto es que son muchos, aunque no todos, los que han comprendido la importancia que tiene el servir al turista. Y remarco lo de servir porque en nuestro país y hasta hace poco tiempo se confundía servicio con servilismo. O con tareas mal vistas y menospreciadas socialmente.

"Valer, ser de utilidad u obsequiar a alguien o hacer algo en su favor, beneficio o utilidad", son dos de las definiciones del término que figuran en el Diccionario de la Real Academia Española y entiendo que son las aplicables cuando hablamos de atención a los turistas. Desde el mozo de un restorán, al taxista, pasando por los empleados de una tienda o un supermercado, al diariero y todos y cada uno de los que en un hotel trabajan sin importar cuantas estrellas tenga, el cajero o el gerente de un banco, sirven. O deberían hacerlo. La mayoría de estas personas por vivir en una zona turística comprenden lo que significa una buena temporada. Nada más y nada menos que trabajo, prosperidad y posibilidades de progreso. Y quizás en la forma que cumplan con su tarea se juegue buena parte del futuro turístico del lugar y del Uruguay en su conjunto.

Se vuelve a aquellos lugares donde no sólo hay paisajes excepcionales, sino en los que lo han recibido bien a uno, lo han atendido con amabilidad y lo han despedido con una sonrisa o con un apretón de mano. El turista que retorna es aquel que cuando se marcha siente nostalgia y empieza a soñar inmediatamente con el regreso.

Todo esto viene a cuento porque la semana pasada en la playa escuché como un señor brasileño le contaba decepcionado a un compatriota suyo qué mal habían sido atendidos él y su mujer en el hotel que se hospedaban y en un restorán de La Barra al que habían ido a cenar la noche anterior, y el disparate que habían pagado por un pésimo servicio en ambos lugares. Se volvían esa tarde a San Pablo. "Eu no acredito", comentaba el interlocutor. "Sim, foi asim", sentenció el desafortunado visitante. ¿Dónde pasarán las próximas vacaciones este señor y su mujer?

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