Llegó a Uruguay por amor y hoy transmite tradiciones gastronómicas de su país

Olga y Cecilia, con la mamushka de galleta.
Nota a Olga Barbash con su Mamuska gigante hecha de galletas, Montevideo ND 20220505 foto Leonardo Maine - Archivo El Pais
Leonardo Maine/Archivo El Pais

HISTORIAS

Nació en Bielorrusia, es traductora y diseñaba páginas web pero hoy se dedica a la pastelería. Mañana presenta una mamushka gigante hecha de galletas para celebrar el Día de la madre.

Todo empezó cuando nació Ivana, su hija, y Olga Barbash, bielorrusa radicada en Uruguay, quiso hacer algo para ella: algo que la acercara a la cultura de su país, algo que la llevara a sus orígenes. Y entonces, sin saber nada de pastelería, hizo galletas de jengibre y con ellas formó una casa. Es que, en Bielorrusia, en Rusia, en Ucrania y en toda la zona, eso - las casas de galletas de jengibre- es una tradición: cuando llega Navidad construyen una ciudad de galletas y después hacen una feria.

Pero quizás todo haya empezado antes, incluso, cuando Olga se fue de vacaciones a Tailandia y el país le gustó tanto que quiso regresar. Y lo hizo y estuvo allí durante tres meses y en ese tiempo conoció a un uruguayo. Y se enamoraron y él la invitó a venir a conocer Uruguay y ella, que trabajaba de forma remota como diseñadora web y también como traductora de inglés, vino. Durante los primeros meses vivió un tiempo acá y otro en Bielorrusia. Pero llegó un día en el que se quiso quedar y fue acá, en Uruguay, donde nació Ivana y donde otro día quiso hacerle algo que la conectara con sus orígenes y entonces hizo galletas de jengibre y con ellas formó una casa. Y después alguien la vio y le hizo un encargo y ella, que se había separado de su marido, pidió prestados 2.000 pesos para comprar los ingredientes y la hizo.

Esta es la historia de Olga, una bielorrusa que vive en Uruguay desde 2012 y que no sabía nada sobre pastelería pero un día dejó su trabajo como diseñadora web y decidió dedicarse a a las tortas y a las galletas. Y que ahora, también, enseña sus recetas.

Mamushka de galleta hecha por Olga
Mamushka de galleta hecha por Olga. Foto: L. Mainé.

En 2019 hizo su proyecto más ambicioso: un Palacio Legislativo en tres dimensiones de galletas de jengibre que medía un metro por un metro. Lo hizo porque sí. Porque a través de ese proyecto terminaba de unir el país en el que nació con el que, hoy, considera su casa.

Ahora, su nuevo proyecto es una mamushka gigante hecha de galleta para celebrar el Día de la madre que será presentada mañana entre las cinco y las siete de la tarde en Dakota (21 de Setiembre 2752, Montevideo).

Detrás de esa galleta gigante, de esa mamushka perfecta, detrás de los detalles, de los colores y de las flores, hay y 50 horas de trabajo a lo largo de siete días, 18 personas (Olga y sus alumnas), 250 gramos de especias, 15 kilogramos de glasé, 18 kilogramos de harina, 10 de azúcar, cuatro de manteca, 20 huevos, 30 kilos de masa y una receta que solo Olga sabe preparar.

Porque sus recetas, dice, son solo suyas: tienen una base en la pastelería rusa, pero después todo se trata de probar, combinar especias y sabores y volver a probar hasta encontrar, finalmente, una galleta que no se parezca a ninguna otra.

Allá y acá: Bielorrusia y Uruguay

Hace tres años y medio que Olga tiene un espacio para cocinar y dar sus clases en el local de repostería Me gusta, Te gusta, de Cecilia Firpo.

El 26 de abril Olga cumplió 38 años y lo pasó allí, trabajando en su mamushka. Ese día, mientras ella cocinaba y decoraba, empezaron a llegar sus alumnas y también su hija y también Cecilia. Y le llevaron flores y regalos y ella sintió que era un gran cumpleaños, uno de los más especiales de su vida.

Porque Olga, que en Uruguay no tiene a nadie más que a su hija Ivana, cree que toda esa gente que se acercó para celebrarla y acompañarla, es, acá, a 12.450 kilómetros de Bielorrusia, su familia. También cree que Uruguay es su lugar. En Bielorrusia, dice, lo único que le queda es su mamá.

“Yo me vine en 2012. Pero antes ya estaba viviendo en Tailandia. Entonces lo que yo conozco de mi país quedó en 2010. Y en estos años ha cambiado mucho, así como también he cambiado yo, porque ahora pienso distinto, ya no soy la misma que llegó. Entonces cuando voy a Bielorrusia me cuesta reconocerla. No me siento en casa allí, me siento en casa acá. Y no es que no extrañe. Yo siento nostalgia de mi vida allá, pero ahora eso es un país que ya no existe”, dice.

Y eso que ya no existe dejó de existir en 1991: la Bielorrusia de Olga es la Bielorrusia que perteneció a la Unión Soviética, URSS.

“Cuando yo era chica te enseñaban a querer a la URSS, no a tu país. Entonces mi patriotismo es por la URSS. Mi mamá es ucraniana y mi papá es ruso, yo nací en Bielorrusia. Para nosotros la URSS fue una parte muy importante de nuestras vidas, pero ahora todo es muy diferente. Yo miro películas sobre la URSS, escucho música rusa, ucraniana y bielorrusa, pero ya no siento que mi casa esté ahí, simplemente porque lo que fue mi casa ya no está”.

Bielorrusia y Uruguay son diferentes, dice Olga. Y sobre todo se refiere a la libertad. Acá, explica, “podes ser de la forma que quieras, podes expresarte, podes venir de cualquier parte”. Acá, dice, todo es más abierto. Allá no. Allá, dice, es más reservado, nada sale al exterior: todo es hacia adentro.

A Olga le alegra que la guerra entre Rusia y Ucrania la haya encontrado en Uruguay. No por la distancia, sino por las consecuencias. Porque acá, dice, nunca se ha sentido discriminada por ser de donde es, como sí le ha sucedido a algunos colegas suyos que viven en Europa y fueron despedidos de sus trabajos por ser de procedencia rusa.

Sin embargo, lo que está sucediendo la afecta directamente: su madre es ucraniana y, aunque vive en Bielorrusia, una de sus tías aún está en Ucrania, en el centro del conflicto.

“Como nosotros hay un montón de gente que está ahí y no puede hacer nada más que esperar a que esto se termine. Es muy triste, pero lo que está pasando no es elección de las personas que viven en Rusia o en Ucrania, la gente no tiene nada que ver”, dice.

Ella, que pensó el proyecto de la mamushka de galletas en 2020, pero que por la pandemia no pudo desarrollarlo, se preguntó muchas veces si correspondía hacerla ahora, justo ahora. La mamushka -una muñeca que contiene en su interior a otra de menor tamaño, y esta a otra y así sucesivamente- es, sobre todo, un símbolo de la cultura rusa. Pero después entendió: la mamushka también es un símbolo de maternidad, de descendencia, de unión. “Es representativa de mi cultura y mi cultura no tiene nada que ver con esta guerra. La mamushka son madres, mujeres, niños, personas”.

Olga trabajando en la mamushka
Olga trabajando en la mamushka. Foto: L. Mainé

Animarse

Olga habla un español con rastros de otra lengua. Tiene la piel blanca y el pelo rubio, los ojos verdes y grandes.

Es un jueves por la mañana y, en el local de Me gusta, Te gusta —el lugar que de a poco transformó en su mundo— hay un banner con el logo de su marca, Aulga, que es una casa de galletas de jengibre. Sentada allí, frente a la mamushka gigante y colorida que se sostiene parada sobre una base, Olga dice que todo lo que ha logrado —tener un espacio, un horno, una marca, unas alumnas— se debe a la insistencia.

“Durante años me preguntaban: ¿sos profesora, traductora, invertiste en tu educación y te vas a dedicar a cocinar? Yo empecé sola, sin ningún apoyo. Pero estaba segura de que esto era lo que me gustaba, así que lo hice. Y siempre tuve que golpear puertas e insistir para que se animaran a probar mis cosas, que son raras porque no tienen nada que ver con lo uruguayo. Yo soy una bielorrusa que vive en Uruguay, no puedo hacer alfajores de dulce de leche”.

Cecilia, al frente de Me gusta, Te gusta, es argentina de madre uruguaya y se dedica a la pastelería hace más de 25 años. Dice que ella y Olga se complementan: que hacen lo mismo pero diferente, que las tortas de Olga no se parecen a ninguna otra y que sus sabores son “fuera de lo común”. Y lo dice así - fuera de lo común- porque se trata de sabores que a los uruguayos les cuesta animarse a probar: una torta de menta y frutilla o una de lavanda y limón o un huevo de pascuas de chocolate blanco con matcha.

Sin embargo, alcanza con que se animen: con que se acerquen y prueben y aprendan sus recetas y aprendan de ella. “Yo tengo 50 alumnas que vinieron y probaron y ahora hacen mis tortas. Cuando te das cuenta de que estás abriendo el paladar de otro país, es un viaje y es impagable. Yo me siento orgullosa de este logro”, dice. Alrededor alguien está preparando una torta. La luz del sol apenas entra a través de unas ventanas cubiertas por cortinas blancas. Si una se acerca a la mamushka, siente un aroma particular: se parece a la miel, pero no tanto.

Un vínculo que ya es familiar

Olga y Cecilia se conocieron a través de una conocida en común y hace tres años que trabajan juntas: Olga fabrica sus productos y da clases en el local de Cecilia, Me gusta, Te gusta. “Ella para mí hoy es mi familia”, dice Olga. Y Cecilia agrega: “Damos clases en talleres juntas. Nos complementamos muy bien. Sus alumnas la quieren mucho y saben que ella acá no tiene familia entonces siempre están pendientes de saber si necesita algo”.
La mamushka es un proyecto de Olga pero, al igual que cuando hizo el Palacio Legislativo, Cecilia la ayudó. “Yo siempre estoy para hacer realidad sus locuras”.
Olga, que está por recibir el título de sommelier de chocolate de un instituto de Inglaterra, dice que tiene muchos proyectos en mente y está dispuesta a hacerlos realidad.

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