Por Claudia Guimaré

Mamá estimula: Antes no es mejor; los peligros de hacer quemar etapas a los niños 

Claudia Guimaré explica cómo el paradigma del “antes es mejor” no sólo carece de fundamento científico, sino que además, puede ser muy contraproducente para el desarrollo de los niños

madre e hija
Foto: Pixabay

Cuando mi hija ingresó al jardín de infantes, con 2 años recién cumplidos, el segundo día de clase le dijo a sus compañeritos “aplaudan chicos que llegan las maestras!!!”. Los demás papás y mamás quedaron helados ya que la enorme mayoría de los chicos hablaba muchísimo menos, y yo, confieso que aunque me puse roja, la verdad es que en el fondo estaba orgullosa.

Pero cuando la mamá de Dante contó oronda que su hijo ya contaba hasta 30 y cuando la mamá de Francisco dijo que él ya había dejado los pañales y todas las demás mamás comenzaron a felicitarlas, empecé a pensar que algo no andaba bien. Sin embargo nadie se enorgullecía de cuantos dientes le habían salido a su hijo a la fecha por ejemplo, pero sí de otras cuestiones como cuándo había empezado a caminar, a hablar, a contar etc. No sólo era motivo de orgullo ver anticipadamente cuestiones de desarrollo cognitivo entonces sino también algunos de tipo motriz. Pero cuáles sí y cuáles no, y por qué, era un misterio.

Al parecer, la delgada línea roja se trazaba entre aquellas cosas cuyo devenir no necesitaba intervención humana alguna y otras en las que supuestamente, la estimulación de los padres dejaba su huella, y allí era pues entonces donde empezaba el orgullo y la competencia, incluso a riesgo de cometer graves errores (como el tan común de creer que el pañal “se quita” porque es algo que puede “entrenarse” y no un proceso psicológico y sobre todo fisiológico fuera de nuestro control y tan absurdo de pretender acelerar como pretender adelantar la llegada de la primera menstruación en nuestra hija pre adolescente).

Pero este paradigma del “antes es mejor” no sólo carece de fundamento científico, sino que además, puede ser muy contraproducente para el desarrollo de los niños, como por ejemplo, los casos de retenciones urinarias y de materia fecal que a veces hasta terminan requiriendo internación, a causa de esas quitas del pañal forzadas antes de tiempo.

Está claro que hay tiempos promedio o “normales” de desarrollo, entendiendo “normales” como concepto estadístico (no moral), es decir, relativo a la distribución normal de dicho fenómeno en la población (lo que en matemática se conoce como la Campana de Gauss). En este sentido, cruzando dos variables (por ejemplo, edad y abandono del pañal), podremos ver que la mayoría de los niños lo hará alrededor de los 3 años, pero algunos, los que quedarán ubicados a los costados de dicha gráfica, lo harán antes o después. Y esto, no significa nada muy distinto que decir que la mayoría de la gente que juega a la lotería no ganará nunca nada, y otros pocos sí, por ejemplo. Salvo claro, que nos salgamos completamente de los parámetros esperados, y entonces, sí, tendremos una anomalía estadística, un problema, por el que consultar a un especialista.

Pero el verdadero problema en la mayoría de los casos es que los padres no sabemos a ciencia cierta cuál es la “distribución normal” en la población de niños de cada hito de desarrollo, y por ende, nos guiamos por lo que escuchamos de amigos y de otros padres a la salida de la escuela. Y al parecer, los que más comentan son los padres de aquellos niños que los alcanzan primero, los que quizá estén en estos extremos menos probables de la gráfica. Y ahí es donde comienza la confusión: cuando tomamos esos extremos como lo más “normal” cuando quizá no lo son, y establecemos contra ellos la comparación, preocupándonos sin razón, simplemente por desconocimiento, y por competencia de que no todos dejen el pañal o hablen muchísimo a los 2 años o cuenten hasta 30 a los 3.

Pero además, lo que debemos tomar en cuenta, es que a parte de aquellas cuestiones cuyo suceso está pautado por el desarrollo biológico (como el sentarse, el caminar, el hablar, el dejar el pañal, entre muchas otras), el aprendizaje en general en los niños se da, como bien estipuló hace ya casi un siglo María Montessori, en períodos sensibles.

¿Qué son éstos? Son etapas que duran más o menos tiempo y en las que los intereses del niño se concentran en determinadas cosas, dejando en un segundo plano todo lo demás. Algo así como que si mirásemos la tierra desde el espacio y viésemos cómo según avanzan las horas se van iluminando distintas partes del globo terráqueo a medida que avanza la noche en distintos meridianos, podríamos ver perfectamente cómo en una misma hora, se iluminan partes de Rusia mientras se apagan otras… y sin embargo, estamos viendo el mismo país.

Eso mismo sucede con el cerebro de los niños. En algunos momentos su interés se volcará hacia la clasificación de objetos y en otras, hacia lo artístico por ejemplo. Y en cada niño, estos períodos se presentarán en diferentes momentos y durarán distinto también. Y si nosotros queremos que aprenda determinada cosa cuando esa zona está aún en penumbra para él, sólo lograremos frustrarle e ir contra sus intereses (y nada peor para olvidar algo que te obliguen a aprenderlo cuando no te interesa en absoluto) y privarlo de aprender todo lo que podría haber aprendido de aquello que en su cabecita se estaba iluminando en ese momento y que sí podría haber adquirido de forma natural y con genuino interés.

Por eso, la pregunta de “¿para qué edad?” cuando compramos juguetes o materiales didácticos, a veces es tan inútil como la de “¿para niño o niña?” Porque si bien está claro que por lo general (lo “normal” según el señor Gauss), a la mayoría de los niños de 4 años, le será imposible completar un puzzle de 100 piezas, a algunos poquitos quizá no. O un documental para adultos sobre animales submarinos, para la mayoría de los menores de 5 años, será “un embole” y para algunos, como para mi hija, a quien le aburre leer pero habla como adulto, será “alucinante”.

Más aun, forzar a los niños a pasar hacia una etapa para la cual no han madurado constituye una forma de violencia naturalizada socialmente, sostiene Berna Iskandar, coach en crianza, y asegura que desde nuestra ignorancia sobre la naturaleza de la infancia y sus reales necesidades, los adultos generamos interferencias y así, en lugar de favorecer el desarrollo de seres humanos autónomos y seguros de sí mismos, generamos seres carenciados, inseguros, y llenos de miedos, niños en cuerpos adultos que se quedan fijados en la carencia de necesidades esenciales nunca satisfechas. ¡Y no con mala intención, sino creyendo que están educando a hijos fuertes y seguros!

El gran problema de nuestra sociedad actual es que no está dispuesta a esperar por los tiempos naturales, reales de maduración del niño. Escuelas que exigen dejar el pañal para ingresar a salita de 3, que todos salgan de primer año leyendo, que todos aprendan matemáticas el mismo día…. Escuelas de doble horario, diseñadas pensando en la comodidad y necesidad de los padres y madres que trabajan más que en las necesidades del niño y que le exigen por ende una jornada laboral de 8 o 9 horas con pocos recreos desde la más tierna infancia. Padres y madres que además llenan la agenda de sus hijos con actividades extracurriculares donde al final, de lunes a viernes entre la jornada completa y las clases de piano, taekwondo, idiomas y danza, no queda tiempo para jugar… o no queda fuerza para hacerlo.

¿Qué clase de sociedades estamos formando a partir de infancias sistemáticamente sobreexigidas, cuyas necesidades reales han sido desoídas, insatisfechas y violentadas?” se pregunta Iskander. Y tiene razón.

Informémonos más sobre los hitos de desarrollo con profesionales expertos. Consultemos al pediatra y no forcemos el desarrollo para enorgullecernos de la velocidad crucero a que avanza nuestro pequeño.

Pero por sobre todo, como dice Iskandar, “si quieres saber en qué medida tu hija o tu hijo está listo o no para adquirir un nuevo hito de autonomía, solo tienes que observar y hacer caso a las ventanas de oportunidad que te irá mostrando en la medida en que vaya madurando, en lugar de hacer caso a lo que los demás (expertos u opinólogos) te digan”.

En definitiva, lo mejor que podemos hacer es centrar el punto de referencia en nuestro propio hijo y no en el ajeno. Los niños son los verdaderos expertos en qué pueden y qué no hacer en cada momento. Por supuesto que su desarrollo se da en la interacción con nosotros y los demás seres que los rodean y por ende, recibiendo estímulos del medio y reaccionando ante los mismos, y que cuanto más rica sea su experiencia en tal sentido, mejor será su desarrollo, pero debemos confiar en ellos.

Un niño nunca pide lo que no necesita. Si no creamos interferencias, la sabiduría filogenética del niño se encargará de hacer que demande exactamente lo que precisa de ti en cada momento para desarrollarse bien. Y ante la duda, están los expertos. No las demás mamis del colegio.

CONOCÉ A NUESTRA COLUMNISTA
Claudia Guimaré
Claudia Guimaré
La socióloga uruguaya y especialista en marketing y comunicación es la fundadora de Mamá estimula. En el grupo que administra desde Argentina, comparte materiales educativos y soluciones para padres.

Conocé cómo Mamá Estimula puede auxiliarte en la crianza de tus hijos.

Reportar error
Enviado
Error
Reportar error
Temas relacionados