Javier de Haedo
Una seguidilla de episodios puso sobre el tapete de la opinión pública no especializada la cuestión de la inserción internacional de nuestro país. La idea (de algún modo hay que llamarla) de crear una moneda común entre nuestros vecinos; la desubicación del ministro Sergio Massa sobre la situación relativa de nuestro país entre sus vecinos; las gaffes de Alberto Fernández en ocasión de la reunión de la Celac; el propio desarrollo de esa asamblea, donde destacó una vez más nuestro presidente llamando a las cosas por su nombre y la respuesta que más tarde dio a los dichos del ministro lenguaraz; y, finalmente, la presencia del presidente Lula da Silva en nuestra capital.
Dejando de lado las anécdotas, que Argentina pretenda compartir una unidad monetaria con otro u otros países es de Ripley (o de Disney), cuando ellos, consigo
mismos, no lo hacen, en los hechos, al tener numerosos precios para el mismo bien, la moneda extranjera. ¿Cuál es el valor del peso argentino? No existe una respuesta única para esta pregunta, ni cinco, ni diez. Finalmente, se impuso la sensatez y el tema quedó para ser tratado “en el largo plazo” cuando, como se sabe, estaremos todos muertos.
Tampoco es tarea fácil armonizar monedas de países con condiciones macro económicas tan dispares, empezando por la inflación. Debe darse para ello un necesario proceso previo de coordinación y convergencia entre los países, que, como tantas cosas que quedaron en promesas, se previó hace más de 30 años cuando se fundó el Mercosur.
Ni qué hablar de las restricciones al comercio que impone, mayoritariamente pero no sólo, Argentina. Los tipos de cambios múltiples, los impuestos que gravan las exportaciones, las restricciones de facto a importar libremente, son casos notorios de violaciones flagrantes de las reglas del bloque. En menor medida, Brasil y nosotros tenemos nuestras propias macanas, pero son peccata minuta al lado de las argentinas.
También resultan muy diferentes al argentino los procesos políticos en Uruguay y Brasil, donde las expectativas económicas previas y posteriores a cada elección, no permiten advertir mínimos cambios en materia macroeconómica, aun cuando los relevos de gobierno se dan entre partidos con ideas políticas enfrentadas. Así pasó, en el caso más reciente, en la transición entre Jair Bolsonaro y Lula da Silva.
Volviendo al principio, lo más destacado de la sucesión de hechos relatada en el párrafo inicial consistió en la reunión entre Luis Lacalle Pou y Lula da Silva en Montevideo, donde hubo coincidencias entre ambos acerca de los caminos a transitar para que el Mercosur sea más abierto y moderno. Nuestro presidente salió de esa reunión pudiendo ratificar su política de inserción internacional, por lo que podrá dar impulso a las líneas de trabajo que ya están iniciadas.
A todo esto, ¿cómo cerraron el año pasado nuestros vecinos y cuáles son sus perspectivas para el actual?
Argentina terminó 2022 con la inflación en 95%, casi duplicando el registro del año anterior (51%). La brecha entre el dólar oficial y el “blue” promedió diciembre en el 88%. Las finanzas públicas, contando todo y sin maquillajes, tuvo un desbalance cercano a los diez puntos del PIB. Y en materia de actividad económica, con datos del EMAE (indicador mensual de actividad) hasta noviembre, se habría registrado un crecimiento económico de 5,7%, pero la mayor parte de este número (4,5%) se debió al arrastre estadístico desde 2021. O sea que el crecimiento “propio” de 2022 fue insignificante, y además terminó el año mal, con tres descensos sucesivos en el indicador referido, dejando un arrastre nulo para 2023.
Las perspectivas para Argentina en este año no son buenas. Los años impares, de elecciones, suelen mostrar mejorías en la actividad económica producidas por expansiones fiscales. Si se cumpliera este año esa regla, habría un moderado crecimiento económico, pero no habría mejorías fiscales, por lo que el Tesoro seguiría requiriendo de transferencias desde el Banco Central. Más allá de represiones transitorias de precios pensadas en moderar la evolución del IPC, la inflación no debería bajar del entorno del 100% en el que se encuentra. Tampoco debería moderarse la brecha cambiaria referida. Aunque podría haber mejorías después de las elecciones internas (PASO) previstas para agosto, según cómo se anticipe el resultado de las elecciones generales de octubre, y el gobierno resultante de ellas. La expectativa de un gobierno más sensato le puede aliviar las cosas al saliente. Al contrario de lo que ocurrió en 2019, con uno menos sensato.
En Brasil el panorama es más sencillo. La inflación, en caída, cerró el año en 5,8% pero la inflación subyacente todavía estaba en 8,3%. El dólar está por encima de los promedios históricos en términos de tipo de cambio real, pero acorde a incertezas fiscales, políticas y en materia de reformas. La situación fiscal mostró un superávit primario de 1,3% del PIB en 2022 y una nueva reducción de la deuda bruta del gobierno general (4,8 puntos del PIB). Y en materia de actividad económica el IPC BR (indicador mensual de actividad) con datos a noviembre apunta a un crecimiento de 3,0% en 2022, la mitad del cual se debe al arrastre estadístico desde el año anterior. Después de julio este indicador entró en descenso, previéndose que deje un arrastre nulo para el año en curso.
Sus perspectivas para 2023, según la encuesta Focus publicada el lunes 30, apuntan a un crecimiento económico muy moderado, de 0,8%, con la inflación estable (5,7%) y el dólar terminando el año en magnitudes no muy diferentes a las que terminó 2022 (BR$ 5,25). También se espera un deterioro fiscal del orden de 2,5% del PIB en el resultado primario.