Hace dos semanas, cuando la guerra en Medio Oriente apenas llevaba unos días, el ministro Gabriel Oddone definió acertadamente la situación derivada de ella como un “shock negativo de términos de intercambio”, en la medida en que, previsiblemente, el precio de nuestro principal rubro de importación, el petróleo, venía subiendo bastante más que los precios de nuestras exportaciones. En cuanto al frente financiero, expresó que aún era temprano para saber qué habría de ocurrir, en la medida en que ello dependería de la extensión de la guerra y en particular del cierre del Estrecho de Ormuz.
A todo esto, ¿qué es un shock externo? Un shock externo, positivo o negativo, es un fenómeno exógeno a la economía local que da lugar a un impacto significativo en ella. Ese fenómeno puede tener naturaleza económica o no, como en una pandemia, o en un fenómeno de naturaleza climática (inundación, sequía), o en uno de sanidad animal o, como ahora, en una guerra.
Y, entre los de naturaleza económica, los hay de origen regional y de origen global. Entre los primeros, un cambio significativo en el valor de la moneda de un país vecino, o una crisis económica en uno de ellos, o, más en boga en nuestro continente en los últimos años, las corrientes migratorias. Mientras tanto, entre los de origen global se destacan los cambios abruptos en los precios de exportación o importación, el comportamiento de las tasas de interés y las recurrentes crisis financieras.
Ante un shock exógeno, de cualquier signo, y ante la necesidad de adoptar medidas de política económica, corresponde considerar su naturaleza,
transitoria o permanente. Y, acto seguido, establecer la estrategia que minimiza el riesgo de equivocarse.
Por eso, ante un shock positivo, lo ideal es considerarlo transitorio, ya que, si al fin resulta permanente, se habrá estado mejor de lo esperado. Si, por el contrario, se lo asume permanente y luego resulta transitorio, se habrá “vendido la piel del oso antes de cazarlo”. Como quien un día recibe un ingreso ocasional (un nuevo cliente o un acierto en un juego de azar) y actúa como si se tratara de algo permanente.
Contrario sensu, si el shock es negativo, lo mejor es considerarlo permanente y si después resulta que no lo era, se podrá aprovechar haber tomado los recaudos del caso. Si, en cambio, se supone que la mala noticia es transitoria, y resulta que se extiende en el tiempo, se tendrá que tomar medidas de ajuste más tarde y más profundas.
¿Qué cabe esperar de un shock externo negativo como el actual? Un fenómeno de esa naturaleza, afecta al ingreso de un país. Simplificando, se puede señalar que el país que recibe un shock exógeno negativo se vuelve algo más pobre que antes de que ello ocurriera. Y esto no resulta inocuo, trae consecuencias. Pueden verse afectados el PIB y el empleo, puede haber una corrección cambiaria (un mayor tipo de cambio), puede aumentar la inflación y bajar el salario real, puede haber un impacto fiscal negativo.
Esas consecuencias serán probablemente mayores en una economía con mayores rigideces que en una más flexible. Veamos dos ejemplos al respecto.
Uno, en materia cambiaria. Ante la necesidad de ir a un tipo de cambio más alto, ello será factible en un contexto de tipo de cambio flexible y no lo será en uno de tipo de cambio fijo, como fue el caso de la convertibilidad argentina de los noventa o el de las tablitas rioplatenses de finales de los setenta y comienzos de los ochenta.
Dos, en materia salarial. Una caída en el nivel de actividad, seguramente será acompañada de una en la masa salarial, que es el producto del salario y el empleo. Cuanto más rígidos sean los salarios, más se verá afectado el empleo. Justamente por esta razón, en el año 2020 en medio de la pandemia, el gobierno acertadamente convocó a empresas y sindicatos a pausar los aumentos salariales en lo que se llamó “el año puente”. Con ello se buscó minimizar el impacto del shock de entonces, sobre el empleo. La actual institucionalidad salarial es mejor que la de otrora para lidiar con estos shocks, en la medida en que no hay un traslado inmediato de precios a salarios y a que eventuales “gatillos” tienen en cuenta a la inflación subyacente, que excluye a la energía.
Es decir que, en ambos casos, nuestro país se encuentra mejor parado que en el pasado para enfrentar shocks externos negativos si bien sus efectos se habrán de sentir de todos modos.
¿Qué ha pasado en las primeras dos semanas de la guerra en Medio Oriente? Y me refiero a dos semanas ya que, como siempre, envío esta columna al diario el lunes 16, anterior al de la fecha de su publicación.
En el mundo se ha apreciado considerablemente el petróleo, que pasó, redondeando, de 72 a 104 dólares el barril Brent y denotando una volatilidad inusual, como ha ocurrido con casi todos los precios. En el caso de otras materias primas, los minerales no han mostrado una tendencia definida, manteniéndose en promedio estables, mientras que los granos han mostrado tendencias alcistas con variaciones mucho más moderadas que la del petróleo.
En cuanto a las divisas, el índice del dólar versus las principales monedas pasó de menos de 98 a más de 100, reflejando un fortalecimiento del dólar que es habitual en contextos como el actual.
La tasa de interés de los bonos de EE.UU. a 10 años no ha parado de subir, desde menos de 4% a casi 4,3% en estas dos semanas, incorporando mayores expectativas de inflación. Para la Reserva Federal se profundiza el dilema entre bajar la tasa por el impacto negativo en la actividad y el empleo o subirla por la incidencia en la inflación.
Consistentemente, también cayeron los precios de las acciones, ante un escenario que se ha visto deteriorado en la quincena referida.
En el caso de nuestro país, el dólar subió 2,2 pesos (casi 6%), pero sólo la mitad se debió al fenómeno global (es decir, acompañó el fortalecimiento del dólar vis a vis una canasta relevante de monedas) y la otra mitad se originó en la flexibilización de la política monetaria local.
Y en cuanto a los combustibles, la regla de ajustes vigente desde julio pasado establece ajustes bimensuales (el próximo el 1° de mayo) con un tope de 7%.
El tiempo dirá, como expresó el ministro Gabriel Oddone, cuál será la extensión de la guerra y cuáles serán los efectos que se irán desarrollando. Y las medidas a adoptar.