Durante algunos años, el hidrógeno verde ocupó un lugar destacado y, para algunos analistas, sobredimensionado dentro de la narrativa de la transición energética y del conjunto de tecnologías consideradas necesarias para avanzar hacia una economía de cero emisiones, al ser presentado simultáneamente como una alternativa para descarbonizar la industria pesada, transformar el comercio internacional de energía, habilitar una nueva plataforma exportadora para países con abundancia de recursos renovables y abrir una nueva oportunidad de desarrollo industrial. Detrás de ese posicionamiento, coexistían una fuerte expectativa tecnológica y también una lectura política más profunda, vinculada a la búsqueda de una opción capaz de compatibilizar reducción de emisiones y crecimiento económico.
Esa expectativa de desarrollo acelerado del hidrógeno verde no desapareció, aunque comenzó a mostrar una trayectoria sustancialmente más lenta de la prevista a medida que el mercado global de proyectos ingresó en una etapa de enfriamiento caracterizada por cancelaciones, postergaciones, reducción de escala y revisión de portafolios. En ese marco, la distancia entre los anuncios políticos y la narrativa inicial fue dando lugar a una realidad bastante menos dinámica, ya que, conforme los proyectos avanzaron hacia fases de mayor exigencia técnica, financiera y comercial, se hicieron más visibles las restricciones estructurales que presentaba el sector. Los costos permanecieron elevados, la demanda final no terminó de consolidarse, la infraestructura necesaria avanzó con lentitud y la brecha entre el impulso político inicial y la viabilidad económica efectiva se amplió de forma progresiva.
Este proceso coincidió, además, con un cambio geopolítico de alta relevancia. El inicio de la nueva administración en Estados Unidos en 2025 marcó un punto de inflexión al contexto que había acompañado al hidrógeno verde durante los cuatro años previos, dado que una parte significativa del impulso recibido por el sector en ese país se había sustentado en la hipótesis de que la política industrial y climática podía crear condiciones de escala, previsibilidad y demanda. Tales condiciones habilitantes comenzaron a debilitarse cuando Washington dejó de aportar una señal de continuidad de las políticas de incentivo, con el consecuente repliegue de fondos, la revisión de prioridades y el cuestionamiento político de los instrumentos que habían sido centrales en la administración anterior. Todo lo anterior no solo afectó proyectos concretos, sino que también deterioró la percepción de que el hidrógeno limpio pasaría a integrar un rol protagónico en la estrategia sectorial de la principal economía occidental.
Aun así, resultaría incorrecto atribuir exclusivamente a la administración Trump la responsabilidad por el enfriamiento de la cartera global de proyectos de hidrógeno, porque la desaceleración ya se encontraba en curso y el cambio de administración operó más como un factor para la desaceleración que como una única causa originaria del problema. En términos más estructurales, lo que comenzó a observarse fue el pasaje del hidrógeno desde una fase dominada por la narrativa tecnológica y política hacia otra condicionada por restricciones de mercado, momento en el que adquirieron mayor peso la necesidad de contratos concretos, la existencia de compradores efectivos, se empezaron a materializar los costos financieros incorporando una percepción más realista de los riesgos de proyecto y de mercado, las limitaciones para evacuar producción y las brechas persistentes en redes, terminales, almacenamiento y cadenas de suministro. A partir de allí, el componente discursivo perdió capacidad para sostener expectativas de despliegue y el mercado comenzó a operar con criterios más selectivos, dejando en evidencia que una parte relevante del portafolio global seguía sustentándose principalmente en expectativas y que una fracción significativa de los proyectos enfrentaba un riesgo de mercado considerable.
La corrección a la baja resultó, en consecuencia, severa. Empresas que algunos años antes competían por posicionarse en el nuevo mapa del hidrógeno comenzaron a revisar estrategias, postergar decisiones y concentrarse en un número menor de iniciativas, mientras los desarrolladores dejaban de poder apoyarse exclusivamente en el atractivo de una tendencia de largo plazo y debían empezar a justificar rentabilidad en horizontes de corto y mediano plazo, precisamente en un contexto en el que las tasas de interés, la inflación y la incertidumbre regulatoria hacían más compleja cualquier inversión intensiva en capital. De este modo, el sector dejó atrás la etapa en la que bastaba con participar del mercado y atraer capital; y pasó a otra en la que la continuidad depende de optimizar portafolios, reducir exposición y asumir que no todo lo anunciado llegará efectivamente a materializarse.
En ese contexto global, la nueva suba del precio del petróleo vuelve a otorgar una ventana de visibilidad al hidrógeno en la agenda internacional, no porque el encarecimiento del crudo resuelva los problemas asociados a la producción de hidrógeno, sus derivados o su mercado, sino porque reposiciona a la seguridad energética como uno de los determinantes centrales de la agenda energética global. Cuando el precio del petróleo aumenta de forma abrupta y la geopolítica vuelve a evidenciar la fragilidad del sistema fósil, las alternativas tecnológicas para la sustitución de fuente fósil recuperan centralidad, mientras la dependencia de cadenas extensas, rutas vulnerables y mercados concentrados reaparece como un problema económico y estratégico. Cada crisis energética vuelve así a mostrar que la transición no avanza únicamente por razones climáticas, sino también porque el sistema energético convencional presenta una exposición creciente al conflicto, a la disrupción y a la volatilidad de los precios.
En ese marco, el hidrógeno podría encontrar una nueva ventana de oportunidad en la medida en que el encarecimiento del petróleo le devuelve centralidad política y refuerza el argumento de que puede constituir un instrumento de diversificación, seguridad energética y autonomía estratégica. Sin embargo, el alcance de ese cambio de contexto debe dimensionarse con precisión, ya que el precio del petróleo puede mejorar el entorno político para revitalizar los proyectos de hidrógeno, pero no modifica su competitividad estructural. La economía del hidrógeno verde depende en mucha mayor medida del costo de la electricidad renovable, del acceso al financiamiento, de la escala industrial, de la capacidad de transporte y de la existencia de demanda firme que, de la evolución relativa del precio de la molécula de hidrógeno respecto al hidrógeno de origen fósil, por lo que un aumento del precio del crudo no resulta suficiente, por sí mismo, para transformar en viables proyectos que no lo eran previamente. La economía del sector sigue siendo exigente y su desarrollo continúa dependiendo de variables considerablemente más complejas que una modificación coyuntural en los precios del petróleo y gas.
Por esa razón, el retorno del hidrógeno a la discusión internacional no debería interpretarse como una reedición del entusiasmo inicial, ya que lo que hoy se observa no es una promesa tecnológica general orientada al cumplimiento de metas climáticas, sino una competencia mucho más concreta por las capacidades industriales asociadas a la cadena de valor. El eje del debate se ha desplazado y la cuestión central ya no reside únicamente en quién dispone de mejores recursos renovables, sino en quién es capaz de construir una base manufacturera, asegurar insumos críticos, desarrollar electrolizadores, articular puertos, adecuar marcos regulatorios, generar demanda local y sostener una estrategia de largo plazo orientada a su desarrollo interno.
En términos más amplios, el hidrógeno dejó de ser solamente un tema vinculado a la transición energética y pasó a integrarse en una disputa industrial con un mayor alcance.
Bajo ese nuevo marco, China e India están ganando peso en el desarrollo industrial del hidrógeno, porque están generando condiciones concretas para la existencia de un mercado. China aporta escala manufacturera, capacidad tecnológica y producción de equipos, mientras India impulsa subsidios y mecanismos de creación de demanda en sectores como fertilizantes, refino y acero, lo que les permite avanzar no solo en la producción de hidrógeno, sino también en el desarrollo de su cadena de valor, aprendizaje industrial y posicionamiento tecnológico. El punto central es que el mercado futuro del hidrógeno dependerá menos de la magnitud de los anuncios y más de la capacidad efectiva de los países para construir capacidades industriales concretas que traccionen la industria.
Este desplazamiento resulta particularmente relevante porque corrige un supuesto que dominó buena parte del debate en los últimos años, esto es, la idea de que disponer de viento, sol, agua y tierra era casi equivalente a tener asegurada una posición futura en el mercado del hidrógeno. Esa lectura resultaba especialmente atractiva para los países del Sur Global, porque abría la posibilidad de insertarse en una nueva economía energética internacional, aunque la historia del sector energético muestra con claridad que el control del recurso nunca es suficiente por sí mismo, dado que el valor tiende a concentrarse en la tecnología, la infraestructura, la capacidad de procesamiento, la logística, la escala y el poder de mercado.
América Latina ingresa en esta nueva etapa con fortalezas evidentes en términos de recursos, pero también con riesgos significativos. La región dispone de algunos de los mejores recursos renovables del mundo, cuenta con experiencia en el desarrollo de energías limpias y ha logrado construir una narrativa atractiva en torno a su posible papel como proveedor de moléculas verdes; sin embargo, el problema aparece cuando la ambición exportadora se formula como si la abundancia de recursos fuese condición suficiente para construir mercado. Una parte importante del portafolio latinoamericano de proyectos de hidrógeno verde y derivados fue concebida bajo esa lógica, combinando anuncios de gran escala orientados a captar capital, horizonte exportador, promesas de volumen y la expectativa de que la demanda internacional terminaría consolidando las inversiones. La dificultad es que la demanda no crece al ritmo esperado, los compradores actúan con cautela, los costos financieros pesan más que en la etapa inicial y los proyectos que logran avanzar son, en general, aquellos que consiguen integrarse en estrategias industriales más completas.
A ello se suma una limitante que durante un tiempo permaneció en segundo plano, pero que vuelve a adquirir relevancia en el marco de los conflictos bélicos en Medio Oriente: la vulnerabilidad de las cadenas logísticas frente a los requerimientos de seguridad energética. En la concepción inicial del hidrógeno verde, el comercio internacional aparecía casi como una consecuencia natural de una producción competitiva, bajo el supuesto de que, si un país podía producir a menor costo, encontraría luego la forma de exportar. Sin embargo, el hidrógeno requiere transformación, infraestructura específica, terminales adecuadas, almacenamiento, barcos especiales, normas de seguridad más exigentes y una articulación precisa entre origen, destino y rutas operativas, lo que introduce condicionantes adicionales de naturaleza logística, técnica, financiera y geopolítica.
Las implicancias de este punto para América Latina son directas, porque, aunque la región puede ofrecer recurso renovable competitivo y, en principio, reunir condiciones favorables para posicionarse en el desarrollo del hidrógeno y sus derivados, esa ventaja inicial puede erosionarse con rapidez si no logra reducir la incertidumbre asociada al transporte, a la infraestructura portuaria, a la conversión en derivados y a la inserción en corredores comerciales estables, especialmente en un contexto geopolítico cada vez más frágil, en el que la exposición a cadenas largas y complejas adquiere un peso creciente en cualquier evaluación seria de viabilidad.
Todo ello obliga a revisar con mayor rigor el debate sobre la oportunidad que podría abrir el actual aumento del petróleo para el desarrollo futuro del hidrógeno, dado que, si bien este puede beneficiarse de un escenario de mayor tensión energética internacional y de una renovada atención sobre la seguridad de suministro, esa oportunidad solo será relevante para aquellos países que logren encuadrarla dentro de una estrategia industrial consistente, sustentada no solo en la disponibilidad de recurso, sino también en capacidad industrial, infraestructura adecuada, mecanismos de mitigación de riesgo y demanda efectiva.
En América Latina, por tanto, probablemente resulte necesario revisar algunos de los supuestos que fueron tomados como base en la construcción de las estrategias de hidrógeno verde en la mayoría de los países, porque la región ya no debería limitarse a proyectarse como región exportadora de energía limpia hacia mercados desarrollados, sino avanzar hacia una discusión más exigente sobre la manera en que el hidrógeno puede articularse con agendas domésticas de desarrollo industrial, integración regional y con el desarrollo concreto de industrias como fertilizantes, refino, siderurgia, transporte pesado, puertos y combustibles derivados, al tiempo que se reduce la dependencia de un esquema apoyado casi exclusivamente en un comprador externo y en logística transoceánica.
El hidrógeno verde sigue siendo, en ese marco, una opción relevante dentro de la transición energética, pero su avance depende hoy de condiciones bastante más concretas que las que dominaron la etapa inicial de esta agenda, por lo que América Latina mantiene una oportunidad que solo podrá materializarse en la medida en que sea capaz de traducir su disponibilidad de recursos renovables en condiciones efectivas de inversión, desarrollo industrial y real acceso a los mercados.
-El autor, Alfonso Blanco, es Director del Programa de Transiciones Energéticas y Clima del Inter-American Dialogue. Co Fundador Fundación Ivy. Exdirector Ejecutivo OLACDE