Precio del petróleo: choques de oferta

Si bien los precios de los combustibles han subido y podrían sufrir algún ajuste adicional, no deberíamos esperar un impacto negativo de gran magnitud sobre nuestra economía.

Petroleo
Petróleo. Foto: archivo.

El reciente aumento del precio del petróleo, al igual que todo choque de oferta —y también de demanda—, tiene naturalmente un impacto sobre la economía. Al respecto desde el exterior llegan calificaciones tales como “la mayor disrupción de la historia” y expresiones similares.
La opinión pública, junto con analistas y periodistas, suele referirse a estos fenómenos cuando son negativos, aunque también los hay en sentido inverso, siendo usualmente soslayados.

Uruguay no sufre terremotos ni huracanes; las inundaciones son poco frecuentes y de daño acotado. Sí padecemos sequías, que nos afectan por partida doble, por un lado, castigan la producción agrícola en el corto plazo y la pecuaria en un plazo algo mayor, sin descartar impacto sobre el sector forestal y, de manera concomitante, la generación de energía eléctrica de base hidroeléctrica. También podemos enfrentar choques por desalineamientos del tipo de cambio real, en conjunto o por separado, con Argentina y Brasil, que pueden ser negativos —si quedamos caros— o positivos —si ellos lo quedan—. La pandemia fue un enorme choque, en este caso de oferta y demanda en simultáneo.

Otro tipo de perturbaciones, con impactos frecuentemente superiores, provienen de turbulencias financieras que mueven “casi instantáneamente” el tablero. Lo más dañino es siempre la superposición o el encadenamiento de choques negativos.

El actual aumento del precio del petróleo tiene, obviamente, un impacto negativo para Uruguay y para el mundo. Sin embargo, el punto central es
que, al menos hasta el momento y tomando como única referencia su precio, este no se asemeja a episodios anteriores que resultaron bastante peores. Si miramos el precio del barril en dólares constantes de marzo pasado[1], y tomando siempre la cotización promedio mensual, el precio medio de dicho mes fue de US$ 91,38, un 55% superior al de diciembre 2025. No obstante, en el último medio siglo registramos aumentos mayores y precios reales más elevados. Entre julio de 1973 y enero de 1974, el precio subió 170% —se multiplicó por 2,7—, pasando, a valores actuales, de US$ 26,5 a US$ 71,7. En torno a ese nivel se encontraba cuando, en 1979, los ayatolás tomaron el poder en Irán, y en abril de 1980 llegó a US$ 161, un alza superior al 120% en pocos meses. En 1990, previo a la guerra de Irak, trepó de US$ 50 a unos US$ 89 (78%), aunque cayó de inmediato. El máximo histórico en moneda constante se registró en junio de 2008, previo al derrumbe financiero, alcanzando US$ 203; luego descendió y repuntó hasta US$ 160 en 2011. En 2014 volvió a caer para oscilar entre 40 y 70 y, con la guerra de Ucrania en 2022, subió de US$ 70 a US$ 125 (79%), manteniéndose por encima de los 100 durante unos siete meses.

En síntesis, al menos hasta ahora, el choque actual es de los menores que hemos enfrentado. Conviene, además, ver la otra cara de la moneda: salvo en el episodio de 1973, el más grave en términos de costos para una economía poco diversificada cuyos precios de exportación no acompañaron la suba, en todos los demás casos el alza del crudo fue acompañada de aumentos importantes en el resto de los commodities, tanto agrícolas como pecuarios. Esta ocasión no es la excepción, por lo que el impacto neto resulta atenuado. Esta característica, hace en cierta manera incierta la incidencia final. A vía de ejemplo, los altos precios del petróleo entre 2006 y 2014, con los picos en 2008 y 2011 reseñados, fue acompañado con incrementos de nuestros precios de exportación superiores a los de importación, los que incluyen el petróleo y derivados, siendo el resultado positivo. De hecho, la tasa de expansión de nuestra economía es prueba de ello.

En 2022, el aumento del petróleo fue seguido de una profunda sequía que se prolongó hasta mediados de 2023 y de la devaluación argentina, que nos dejó con un tipo de cambio muy apreciado. La superposición de esos tres choques negativos complicó significativamente el panorama, en especial porque, si bien subieron los precios de los productos agrícolas, la sequía impidió beneficiarnos de ello.

En este 2026 el escenario es parcialmente distinto. La sequía solo afectó los cultivos de verano y no en todo el territorio, aunque sí en la principal zona productiva. El precio de la carne —nuestro mayor rubro de exportación— se ubica en valores máximos y la campaña de invierno resultó muy buena. En el mismo sentido positivo, el alza del petróleo y de los precios agrícolas beneficia a Argentina y Brasil —donde no hubo sequía—, sus monedas se aprecian en parte por ello y la región, en alguna medida, opera como amortiguador.

Otro factor cada vez más relevante a tener en cuenta es la intensidad del uso del petróleo por unidad de producto. Tomando un índice base 100 en 1980, en 1973 era de 110 y hoy es apenas 40: con una unidad de petróleo se genera actualmente 2,5 veces más valor que hace 45 años. Si incorporamos el gas natural, cuya expansión se intensificó a partir de los 90 del siglo pasado, y sumando el poder calórico de ambos combustibles fósiles, ese índice, que era 108 en 1973, se ubica hoy en 49. En otros términos, de estas fuentes de energía se consume la mitad por unidad de producto.

Para finalizar, el precio actual podría estar sostenido en parte por las liberaciones de reservas estratégicas que varios países vienen realizando, un mecanismo que mantiene la oferta pero que, como todo stock, es limitado en el tiempo. Los datos disponibles, con los márgenes de incertidumbre propios de una crisis en curso, sugieren que el drenaje acumulado de esas reservas es aún manejable en términos históricos, aunque su evolución merece seguimiento.

En síntesis, si bien los precios de los combustibles han subido y podrían sufrir algún ajuste adicional, no deberíamos esperar un impacto negativo de gran magnitud sobre nuestra economía.

[1] Serie de WTI tomada de https://fred.stlouisfed.org/y del CPI de www.bls.gov

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