Megaproyectos en riesgo

La sociedad tiene una tarea muy difícil: discernir qué parte del debate tiene sentido técnico y qué parte no. Para separar la paja del trigo, es necesario que se comprenda la complejidad detrás de esta cuestión.

TCP
Grúas móviles llegaron al puerto de Montevideo.
Foto: TCP.

Uruguay está embarcado en varios megaproyectos, como la reforma del transporte metropolitano, la represa de Casupá, las obras en la Terminal Cuenca del Plata, o el cierre del anillo norte de 500 kV. Todos ellos presentan riesgos, y eso prende luces rojas, naturalmente, porque requieren un inmenso aporte de recursos de la sociedad. Están en el centro del debate político y generan intervenciones regulares de los jugadores del sistema. En este contexto, la sociedad tiene una tarea muy difícil: discernir qué parte del debate tiene sentido técnico y qué parte no. Para separar la paja del trigo, es necesario que se comprenda la complejidad detrás de esta cuestión.

Técnicamente, en gestión de proyectos, los riesgos se definen como eventos o condiciones que, si ocurren, tendrán un efecto en los objetivos establecidos para el proyecto. Deben ser identificados, sus causas mapeadas, se deben generar modelos predictivos, y construir estrategias para minimizarlos. Se entiende que todo riesgo se forma de dos partes: probabilidad de ocurrencia y potencial impacto. Con esta lógica, en megaproyectos, un riesgo es algo malo que debe ser evitado.

Sin embargo, el riesgo también puede ser entendido distinto, como un fenómeno profundamente subjetivo. El riesgo de resbalar en el barro es muy diferente si se trata de un hombre de ochenta años o de un niño de diez. Para este último puede ser el resultado de un juego. Puede incluso apostar a que eso suceda. El punto es que el riesgo no siempre es el resultado de un imprevisto, o una falla. Puede ser parte intrínseca. La propensión a asumirlo depende de la circunstancia, de la idiosincrasia y la cultura de las personas y sociedades. Algunos riesgos asociados a los megaproyectos, igualmente, pueden ser parte de una apuesta responsable.

Estos proyectos son por definición complejos, y por ende riesgosos. Están compuestos por muchos componentes, y el comportamiento de cada uno de esos componentes no puede ser inferido por el comportamiento de los demás. Hay actividades interdependientes, con retroalimentación no lineal, hay desafíos de diseño, y objetivos ambiguos de los grupos de interés. Todo eso, y mucho más, nos dificulta el entender cómo pasamos de una situación actual a una situación deseada (objetivo), gracias al proyecto.

El megaproyecto tiene, así, casi por definición, la lógica de la apuesta, porque es parte de un sistema difícil de entender. Como humanos, los que están tomando decisiones al respecto no son capaces de capturar perfectamente cómo se relacionan las variables que lo componen. Además, en la mayoría de los casos, cuentan con información limitada, por muchos motivos, algunos inevitables. No podemos pretender, ni demandar, que entiendan todo, ni que cuenten con información perfecta.

Más aún, los megaproyectos son especialmente riesgosos porque tienen objetivos (potencialmente en riesgo), en distintos niveles: hay objetivos de desarrollarlos con un determinado costo, tiempo y alcance; hay objetivos concretos de que la infraestructura a desarrollar cumpla con el servicio prometido; y hay objetivos de que el proyecto tenga un impacto en términos económicos, sociales, ambientales, y políticos. Para complicarla aún más, lo que muestra la experiencia internacional es que estos objetivos suelen entrar en contradicción.

Por ejemplo, si se quiere cumplir objetivos políticos, puede ser necesario asumir riesgos mayores en términos de costo, o viceversa. Si se quieren cumplir objetivos en el servicio brindado, puede que sea necesario asumir retrasos relevantes, porque nueva información surge al momento de construir la infraestructura. Muchos ejemplos de esta naturaleza pueden ser imaginados, y todos ellos útiles al debate público. Así, además de la incapacidad de entender el sistema, lo que implica un riesgo inherente, los tomadores de decisión deben elegir qué objetivos priorizar, poniendo otros en riesgo de forma estratégica.

Entendiendo la dificultad que presenta este tema, se puede volver al inicio: ¿cómo deben leerse los debates alrededor de los riegos en megaproyectos? La respuesta, como en la mayoría de los temas, es: con prudencia. Discernir sobre qué tema se está verdaderamente discutiendo, en proyectos complejos, es más un arte que una ciencia. Qué parte del riesgo se debe a la complejidad intrínseca, qué parte a una cuestión estratégica, y qué parte a impericia, es difícil de responder. Por eso, la moderación de los jugadores del sistema político siempre debería ser bienvenida, y también demandada por los ciudadanos.

Por eso, antes de replicar las voces que, a veces con gran elocuencia, puedan encender esas luces rojas por riesgos relevantes de los megaproyectos, los ciudadanos debemos reflexionar si tiene sentido que dichos riesgos sean o no asumidos. Pueden ser efectivamente el resultado de una locura de los tomadores de decisión, pero también pueden ser un mal menor, o incluso un mal necesario. También pueden ser inevitables, si queremos avanzar en nuestro anhelo de crecimiento. Esto es especialmente relevante, porque la experiencia internacional muestra que lo que se replique, lo que suene, tiene enorme influencia en la toma de decisiones en proyectos complejos. Puede frenar un mal proyecto, y hacer avanzar uno bueno, pero también viceversa.

Lo adecuado, a fin de cuentas, será lo que sea demandado por la población: lo democrático, siempre. En este contexto, el derecho de opinar será siempre defendido, si se responde a la mejor parte de la historia de Uruguay. La contrapartida ineludible y necesaria, sin embargo, es la responsabilidad de hacerlo prudentemente, y es un llamado al que tiene responder la sociedad en su conjunto, si el país quiere apostar a su desarrollo sostenible.

¿Encontraste un error?

Reportar

Te puede interesar