¿Los cambios en el Banco Mundial por el cambio climático son suficientes?

La mitigación o posible reversión del cambio climático debe tratarse como un problema económico. Quienes contaminan deben pagar un impuesto.

Banco Mundial. Foto: Flickr.
Banco Mundial.
Foto: Flickr

Por Carlos Steneri
La renuncia del presidente del Banco Mundial David Malpass es la antesala de un proceso de cambio para convertirlo en un “banco verde”, fruto de la presión de la administración de EEUU, que entiende que el Banco fue reticente en el otorgamiento de créditos para mitigar los efectos del cambio climático. Postura ayudada por la reticencia de Malpass de reconocer en octubre pasado que la acción humana es la causa principal del fenómeno al decir que “... no era un científico para afirmarlo”. De ahí en más, la Secretaría del Tesoro de EEUU Janet Yellen en gira por países africanos afectados por catástrofes climáticas levanto el punto, a las que se unieron críticas de países del G7, a los que se sumaron Suiza, Holanda y Australia pidiendo un cambio de rumbo en la estrategia de préstamos del Banco, alineadas con las recomendaciones del Acuerdo de París sobre cambio climático.

Contestes con esa postura, países aquenios y pobres, afectados por catástrofes climáticas agregaron la necesidad de contar con líneas de crédito subsidiadas a largo plazo.

Lo que ocurre no es nuevo en la historia de un organismo creado en los acuerdos de Bretton Woods para ayudar a reconstruir Europa devastada por la segunda guerra mundial. A lo largo de sus casi 80 años de vida fue ampliando la cobertura de beneficiarios, primero a los países en desarrollo del mundo occidental, para incluir en 1989 después de la caída del muro de Berlín, todas las repúblicas nacientes del ex mundo soviético y un poco más tarde a la propia China. Durante esa enorme expansión de su masa de prestatarios también fue modificando su estrategia como prestamista, pasando de financista de infraestructura básica a impulsar préstamos de reforma estructural para modernizar la operativa de los sistemas productivos, de los sistemas de formación de precios y financieros de los países en desarrollo, los procesos de transición del socialismo real hacia formas de funcionamiento capitalistas en los paises ex sovieticos, y China. También creó agencias especializadas para financiar con crédito subsidiado a países con extrema pobreza, particularmente en África. En su agenda también se incluyeron temas referidos a la agenda social donde la educación, la salud y la seguridad social son sus pilares básicos. No fue un camino lineal, tuvo sus luces y sombras, pero sin duda mostró que la institución tiene capacidad para adaptarse a las temáticas de los nuevos tiempos.

Siempre dentro del ropaje caracterizado por la lentitud burocrática y la aversión a tomar riesgos afines a toda organización multilateral que decide por consenso. A lo cual se agrega la dimensión política que marca su identidad proveniente de los países que integran el G7 y en particular EEUU, su principal accionista.

En la nueva etapa que el banco pretende incursionar centradas en el cambio climático hay cuestiones diferentes, que de no ser tenidas en cuenta conducirán a una experiencia frustrada.

El cambio climático producido por la acción humana es una externalidad negativa que afecta a toda la humanidad en grados diferentes. Por tanto su mitigación o posible reversión debe tratarse como un problema económico donde quienes contaminan deben pagar un precio (impuesto) o acciones equivalentes (prohibiciones) a quienes son dañados por ese hecho. En eso, los sistemas de precios deben transmitir sin distorsiones el costo privado más el costo social que produce la contaminación por el uso de ciertos energéticos, insumos, o prácticas industriales. Si no hay una coordinación a nivel global para que ese mecanismo sea operativo, todo lo demás solo enmascara una realidad que contiene asimetrías en el desarrollo del mundo. Un ejemplo notable es la preservación de la foresta amazónica. Si el mundo necesitas de ese pulmón vital, debe pagar por el uso de ese recurso, transfiriendo a los países propietarios el valor (precio) que hoy es apropiada sin compensación alguna por el resto del mundo.

Este concepto obvio, resumido en que quien contamina paga y el que hace lo contrario cobra por el servicio tiene profundas implicancias políticas y económicas aún no resueltas. ¿Quién le impone a países más contaminantes que el resto que sacrifiquen puntos de crecimiento económico al prohibirles o aplicarles un impuesto por el uso de energéticos como el carbón o el petróleo?. Y la misma pregunta corre para quienes son sus exportadores, muchos de ellos países en vías de desarrollo. Solucionarlo requiere de negociaciones internacionales donde el Acuerdo de París es el mejor ejemplo, pero aún dista de ser perfecto y menos de aceptación cabal a nivel mundial, o de aplicación estricta de sus recomendaciones. Siempre queda la sospecha latente de que las metas y los tiempos son funcionales a los países más desarrollados. Y que algunas metas ambientales no son otra cosa que medidas proteccionistas encubiertas, o con escaso apoyo científico como los efectos de la emisión de metano por la ganadería.

Volviendo al tema del episodio de cambio en la jerarquía máxima del Banco Mundial lo importante es que el cambio climático sigue en la palestra internacional. Es un paso más, pero que no resuelve el tema de fondo que es la operativa de un sistema de incentivos para reducir la contaminación o adoptar prácticas amigables con el medio ambiente a escala global. Y en esto estamos lejos.

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