La microeconomía aplicada a la inseguridad

Cada persona es un sujeto económico y salvo la insignificante minoría de los irracionales, toma en cuenta tanto los costos en que incurre como los beneficios que lograría por elecciones que realiza, cuando intenta maximizar la función de utilidad que tiene.

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El problema de la inseguridad ciudadana se viene agravando desde hace ya varios años. Es esa, al menos, la sensación creciente de la población que asiste diariamente a una evidencia que hoy solo se la discute con cifras de la administración oficial. Las críticas cruzadas de los bandos políticos del gobierno de turno y los de la oposición sobre lo que está ocurriendo, son el reflejo de posiciones que muestran un alejamiento de lo que debería suceder para, al menos, tender a una solución progresiva pero firme del problema.

Las acciones que se conocen para solucionar la inseguridad no marcan una tendencia con probabilidad de éxito lo que a cualquier ciudadano fuera de la política, le lleva a pensar que, sin acciones alternativas a las actuales, continuarán los hechos no deseados por toda la población.

La teoría de precios, la teoría microeconómica, no ha sido a mi entender, empleada para encarar el problema, no obstante su posible utilidad para ir solucionándolo, no instantáneamente pero sí de manera gradual. En una columna de Economía y Mercado de hace ya ocho años, escribí algo similar a lo que sigue a continuación, y persiste sin intentarse como
complemento a las medidas actuales para disminuir progresivamente a la delincuencia y a la inseguridad.

La microeconomía, también conocida como teoría de precios pues se ocupa de la formación de precios en distintos tipos de mercado, parte de las elecciones de los consumidores y esas elecciones, llevadas al mercado correspondiente, generan beneficios y costos para el consumidor.

Crimen y castigo

En 1968, Gary Becker profesor de Microeconomía de la Universidad de Chicago y Premio Nobel en 1992 —justamente al cumplirse 100 años de la fundación de ese centro de estudios— escribió un ensayo en el Journal of Political Economy al que tituló: Crime and Punishment: An Economic Approach. El ensayo con inspiración en la obra literaria de Dostoievski de 1866, fue publicado en 1968 y es considerado la “obra fundacional de la economía del crimen”.

El enfoque que emplea en el paper —dice Becker—, “deriva del análisis habitual de los economistas sobre la elección de alternativas y supone que una persona comete una ofensa si la utilidad esperada para él excede la utilidad que podría obtener usando su tiempo y sus otros recursos en otras actividades”. Y continúa: “…algunas personas se vuelven criminales no porque su motivación básica difiera de las de otras personas, sino porque sus beneficios y costos difieren”.

Las motivaciones para delinquir, que la novela rusa así como el ensayo norteamericano han compartido desde sus distantes enfoques temporales y lugares académicos, surgen de una misma idea económica: el análisis costo-beneficio tras las elecciones de consumo de cualquier persona. Un análisis que eventual y solo tangencialmente, se emplea en nuestro país en infracciones a la seguridad.

Cada persona es un sujeto económico y salvo la insignificante minoría de los irracionales, toma en cuenta tanto los costos en que incurre como los beneficios que lograría por elecciones que realiza, cuando intenta maximizar la función de utilidad que tiene. El resultado de esa función es lo que nos dice al momento de cada elección que realizamos, cuando se ha contribuido más a la maximización de la utilidad o cuando con nuestras elecciones de lo qué hacer, no logramos mejorar la situación anterior.

Cuando una persona decide delinquir —cometer un “crimen” por ejemplo—, estima la probabilidad de alcanzar los beneficios que obtendría y el costo — “castigo”— que por ello tendría que pagar si le capturan. El efecto neto sobre su función de utilidad será negativo o positivo. Si es negativo, seguramente no optará por la comisión del delito. Si es positivo, seguramente incurra en la acción delictiva. Es exactamente lo que ocurre con cualquier elección de cualquier individuo. Sea en el manejo de posiciones pecuniarias patrimoniales o en el caso de asociaciones criminales, solo por citar algunas de las infinitas que se presentan a diario. El análisis costo-beneficio de un delincuente es determinante de su demanda por cometer un delito. El delincuente no siempre conoce el beneficio que le reportará la acción ilegal, pero tiene una idea del costo o del precio que tendría que pagar por cometer el acto delictivo. Tanto de los costos explícitos —como entre otros los años de reclusión que tendría y los vejámenes a los que se vería sometido tanto desde dentro como desde fuera de la prisión—, como los costos de oportunidad, como el hecho de no tener ingresos por otros trabajos que pierde al estar recluido o registrado.

Los citados son solo algunos de los probables costos de delinquir. Pueden haber más como, por otro lado pueden haber más beneficios también que es difícil explicar cómo generan utilidad al infractor.

Aplicabilidad local

El modelo Dostoievski (Raskolnicov)- Becker, FDGB, puede ser aplicable en nuestro país. De hecho, asistimos ya a su mismo mensaje por un camino inverso: el costo del delito se ha reducido y la cantidad “demandada” de delitos —la inseguridad— ha trepado ante la declinación del costo por incurrir en ellos.

Más allá de las vagas respuestas —siempre las mismas—, que por más que se repiten no erradican las causas de la delincuencia, creo que en nuestro país se debe estudiar e ir más a fondo y con la metodología FDGB, las razones por las que crece la delincuencia y por las que cada vez la reincidencia es mayor. Si así ocurriera no solo es posible sino además muy probable, que las medidas de mejoramiento de la seguridad pasen por un aumento significativo de los costos explícitos y de los costos de oportunidad de la delincuencia —intensidad del castigo— y como corolario, un aumento de la seguridad.

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