La crisis de 2026 y la venganza de la geografía

No solo ha alterado rutas comerciales o encarecido la energía; la actual crisis está redefiniendo las reglas del juego de la economía global

Esta imagen, publicada por el Centro de Medios Hutíes Ansarullah de Yemen el 8 de julio de 2025, muestra a combatientes afiliados a los hutíes atacando el granelero Magic Seas.
Esta imagen, publicada por el Centro de Medios Hutíes Ansarullah de Yemen el 8 de julio de 2025, muestra a combatientes afiliados a los hutíes atacando el granelero Magic Seas.
Foto: AFP

El 28 de febrero de 2026 quedará marcado en los anales de la historia económica como el momento en el que la arquitectura del comercio global, optimizada durante décadas para la eficiencia de costes, se rompió bajo el peso de una realidad física ineludible. Lo que comenzó como un conflicto regional en el Medio Oriente se ha transformado en un triple choque sistémico: el cierre efectivo del Estrecho de Ormuz, inestabilidad en el corredor del Mar Rojo e importantes disrupciones en los principales centros logísticos y de aviación del Golfo. Hoy, la economía mundial no solo se enfrenta una crisis energética; se enfrenta la validación de la tesis que Tim Marshall popularizó en su obra fundamental: seguimos siendo "prisioneros de la geografía".

Hasta hace bien poco, la narrativa dominante indicaba que la tecnología y los mercados habían superado a la geografía. En 2005, Thomas Friedman escribía que "el mundo es plano", ilustrando que en la era de la globalización, los bienes y las ideas se movían sin fricción a través de las fronteras, dejando que los países menos desarrollados se beneficiaran de los avances de los más avanzados. Sin embargo, la crisis de 2026 ha demostrado que la globalización y las cadenas de suministro tienen cuellos de botella físicos.

El Estrecho de Ormuz es el ejemplo definitivo de esta restricción física. Con apenas 21 millas náuticas de ancho en su punto más estrecho, este pasaje maneja aproximadamente el 20% del suministro mundial de petróleo y alrededor de una quinta parte del suministro global de gas natural licuado. Tras la escalada del conflicto, el tráfico comercial ha experimentado un colapso casi total, reduciendo el flujo de carga a cifras insignificantes, y disparando las primas de los seguros de riesgo de guerra para los viajes de los petroleros. Ante la imposibilidad de transitar por el Golfo y la inseguridad en el Mar Rojo, las grandes navieras se han visto obligadas a recuperar la ruta del Cabo de Buena Esperanza, lo que añade entre 3.500 y 4.000 millas náuticas a los viajes entre Asia y Europa, aumentando ampliamente los tiempos de rotación. La consecuencia principal es el aumento del precio de la energía, y con él, un efecto inflacionario generalizado, con incrementos en precios industriales y, en última instancia, en los precios de los bienes de consumo. Efecto que previsiblemente aumentará conforme se alargue el conflicto.

Pero esta disrupción trasciende a los precios y a la energía, impactando sobre suministros críticos como químicos para semiconductores y fertilizantes, lo que amenaza la seguridad tecnológica y alimentaria en el mundo. El cierre del estrecho de Ormuz ha puesto en marcha un reloj de arena para la seguridad alimentaria global, ya que una parte muy significativa de los fertilizantes comercializados mundialmente transitan por este estrecho. Qatar es uno de los principales exportadores de azufre a nivel mundial, un elemento esencial para la producción de fertilizantes fosfatados. En el sector tecnológico, la vulnerabilidad también es importante. Taiwán, que produce la gran mayoría de los chips más avanzados del mundo, depende en gran medida de importaciones de gas natural licuado procedentes del Golfo, lo que expone su industria a disrupciones en rutas críticas como el Estrecho de Ormuz.

Por otro lado, la crisis acelera una nueva ola de proteccionismo comercial y la reterritorialización del mundo, caracterizada por nuevos aranceles y barreras fronterizas. Y lo que antes era una búsqueda total de la eficiencia de costes y de rutas cortas, se ha transformado en una estrategia de seguridad nacional donde los gobiernos y las empresas aceptan mayores costes logísticos como una forma de seguro estratégico, impulsando la creación de redes regionales más cortas y resilientes para reducir la dependencia de cadenas de suministro vulnerables a la geografía y los desastres naturales. Las empresas ya no buscan el proveedor más barato, sino el más seguro, aceptando costes logísticos más elevados, pero más sostenibles en el tiempo. De la misma manera que la pandemia obligó a las empresas a reconfigurar sus cadenas de valor, el cierre del estrecho de Ormuz obliga a reconsiderar rutas logísticas, proveedores y el desarrollo de nuevas formas de energía.

La magnitud del shock no se limita a los mercados de bienes, sino que se traslada al sistema financiero, elevando las primas de riesgo, encareciendo el coste del capital y tensionando a bancos y aseguradoras expuestos a sectores intensivos en energía y transporte. De alguna manera, la estabilidad económica futura dependerá de la creación de redes sostenibles, quizá más cortas, que en el corto plazo tendrán que reconocer que el flujo comercial de la energía ya no puede depender exclusivamente de los países del Golfo, y en el largo, plantearse estrategias menos dependientes de la energía fósil. A pesar de lo complejo del panorama, esta crisis tiene el potencial de actuar como catalizador para romper la inercia del sistema basado en combustibles fósiles. Los gobiernos y las empresas están aprovechando y transformando estos choques sistémicos en políticas de sostenibilidad a largo plazo, viendo la innovación verde como una herramienta de soberanía energética. Sin embargo, incluso la transición hacia energías limpias o a cadenas de suministro más cortas no escapa a esta lógica ya que reduce, pero no elimina, los potenciales efectos de las limitaciones geográficas.

La crisis de 2026 no solo ha alterado rutas comerciales o encarecido la energía; está redefiniendo las reglas del juego de la economía global. La geografía, lejos de haber sido superada por la tecnología, se reafirma como el marco que condiciona las decisiones económicas, políticas y empresariales. La lección no es únicamente que las cadenas de suministro deben ser más resilientes, sino que el mundo que viene será inevitablemente más fragmentado, más estratégico y seguramente, menos eficiente en términos de costes. En este nuevo equilibrio, la ventaja competitiva no residirá únicamente en producir más barato, sino en saber operar dentro de un mapa geopolítico incierto y físicamente limitado. Porque si algo deja claro esta crisis es que la globalización no ha eliminado la geografía; simplemente nos hizo olvidar, durante un tiempo, lo importante que era.

- La autora, Patricia Gabaldon, es profesora entorno económico de IE University

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