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Integración y velocidad de Internet: dos temas relacionados

En un entorno geopolítico cada vez más complicado, el peso de las grandes tecnológicas se vuelve cada vez más relevante, advierte Igor Galo.

Cartel de Google
Cartel de Google
Reuters

Igor Galo (*)

“Cuando un producto es gratis, el producto eres tú”. Este ha sido el axioma que ha servido durante muchos años para explicar el exitoso, y controvertido, modelo de negocio de Google y Youtube (Alphabet), Facebook e Instagram (Meta) o de la china TikTok entre otros servicios de redes sociales, apps y contenidos en Internet. Estas compañías ofrecen “gratis” sus servicios a cambio de que el usuario les facilite gran cantidad de datos personales, desde donde se ubica físicamente hasta sus hábitos de compra, pasando por su estado de ánimo o creencias personales.

Y aun siendo cierto, no describe en su totalidad el modelo de negocio real. Alphabet, Amazon, Meta o Bytedance entre otras firmas, basan su modelo en el hecho de que también una gran parte de las infraestructuras necesarias para generar su próspero negocio las pague el usuario. Los consumidores no solo ceden, con mayor o menor consciencia, sus datos a estos gigantes para su posterior monetización en forma de publicidad segmentada. También están sufragando, a través de sus facturas telefónicas o sus recargas de telefonía celular, las redes de fibra óptica y antenas que son imprescindibles para que los colosos tecnológicos puedan hacer negocio. Algo similar ocurre con los servicios como Netflix, Prime de Amazon, HBO, Spotify o Disney Plus que cobran una cuota mensual por acceder a sus contenidos, pero que con su entrada reciente en el negocio de la publicidad bajo el paraguas de “suscripciones con anuncios”, hace intuir que los clientes también tendrán que ceder datos personales.

El usuario paga dos veces: con sus datos y en la factura telefónica

Las empresas de telecomunicaciones, que hace 20 años estaban entre las empresas más influyentes y relevantes del mundo, se han ido convirtiendo en cierta forma en meros intermediaros entre el usuario y los proveedores de servicios online a pesar de su esfuerzo por añadir valor agregado a sus servicios (servicios de TV y streaming, seguros para celulares, servicio de videovigilancia, etc..). Este hecho explica, junto con la mayor competencia en el mercado de acceso a Internet, que durante las últimas décadas muchas de estas compañías hayan perdido parte de su valor en bolsa y mantenido sus beneficios planos frente al crecimiento fulgurante de la facturación, beneficios e influencia de las grandes tecnológicas.

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Las principales telcos, en especial las europeas como Orange, Telefónica o D-Telekom, llevan años reclamando que las bigtech sufraguen parte del desarrollo de las redes de telecomunicaciones. Este cambio iría contra el principio de Neutralidad de la Red en el que se basó Internet desde su creación y que es un aspecto central en muchos de los modelos de negocios de empresas digitales.

Cada vez que Movistar, Claro, Digicel o Tigo, por citar algunas compañías iberoamericanas, amplían su capacidad de conexión con nuevas infraestructuras (cable, fibra, torres), la mitad de estas nuevas “tuberías de los datos” es ocupada por bytes procedentes de los gigantes mundiales como Netflix, TikTok, Youtube o Instagram.

Empresas que en casi su totalidad son de EE.UU., y cada vez en mayor medida, de China. Y este factor se está volviendo cada vez más relevante en un entorno geopolítico cada vez más complicado. Thierry Breton, Comisario de Mercado Interior y Servicios de la Comisión europea, uno de los “ministros” más relevantes del gobierno de la UE, declaró en el reciente Mobile World Congress celebrado en Barcelona que “necesitamos encontrar un modelo de financiación para las gigantescas inversiones que se necesitan que respete y preserve la libertad de elección del usuario y la libertad de ofrecer servicios en un campo de juego justo y competitivo”.

El mensaje que deslizó es que quizás haya que equilibrar el principio de “neutralidad en la red” y la realidad de que en la práctica unas pocas empresas copan la mayor parte del tráfico de Internet, poniendo sobre la mesa la idea de que las bigtech deberían contribuir económicamente al mantenimiento, actualización y ampliación de estas infraestructuras. Especialmente en este momento en el que el desarrollo de la web3, el blockchain, 5g y 6g y el metaverso requerirá inversiones millonarias en cualquier país que no quiera quedarse rezagado en la competencia mundial por la economía digital.

Si las bigtech, que generan la mayor parte de los datos que circulan por cables y antenas, tuvieran que sufragar parte del “hardware” las repercusiones podrían ser muy importantes en la configuración de los modelos digitales de negocio. Desde el punto de vista de las empresas de telecomunicaciones tradicionales, este modelo les permitiría invertir más, aumentar sus ingresos y beneficios o ambas cosas al mismo tiempo. Por su parte, el consumidor podría beneficiarse de un despliegue de redes de mayor velocidad o calidad, ver su factura telefónica disminuir o una combinación de ambas. Parte del coste se trasladaría a los gigantes tecnológicos que tendrían que asumir ese importe vía subida de precios, aumento de su eficiencia o menores beneficios.

Geopolítica de Internet: Empresas más poderosas que países

¿Quién tiene la capacidad de impulsar un cambio tan importante cuando las principales empresas digitales son gigantes con sede en EEUU y China? Los titanes tecnológicos son grandes negocios, pero también una relevante fuente de poder para los países que los albergan. Cobrarles un peaje a estas corporaciones por utilizar las redes supondría generar fricciones con nada menos que los EE. UU. y China. Ya pasó cuando algunos países europeos como España y Francia crearon una “ tasa Google” a los mayores servicios de publicidad digital como modo de compensar sus prácticas impositivas de desviar parte de los beneficios a países con menores impuestos. Trump mostró su rechazo frontal a cualquier medida que perjudicara a los gigantes digitales estadounidenses y amenazó con barreras comerciales a los países que avanzaran por ese camino.

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Sólo la Unión Europea, potencia global a nivel económico, puede atreverse poner el debate sobre la mesa. Ni el más fuerte de sus integrantes, como Alemania o Francia, tendría esa capacidad por sí solo. Pero de plantear la posibilidad a que se pueda concretar hay un largo camino. En menos de 24 horas, el CEO de Netflix rechazó la idea del comisario europeo Breton.

¿Y qué tiene que ver esto con la velocidad del Internet y la integración en Iberoamérica? Bastante. Ningún país ni gobierno Iberoamericano tiene actualmente capacidad por sí solo de plantear esa posibilidad frente a empresas como Bytedance, Netflix o las GAFAM. Cada una de estas compañías tienen una valoración en bolsa, y unos ingresos, que superan el PIB de la mayor parte de los países al sur del Río Grande. Y los sistemas de integración regional no disponen por el momento de una autoridad ni una capacidad parecida a la UE para abrir un debate similar.

Si el giro que parece querer promover la Unión Europea no se concretiza de alguna forma continuarán siendo las empresas de telecomunicaciones regionales las que tengan que asumir totalmente el coste de la modernización de las infraestructuras digitales en Iberoamérica. Esto implicaría una menor rapidez en el despliegue de nuevas tecnologías, menores beneficios y menor inversión por parte de las compañías de telecomunicaciones regionales, precios más caros y menor calidad de conexión para los usuarios iberoamericanos o una combinación de todas estas posibilidades.

En un mundo que se va fragmentando en bloques, y con unos gigantes tecnológicos que no paran de crecer en tamaño e influencia, esta es una muestra clara de los beneficios que tendría para Iberoamérica contar con una voz común para negociar en campos que definirán las sociedades y las economías del futuro.

(*) Responsable de Comunicaciones con América Latina, IE University (Madrid)

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