OPINIÓN

La historia repetida de Argentina: consecuencias para Uruguay

Antecedentes y escenarios posibles en la aguda crisis de Argentina.

Foto: Pixabay
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En Argentina la historia no solo rima, sino que se repite. Si bien los catalizadores de sus recurrentes crisis pueden variar, las causas estructurales suelen ser siempre las mismas. Su declive relativo y divergencia en ingreso per cápita respecto a los países desarrollados, ha obedecido al tipo y calidad de las políticas e instituciones que ha adoptado. Tal como sugieren las teorías modernas del crecimiento económico.

Durante casi un siglo, Argentina ha insistido en políticas e instituciones públicas que son consistentes con un bajo crecimiento potencial o derechamente con un estancamiento secular. Han destacado, entre otras: 1) la baja inserción externa por el proteccionismo y la sustitución de importaciones; 2) la inestabilidad macro asociada a la recurrente insolvencia fiscal y el financiamiento monetario del déficit; 3) las trabas y los desincentivos a la inversión en capital físico y humano; 4) la altísima intervención y dirigismo estatal; y 5) la mala calidad en general de “la Política”. Probablemente esto último, que se refleja en ausencia de políticas de Estado y vaivenes institucionales al son de los gobiernos de turno, sea la causa última de su declive centenario.

Es evidente que esas regresivas políticas, más que revertirse, parecen intensificarse en la actualidad. Eso tiende a dañar aún más el crecimiento potencial y descartar una recuperación sostenida. Es posible que Argentina tenga un rebote por cierto impulso externo y el desplome de 10-15% de la actividad observado en 2020. Pero justamente, dichas políticas anticrecimiento hacen improbable que salga de esa especie de estanflación estructural en la que ha estado sumergida, sobre todo en medio otra vez de graves problemas fiscales y falta de fuentes genuinas de financiamiento. Hay un déjà vu de episodios como los de 1975, 1982, 2001-02 y 2013-15.

En la coyuntura actual, el déficit fiscal es otra vez la causa principal de la corrida cambiaria y de la caída de las reservas internacionales. En un mundo de abundancia de dólares, la divisa no escasea en Argentina por factores externos, sino por la impresión monetaria como única vía para financiar el desequilibrio gubernamental. No hay fondos de pensiones para expropiar, ni activos estatales a los que recurrir, ni acceso a deuda global. Hay casi solo emisión de pesos que —siendo indeseados por el público— terminan en compra de dólares y alzas de precios.

De esta situación, emergen al menos tres escenarios posibles. Primero, el de mayor probabilidad apunta a “más de lo mismo”, pero recargado. Sin casi reservas internacionales netas para contener la presión sobre el tipo de cambio oficial, se extienden e intensifican el cepo cambiario y los controles de capitales en general, con algún apoyo externo puntual (China, FMI, precios de los granos). El déficit fiscal, por supuesto, sigue mayoritariamente financiado vía el impuesto inflacionario derivado de la maxidevaluación en curso, que muy bien refleja la brecha entre el tipo de cambio paralelo ($170) y el oficial ($78).

En contraste radical, podría especularse en un “giro de 180 grados” hacia políticas e instituciones pro crecimiento potencial, que incluyeran un plan económico consistente, con ajuste fiscal, un programa de asistencia financiera externa y el cumplimiento estricto de los compromisos. Hoy esto se ve absolutamente utópico.

Por último, es esperable “una aceleración de la crisis”, que lleve a soltar el tipo de cambio oficial, con un espiral devaluatorio e inflacionario, que no necesariamente genera grandes ganancias en competitividad, pero que acrecienta el malestar social, con incierto desenlace político y económico.

Para Uruguay el impacto seguiría siendo evidentemente negativo, aunque atenuado otro poco por la gradual menor incidencia argentina. Nuestro país no está 100% desacoplado, pero está lejos de tener el grado de acople del pasado. Uruguay ha reducido en las últimas décadas varias fragilidades que amplificaban las consecuencias de crisis como éstas. En particular, el contagio financiero es muy bajo por la fuerte caída de la participación de los depósitos argentinos en los bancos uruguayos y la menor exposición de estos a “negocios argentinos”.

Por su parte, los canales de transmisión más tradicionales siguen vigentes, aunque inciden con menor ponderación. Por un lado, en cuanto al comercio de bienes y servicios, el impacto seguirá siendo muy negativo, exacerbado por el menor ingreso de turistas por la pandemia y sólo amortiguado parcialmente por el cierre de fronteras que limita los viajes y compras de uruguayos.

Por otro lado, respecto a la llegada de capitales, habría mayores inversiones en los sectores agropecuarios e inmobiliarios, impulsadas por el mal clima económico en Argentina, la recuperación de los granos y las condiciones financieras expansivas, pero lejos de alcanzar la magnitud de 2003-08.

Paralelamente, un canal novedoso y que podría representar impacto positivo más significativo es el movimiento de personas, con una tendencia moderada —pero constante— de argentinos a residir en Uruguay.

Con todo, el balance neto para Uruguay es negativo, sobre todo porque Argentina parece consolidarse más pobre y barata en dólares, e igualmente inestable. Estas pocas certezas exigen estar preparado con mejores políticas públicas, desde lo fiscal, pasando por lo laboral, hasta lo monetario-cambiario. Para amortiguar los efectos y no amplificarlos.

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