CARLOS STENERI, DESDE WASHINGTON DC
Cuando todo hacía suponer que los vientos de la globalización despejarían los últimos atisbos del nacionalismo económico, desde varios lados y disfrazado con argumentos diferentes, ha reaparecido con vigor juvenil. Más aún, en la mayoría de las veces se ha enancado en gobiernos con plataformas socialdemócratas, aunque tampoco faltan los de cuño aperturista extremo, entre ellos Estados Unidos. Pero llegado el momento, los intereses sectoriales priman y obligan a los gobiernos a transitar por la ruta equivocada.
Por supuesto que en la región tenemos una versión sui generis y criolla de nacionalismo que desconoce compromisos acordados, modifica contratos unilateralmente e incluso llega a bloquear con medidas directas a su vecino con la mirada complaciente del sector oficial. El episodio de las plantas de celulosa y la reacción de Argentina se inscriben en ese ámbito, pues la génesis del conflicto se origina y se pretende resolver por una disputa de preservación del medio ambiente mal fundada y violada abiertamente en ese país por la industria de ese mismo ramo.
Más allá del hecho y su propia resolución, sobre el cual no es nuestra intención opinar, hay algo mucho más importante que obra como telón de fondo: una actitud de carácter dual que se viene generalizando donde se aprovecha de la globalización cuando conviene y cuando no, se aplican medidas unilaterales desafortunadas reñidas con un aspecto medular en la marcha del sistema que es el respeto a los mecanismos de resolución de sus eventuales conflictos. Solo como muestra vale repasar algunos episodios que aparecen aislados, pero que tejen un estado de situación que deviene en la descomposición de una condición necesaria básica para operar fluidamente en ese "nuevo" estado del mundo. Y lo que más preocupa es el aumento de su recurrencia, planteando entonces la probabilidad no despreciable de que el entorno regional y mundial se vayan enrareciendo, generando dificultades al desempeño económico mundial.
LA REGIÓN ALEDAÑA. En nuestro vecindario, en la materia ha habido de todo pero, en su mayoría, en el mal sentido. Empezando con Brasil, nuestras exportaciones de arroz deben vencer la resistencia de los productores de Río Grande del Sur, algo que se convierte en una especie de liturgia anual. Estos logran, sin duda con la complacencia del gobierno federal, frenar su entrada hasta tanto no coloquen su cosecha. Si de integración energética se trata, la misma ha rayado en general por su ausencia.
Más aun, cuando lo poco que existe y se ha querido utilizar a pleno ha fracasado, pues lo pactado dejó de cumplirse de manera unilateral. El incumplimiento de las entregas de gas negociadas con Argentina ha generado la sub utilización de inversiones en gasoductos, aplicado mayores costos a nuestra industria que se reconvirtió a tales efectos, y demoró sin duda la construcción de una usina a gas de generación eléctrica que nos agregó vulnerabilidades. A ello se sumaron episodios de desvío de energía para uso propio, comprada a Brasil y que pasaba por sus redes de transmisión mediante el pago correspondiente de un canon de uso.
Más lejano en el tiempo, y ahora nuevamente, el episodio de la aftosa va en el mismo sentido. Para insertar a toda el área ganadera de clima templado en un programa regional de erradicación del mal, para pasar a ser calificados como libres de aftosa sin vacunación para penetrar mercados calificados, como se hizo, era necesario aplicar protocolos estrictos de conducta sanitaria y de las emergencias que pudieran surgir. En el episodio del 2001, tuvo lugar el incumplimiento ex profeso de una de las reglas básicas: aportar información fehaciente y al instante de cualquier anomalía para tomar las medidas correspondientes. La consecuencia fue el esparcimiento del mal sin control, sumiendo a nuestro principal rubro de exportación en una cuarentena de exportaciones que se tradujo en una larga penuria del sector agropecuario. Hoy con parámetros de riesgo menores, la situación es similar, al no permitir la entrada de misiones técnicas regionales para conocer de primera mano el alcance de la situación.
Y el clímax de esa disrupción, se ubica en el episodio de las plantas de celulosa. Sin duda se resolverá, pero pagando costos importantes que recaerán en su mayoría sobre nosotros. Al ser nuestro PIB casi un décimo del argentino, a igualdad de condiciones cada dólar perdido de exportaciones de bienes o servicios, o cada puesto de trabajo menos nos percuten negativamente diez veces más que a ellos.
Pero más aún, dando lugar a un hecho cultural que se va enraizando lentamente, cuyo foco es mirar hacia adentro barriendo hacia afuera las tensiones generadas por grupos de presión seguidores de cualquier causa o la consecución de alguna agenda política de corto plazo, o simplemente una ventaja económica.
Con la vigencia de estas conductas se convalida desde otra arista que la integración regional como la pensaron sus propulsores a principios de los noventa es aun un puente a cruzar demasiado grande. Su fracaso no es patrimonio de una administración en particular, sino resultado de algo más profundo que aflora rápidamente bajo ciertas circunstancias en los países más grandes del grupo.
EUROPA Y ESTADOS UNIDOS. Sin que esto actúe como consuelo, los campeones de las propuestas del multilateralismo para la apertura comercial y del libre tránsito de las inversiones también actúan de manera semejante, cerrando sectores a la inversión externa invocando la muletilla de los sectores estratégicos o la seguridad nacional. Décadas atrás la seguridad alimentaria, incluyendo la producción de azúcar, fue protegida en los países desarrollados al amparo de esas normas con los resultados por todos conocidos.
Hoy reaparece un nacionalismo económico remozado que practica el usufructo de las ventajas de la globalización y predica sus bondades. A lo que se agrega la prohibición para vender la empresa norteamericana Unocal a una empresa petrolera cuyo accionista principal es el gobierno chino esgrimiendo razones de seguridad energética, hecho seguido por la negativa de los gobiernos de Francia, España y Luxemburgo para que Arcelor, el mayor productor de acero europeo, fuera adquirido por el grupo indio Mittal Steel, por razones más ligadas a la xenofobia que a la realidad económica. Ese anillo de nacionalismo se nutre también con el cierre del sistema financiero italiano para los inversores externos, hecho que le costó la cabeza al ex titular del Banco de Italia Fazio, el energético en España e incluso Inglaterra, la sociedad más abierta, ve con desconfianza intentos de inversores extranjeros de incursionar en la explotación y distribución de sus yacimientos de gas natural. Finalmente, la férrea oposición del Congreso de Estados Unidos a que la firma Dubai Ports World pueda controlar cinco terminales portuarias de ese país cuando las agencias norteamericanas encargadas de la seguridad desestiman que eso aumente los riesgos. En definitiva, se trata como lo ha manifestado sin ambages el primer ministro de Francia, Dominique de Villepin, de una cuestión de patriotismo económico.
DE AQUÍ EN MÁS. Desde varias aristas, y con episodios cruzados, la globalización se ha tropezado con el nacionalismo económico. Incluso, las formas más tímidas de ese proceso como ser los acuerdos comerciales, caso del Mercosur, han sido también víctimas al transitar una senda plagada de actitudes practicadas por los socios mayoritarios que desconocen sus reglas básicas.
También hay una enorme paradoja en marcha. Asia y China, en particular, se están convirtiendo lentamente en acreedores financieros globales, al acumular sin pausa activos externos. Con ello contribuyen hoy a financiar el déficit de los Estados Unidos, pero llegará el momento más temprano que tarde que saldrán a exportar sus excedentes financieros vía adquisición de activos en el resto del mundo.
En ese mundo donde el nacionalismo se manifiesta de manera solapada, Uruguay tiene que continuar abriéndose y operar en lo comercial y lo financiero con la gama más amplia de países del mundo. Es la mejor forma de diversificar riesgo y minimizar las dificultades regionales. En ello, Estados Unidos sigue siendo el gran mercado y Asia la gran frontera que continúa abriéndose como destino de nuestras exportaciones y fuente de robustos flujos de inversión directa.