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Éxitos y fracasos en la gestión regional de la pandemia

Foto: El País

TEMA DE ANÁLISIS

Cuando la COVID-19 llegó a América Latina en marzo, la región contaba con dos ventajas fundamentales para evitar un crecimiento exponencial de los contagios.

En primer lugar, dado que la pandemia ya estaba instalada en buena parte de Asia y Europa, se presentaba la oportunidad de tomar nota de los aciertos y desaciertos de las diversas estrategias sanitarias implementadas hasta entonces. En segundo lugar, la región partía de tasas bajas o medias de población adulta mayor (estrato donde se concentra la gran mayoría de decesos por coronavirus), lo que le otorgaba un bono demográfico para registrar menores tasas de mortalidad. Desafortunadamente, estas ventajas no fueron suficientes. El epicentro de la pandemia se ha trasladado hoy a América Latina, con varios países exhibiendo una curva creciente de contagios y decesos.

Este balance predominantemente negativo esconde no obstante la existencia de variaciones regionales significativas. Por ejemplo, respecto a los indicadores de mortalidad, existen cuatro casos claramente “exitosos”: Uruguay, Paraguay, Cuba y Costa Rica. En todos ellos, las tasas de mortalidad son menores a 5 cada 100.000 habitantes de 65 y más años (datos al 23 de junio del corriente). En la otra punta hallamos a seis países con muy alta mortalidad: Ecuador, Perú, Brasil, México, Chile y Panamá. Estos casos registran tasas de mortalidad superiores a 150 cada 100.000 habitantes de 65 años y más (1). Entre ambos extremos hay un segmento heterogéneo de países que incluye desde casos con tasas moderadas de mortalidad (como Argentina y El Salvador) hasta otros cercanos al grupo de países con evolución más crítica (como Bolivia y Honduras) (2).

Una pregunta relevante es porqué existen tan significativas variaciones. Al respecto, varias hipótesis se encuentran con casos desafiantes o, directamente, no cuentan con sólida evidencia que las respalden. Por ejemplo, aunque inicialmente se manejó que la imposición de una cuarentena estricta y obligatoria sería la única capaz de evitar el crecimiento exponencial de los contagios y decesos, esta política no ha sido suficiente ni tampoco necesaria para alcanzar esta meta. El contraste entre Perú y Uruguay es ilustrativo: cuarentena obligatoria con resultados críticos versus exhortación voluntaria con resultados favorables. Similarmente, aunque algunas ciudades densamente pobladas han sido focos críticos de la pandemia (Guayaquil, Lima, Santiago), la correlación entre densidad y mortalidad por COVID-19 es por demás débil. Costa Rica y Cuba son de hecho países densamente poblados con resultados exitosos.

Las hipótesis explicativas que lucen más fértiles son tres. En primer lugar, los tipos de liderazgo importan. Los países cuyos gobiernos menospreciaron la pandemia obtuvieron resultados muy negativos (en la región dos claros ejemplos son Brasil y México). En cambio, los casos virtuosos están compuestos por gobiernos que tomaron seriamente la amenaza de la pandemia y se apoyaron fuertemente en la ciencia para enfrentarla. Sin embargo, no todos los países cuyos gobiernos tomaron medidas drásticas y actuaron tempranamente, tuvieron éxito en controlar la pandemia. Por tanto, podría decirse que haber contado con liderazgos de rápida capacidad reactiva, operó como una condición necesaria pero no suficiente para un desempeño exitoso.

En segundo lugar, dado que el coronavirus generalmente se reproduce a través de focos de contagio nacidos de aglomeraciones en espacios cerrados, para un efectivo control es necesario contar con una ciudadanía dispuesta a —y en condiciones de— cumplir con las medidas preventivas de distanciamiento físico sostenido. En Perú, una hipótesis central es que la alta informalidad laboral, así como la frecuente necesidad de recurrir a grandes mercados cerrados para procurar alimentos, fueron decisivos para explicar la baja efectividad de la cuarentena obligatoria. En los países virtuosos, en cambio, la disposición ciudadana a cumplir con las medidas de distanciamiento parece haber sido muy alta. Los casos de Uruguay y Costa Rica son particularmente destacables porque no fueron necesarias cuarentenas obligatorias o toques de queda para cumplir este objetivo; a la inversa, en estos países los gobiernos apelaron exitosamente a la persuasión para restringir la movilidad y las aglomeraciones.

Por último, Uruguay, Costa Rica y Cuba constituyen tres de los casos regionales con mayor capacidad instalada en términos sanitarios. Esta ventaja de partida probablemente favoreció el desarrollo de políticas efectivas de seguimiento epidemiológico (rastreo y aislamiento de los casos positivos y sus contactos cercanos). En el caso uruguayo, además de aprovechar la capacidad instalada, se desarrollaron inéditos niveles de coordinación y cooperación entre el gobierno, diversas agencias estatales, el sector privado y la academia científica. Adicionalmente, los tres países mencionados son geográfica y poblacionalmente pequeños y sus Estados tienen capacidad de enforcement de sus políticas sanitarias en todo el territorio. Es decir, la escala poblacional y territorial podría haber sido un factor complementario de ayuda para la obtención de buenos resultados.

Dos casos que matizan la hipótesis de las capacidades y ventajas institucionales heredadas son Chile y Paraguay. Chile se enfrentó a la pandemia partiendo de una institucionalidad fuerte y de hecho la aprovechó desarrollando la mejor capacidad de testeo de la región. No obstante, las autoridades han admitido fallas claras en la capacidad de rastreo de los casos positivos y sus redes, con el efecto de un fuerte rebrote de los contagios y decesos. En el caso de Paraguay, la situación es opuesta: aunque no contaba con una infraestructura capaz de ejecutar una efectiva política de testeo, rastreo y aislamiento, logró mantener a raya la pandemia apelando a medidas drásticas con la llegada de los primeros casos. ¿Cómo se explica que las medidas paraguayas de lockdown surtieran efecto mientras en otros países similares no lo hicieran? Esta es una buena pregunta para incorporar en la agenda de investigación futura.

Como observación final, encontrar las claves explicativas del éxito y el fracaso en la gestión de la pandemia no sólo podría tener impactos favorables sobre la salud sino también sobre el futuro económico de la región. Un control efectivo de los contagios permitirá, por ejemplo, reanudar más rápidamente las actividades económicas afectadas. En favor de esta hipótesis, aunque todos los países de la región caerán este año en recesión, las proyecciones recientes del Banco Mundial estiman para 2020 una caída del producto del 3-4% para los casos virtuosos y del 7% o más para la mayoría de los casos críticos.

(*) Por Rafael Porzecanski. Director de Opinión Pública y Estudios Sociales de Opción Consultores.
(1) Cuando se utilizan otros abordajes (como comparaciones por “exceso de mortalidad” respecto a años previos) las conclusiones no varían esencialmente en términos de los grupos de países virtuosos y problemáticos.
(2) Queda pendiente el abordaje del caso venezolano debido a que sus cifras de muy baja mortalidad han recibido múltiples cuestionamientos respecto a su validez.

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