El conflicto en Medio Oriente se ha intensificado en los últimos días y las esperanzas de una guerra breve se han desvanecido. Los esfuerzos diplomáticos regionales para reducir la escalada parecen estar fracasando, mientras Irán continúa respondiendo a los ataques de Estados Unidos e Israel. Como consecuencia, el Estrecho de Ormuz —la puerta de salida más importante del mundo para los commodities energéticos— permanece prácticamente cerrado, salvo para las compañías navieras más temerarias.
Este cierre se explica por la falta de seguros, la reticencia de las empresas a arriesgar la pérdida de capacidad futura si los barcos fueran hundidos y la preocupación por la seguridad de las tripulaciones, luego de que ya se hayan registrado varias muertes.
Sin embargo, también existen riesgos de una intervención más intensa por parte de Estados Unidos y/o Israel, luego de que trascendiera que estarían evaluando desplegar tropas en territorio iraní, ya sea para recuperar material nuclear enriquecido o para tomar la isla de Kharg, un terminal marítimo clave para las exportaciones petroleras iraníes.
Al mismo tiempo, Irán ha designado a un nuevo líder supremo considerado otro halcón dentro del régimen. Esto difícilmente sea bien recibido por
Estados Unidos, que habría preferido una figura más moderada, y su nombramiento no parece abrir un camino claro hacia la desescalada.
El desenlace deseado aún es incierto
Todavía no está claro cuáles son los objetivos finales de Estados Unidos e Israel. Se han mencionado diversas metas de forma pública, pero no está claro cuáles constituyen líneas rojas y cuáles son simplemente aspiraciones.
Una mayor reducción de la capacidad de Irán para desarrollar armas nucleares parece ser el objetivo más cercano a una condición indispensable. Sin embargo, dado que los ataques de 2025 ya fueron considerados exitosos en ese sentido, resulta difícil definir qué constituiría ahora una victoria.
También se ha expresado el deseo de destruir el programa de misiles de largo alcance de Irán, aunque garantizar ese resultado podría ser igualmente complejo.
Finalmente, un cambio de régimen —por motivos militares o humanitarios— comienza a mencionarse como objetivo central, aunque sigue sin quedar claro cómo podría lograrse únicamente mediante ataques aéreos.
Los objetivos son clave
Comprender cuáles son los objetivos que motivan el conflicto es fundamental para evaluar cuánto podría durar la guerra y cuál sería su impacto económico.
Existen varios factores que sugieren que la campaña podría prolongarse. Irán ha señalado que puede mantener su ritmo actual de respuesta durante seis meses, mucho más que el enfrentamiento de pocas semanas que los mercados parecían estar descontando inicialmente.
Estados Unidos, por su parte, ha manifestado su intención de recuperar el uranio enriquecido que podría utilizarse para armas nucleares. Sin embargo, hace mucho tiempo que no se realiza una inspección internacional y su ubicación exacta probablemente sea incierta.
Asimismo, la continuidad de un nuevo líder de línea dura sugiere que Irán no siente todavía una presión significativa para cambiar de postura.
Pero el conflicto también podría terminar antes
Aun así, existen factores que podrían acelerar el final del conflicto. El más evidente es que el presidente estadounidense Donald Trump ha demostrado en múltiples ocasiones su disposición a cambiar abruptamente de rumbo político, sin importar la magnitud de las consecuencias.
Con elecciones legislativas a mitad de mandato previstas para finales de año, el gobierno estadounidense probablemente sea muy sensible a cualquier factor que eleve el costo de vida. Por lo tanto, encontrar una forma de declarar una victoria rápida y permitir que los precios del petróleo vuelvan a niveles más bajos podría terminar prevaleciendo sobre objetivos militares de más largo plazo.
La duración del conflicto es determinante
Un conflicto prolongado aumenta el riesgo de una mayor desestabilización regional, incrementa la posibilidad de daños severos a infraestructuras clave y eleva el riesgo de impactos duraderos en el suministro energético.
Si bien existen mecanismos para mitigar el impacto a corto plazo —como redirigir petróleo a través de oleoductos hacia puertos menos expuestos o liberar reservas estratégicas fuera de Medio Oriente— estas soluciones son temporales o insuficientes para compensar restricciones prolongadas en el Estrecho de Ormuz.
Cuando se piensa en conflictos en Medio Oriente, el petróleo suele ser el foco principal —especialmente por su impacto en el precio de la gasolina en Estados Unidos—, pero el gas natural es crucial para otras regiones como Europa, y otros productos básicos derivados del petróleo son esenciales para industrias que van desde los químicos hasta los fertilizantes.
La semana pasada, los mercados parecían valorar los commodities energéticos bajo el supuesto de una interrupción breve del suministro. Sin embargo, durante el fin de semana ese supuesto cambió y los precios comenzaron a reflejar un mayor riesgo de un conflicto prolongado.
La falta de claridad sobre los objetivos de Estados Unidos e Israel no hace más que aumentar la incertidumbre que los mercados tanto detestan.
Impacto en los mercados
El precio del petróleo ha superado los US$ 100 por barril ante el temor de interrupciones en el suministro. Al mismo tiempo, los precios del gas natural en Europa casi se han duplicado desde fines de febrero.
Esto revive el fantasma del shock inflacionario provocado por la invasión rusa a Ucrania en 2022 y la posterior reducción del suministro energético ruso en los mercados internacionales.
Las preocupaciones por un repunte de la inflación en Europa —o por una inflación persistentemente alta en Estados Unidos— están presionando al alza los rendimientos de los bonos. Los rendimientos de los Treasuries estadounidenses han subido, ya que el mercado ha eliminado una de las reducciones de tasas de interés que esperaba de la Reserva Federal para este año.
Sin embargo, los rendimientos de los bonos del Tesoro a 10 años han aumentado menos que sus equivalentes europeos, ya que los sólidos datos de empleo en Estados Unidos publicados el viernes compensaron parte de la presión inflacionaria.
Las preocupaciones inflacionarias también han provocado subas en las tasas implícitas de inflación en Alemania y el Reino Unido. El mercado ahora anticipa más de 1,5 subas de tasas por parte del Banco Central Europeo hacia fines de 2026.
Desde fines de febrero, las expectativas para el Banco de Inglaterra también cambiaron drásticamente: se pasó de prever dos recortes de tasas hacia 2026 a considerar que existe más de un 50% de probabilidad de una suba de tasas.
En este contexto, los mercados comienzan a descontar precios del petróleo más altos por más tiempo, lo que aumenta los temores de un escenario de estanflación si el aumento de los costos energéticos frena la recuperación del crecimiento económico.
Divisas, oro y acciones
La incertidumbre también ha beneficiado al dólar estadounidense, que se ha fortalecido ante la percepción de que la economía de Estados Unidos está mejor posicionada que otras para soportar un shock energético.
Sin embargo, los mayores rendimientos de los bonos y un dólar más fuerte han limitado la capacidad del oro para seguir subiendo, pese a su buen desempeño en otros episodios recientes de volatilidad.
En los mercados accionarios se observa una cierta reversión de las dinámicas recientes. Aquellos mercados que habían comenzado el año con buen desempeño hasta fines de febrero ahora enfrentan mayores presiones.
Un dólar más fuerte y precios del petróleo más altos están afectando a las acciones asiáticas, que habían tenido un fuerte rally en los primeros meses del año.
En Europa, el gas continúa siendo el talón de Aquiles geopolítico, y los mercados temen que la región vuelva a quedar excesivamente expuesta.
En Estados Unidos, la semana pasada comenzaron a aparecer señales de una reversión en la reciente superioridad de las acciones Value frente a las Growth.
Las compañías vinculadas a la inteligencia artificial han tenido un desempeño más débil en 2026 en comparación con el resto del mercado, pero el temor de que los precios más altos del petróleo afecten el optimismo económico está llevando a algunos inversores a reconsiderar esa dinámica.
Contexto de valuaciones elevadas
El cierre efectivo del Estrecho de Ormuz es un hecho sin precedentes y sin duda tiene un impacto significativo sobre los activos de riesgo.
Sin embargo, para poner la reciente caída de los mercados en perspectiva, también es importante recordar que las acciones ya cotizaban con valuaciones significativamente superiores a sus promedios históricos antes del conflicto.
Los ratios precio/ganancias (P/E) futuros de los principales mercados accionarios globales se ubicaban en el cuartil superior respecto a sus últimos 20 años, aproximadamente entre 15% y 30% por encima de sus niveles medianos.
De hecho, los mercados que están experimentando las mayores caídas son aquellos que habían registrado los mayores retornos en lo que va del año.
Riesgos de una guerra prolongada, pero sin descartar una “victoria” rápida
Situaciones como esta evidencian el valor de contar con portafolios multi-activo bien diversificados. Los eventos geopolíticos rara vez ofrecen claridad total, y la actual administración estadounidense parece incluso utilizar la incertidumbre como estrategia de negociación.
Lo que sí puede inferirse de los acontecimientos recientes es que el conflicto podría durar más de lo que muchos esperaban inicialmente, lo que implica un mayor potencial de impacto económico y ya ha comenzado a reflejarse en los precios de mercado.
Existe la posibilidad de una inflación más alta y un crecimiento económico más lento, aunque los riesgos siguen siendo bidireccionales.
Las presiones políticas en Estados Unidos significan que no debe descartarse un anuncio rápido de “victoria”.
En ese contexto, los precios de los activos —impulsados principalmente por los movimientos del petróleo— probablemente experimenten fuertes oscilaciones a medida que los inversores ajusten sus expectativas ante cualquiera de estos dos posibles desenlaces.
- Los autores son los gestores de carteras, Oliver Blackbourn y Adam Hetts, responsable global de Multi-Asset, de Janus Henderson Investors